La deuda del millonario

La discusión

Regresaron a la mansión en completo silencio.

Cuando entraron, Alina finalmente explotó.

—¿Estás loco?

Sebastián se quitó la chaqueta.

—Él te besó.

—¡Porque yo lo permití!

Sebastián se quedó congelado.

—¿Qué?

Alina lo miró con enojo.

—No puedes controlar mi vida.

—No intento controlarte.

—Claro que sí.

El silencio fue pesado.

—Esto se está volviendo demasiado real —dijo ella finalmente.

Sebastián la miró fijamente.

—Tal vez porque lo es.

Alina negó con la cabeza.

—No, Sebastián.

Su voz se quebró un poco.

—Todo empezó como una mentira.

Las palabras parecieron atravesarlo.

Pero él no respondió.




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