La deuda del millonario

La elección

El ruido de los periodistas llenaba el salón.

Cámaras.

Micrófonos.

Personas hablando al mismo tiempo.

Pero Sebastián apenas escuchaba nada.

Acababa de decir la verdad frente a todos.

Que su compromiso había empezado como un contrato.

Y que ahora estaba enamorado.

Podía sentir las consecuencias acercándose.

Las acciones de su empresa probablemente caerían.

Los inversionistas perderían confianza.

Su reputación estaba en juego.

Pero en ese momento no le importaba.

Porque había algo peor que perder dinero.

Perder a Alina.

Sebastián bajó del pequeño escenario improvisado mientras los periodistas seguían gritándole preguntas.

—¡Señor Valverde!

—¿Dónde está Alina Torres?

—¿Sigue comprometido con ella?

Sebastián caminó hacia la salida sin responder.

Y entonces la vio.

Alina estaba parada cerca de la entrada.

Respirando con dificultad.

Como si hubiera corrido.

Sus ojos estaban fijos en él.

Durante un segundo…

Ninguno de los dos se movió.

Sebastián sintió que su corazón latía con fuerza en el pecho.

—Alina…

Ella caminó hacia él lentamente.

Los periodistas comenzaron a notar la escena y apuntaron las cámaras hacia ellos.

—¿Viniste a ver cómo destruía mi vida? —preguntó Sebastián con una pequeña sonrisa cansada.

Alina negó con la cabeza.

—No.

Se detuvo frente a él.

Sus ojos brillaban ligeramente.

—Vine porque escuché lo que dijiste.

Sebastián bajó la mirada por un momento.

—Era la verdad.

—Lo sé.

El silencio entre ellos se volvió intenso.

Alina respiró profundo.

—Pero también escuché algo más.

Sebastián levantó la mirada.

—¿Qué cosa?

Alina lo observó durante varios segundos.

Como si estuviera tomando una decisión importante.

—Escuché que estabas dispuesto a perderlo todo.

Sebastián soltó una pequeña risa amarga.

—Tal vez lo haga.

—¿Por mí?

La pregunta quedó flotando entre ellos.

Sebastián no dudó.

—Sí.

Los periodistas estaban completamente en silencio ahora.

Alina sintió que el corazón le latía tan fuerte que parecía imposible respirar.

Durante días había intentado convencerse de que lo que sentía por Sebastián era solo confusión.

Solo una consecuencia del contrato.

Pero ahora…

Viéndolo ahí.

Arriesgando todo.

Sabía que no podía seguir mintiéndose.

—Sebastián… —dijo finalmente.

—¿Sí?

Ella lo miró directamente a los ojos.

—Eres un idiota.

Sebastián parpadeó sorprendido.

—¿Qué?

Alina soltó una pequeña risa nerviosa.

—Un idiota arrogante, controlador y desesperante.

Sebastián cruzó los brazos.

—Esto no suena prometedor.

—Déjame terminar.

Alina respiró profundo.

—Pero también eres el único hombre que ha estado dispuesto a luchar por mí.

El silencio volvió.

Pero esta vez era diferente.

Más suave.

Más real.

—Y eso… —continuó ella— es algo que no puedo ignorar.

Sebastián dio un paso más cerca.

—¿Qué estás diciendo?

Alina tragó saliva.

El momento era demasiado grande.

Demasiado importante.

Pero ya no quería esconder lo que sentía.

—Estoy diciendo que… —su voz tembló un poco— me enamoré de ti.

Sebastián se quedó completamente inmóvil.

Como si el mundo se hubiera detenido.

—¿De verdad?

Alina sonrió ligeramente.

—Sí.

Sebastián no pudo evitarlo.

La abrazó con fuerza.

Tan fuerte como si temiera que desapareciera si la soltaba.

—Pensé que te había perdido —murmuró cerca de su oído.

Alina apoyó la cabeza en su pecho.

—Tendrás que esforzarte mucho más para perderme.

Sebastián se separó apenas lo suficiente para mirarla.

Luego dijo algo que hizo que el corazón de Alina se acelerara otra vez.

—Entonces quédate.

—¿Aquí?

—Conmigo.

Alina lo miró durante un momento.

Y finalmente sonrió.

—Esta vez… sin contrato.

Sebastián también sonrió.

—Sin contrato.

Y en medio de las cámaras, los murmullos y el caos del mundo exterior…

La besó.

Pero esta vez no era parte de un acuerdo.

Era el comienzo de algo real.




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