Esa misma noche Alina regresó a la mansión.
Sebastián estaba en el despacho cuando ella entró.
—Tenemos que hablar.
Sebastián levantó la mirada.
—¿Qué pasa?
Alina lanzó unos documentos sobre la mesa.
—Esto pasa.
Sebastián los miró.
Y supo inmediatamente de qué se trataba.
—¿Fuiste al abogado?
—Compraste la deuda meses antes de conocerme.
El silencio fue suficiente respuesta.
—¿Por qué?
Sebastián suspiró.
—No era mi intención que lo supieras así.
—Entonces dime la verdad.
Sebastián se levantó.
—Tu padre trabajó para mi familia hace años.
Alina frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Intentó advertirnos sobre el fraude de mi padre.
El corazón de Alina se detuvo.
—¿Qué?
—Nadie le creyó.
Sebastián la miró con seriedad.
—Cuando murió… quise arreglar lo que mi familia había destruido.
Alina se quedó en silencio.
—Entonces… ¿todo esto fue por culpa?
Sebastián negó lentamente.
—Al principio sí.
Luego su voz se volvió más baja.
—Pero ahora ya no.
Porque la verdad era mucho más peligrosa.
Se había enamorado de ella.