La Domadora de Bestias.

1- El efecto de las páginas.

_“El día que las páginas dejaron de ser ficción, fue cuando comprendí que ellas eran mi perdición.”_

El agua caía como escarchas de hielo, directa y despiadada. El viento soplaba con un rugido anómalo y la mesa bajo mi cuerpo se sentía más dura, fría y húmeda que de costumbre.

Espera. Esto está mal. No debería estar lloviendo dentro de la biblioteca central. No debería haber ráfagas de viento congelado destrozando mis apuntes de literatura. A menos, claro, que ya no estuviera allí.

Mis párpados pesaban como si estuvieran sellados con plomo. Cuando logré entreabrirlos, la visión que obtuve fue una masa borrosa de grises y negros, pero lo suficientemente nítida para confirmar mi peor sospecha: la biblioteca se había esfumado. A mi alrededor, un murmullo espeso se mezclaba con el eco de pasos apresurados y el golpeteo violento de las gotas contra el suelo.

Cuando mis ojos por fin se aclararon, lo primero que distinguí fue un contenedor de basura repleto al punto de desbordarse. A sus pies, un gato negro lamía una lata oxidada. En el instante en que nuestras miradas se cruzaron, el animal erizó el lomo, soltó un maullido rabioso que me caló los huesos y se camufló en las sombras como si fuera parte de ellas.

Con un esfuerzo que me dolió en cada músculo, me incorporé. Estaba empapada. Mi brazo y mi pie izquierdo chorreaban agua; eran las zonas que el viejo toldo roto sobre mi cabeza no alcanzaba a proteger. Las paredes a mi alrededor eran de un ladrillo grisáceo, devoradas por un moho espeso.

Estaba en un callejón. Un callejón asqueroso, helado y completamente desconocido.

Entonces, el pánico hizo su aparición estelar.

Salté sobre mis pies como si tuviera resortes en lugar de huesos. El aire se me atoró en la garganta y mi respiración escaló a niveles críticos; sentía que los pulmones me iban a estallar y que mi corazón, desbocado en una carrera mortal contra el tiempo, saldría despedido de mi pecho. ¡Se suponía que estaba en la biblioteca realizando la maldita tarea! Tenía que entregar un informe sobre mi novela favorita y explicar cómo la lectura influía en la vida cotidiana de las personas… qué ironía. Lo último que recordaba era estar sentada con el libro abierto de par en par, lista para citar uno de mis pasajes preferidos. Sentí un sueño pesado, apoyé la cabeza sobre la madera y me dormí.

¿Cómo demonios había terminado en este basurero? ¿Dónde estaba?

—Es un sueño —me obligué a verbalizar, mi voz temblando en el aire húmedo—. Sí, Issy, tiene que ser un maldito sueño. Despierta.

Pero los sueños no calan los huesos. Los sueños no hacen que la piel se te congele hasta doler de verdad.

Apreté los puños y puse en práctica los ejercicios de respiración que una psicóloga nos había enseñado en una conferencia de la universidad para controlar los ataques de ansiedad. Inhala en cuatro tiempos. Retén. Exhala. Cuando el temblor de mis manos se redujo a un espasmo controlable, busqué mi mochila o alguna de mis pertenencias con la mirada. Nada. Había desaparecido todo.

Mis dientes comenzaron a castañetear fuertemente. Por suerte, la tormenta pareció darnos una tregua y la lluvia amainó. Tenía que moverme. Encontrar una estación de policía o, con un poco de suerte, a algún transeúnte amable que me prestara su móvil para llamar a mi hermano Will. Él me mataría, pero vendría a buscarme a donde fuera.

Con las manos entorpecidas por el frío, me recogí el pelo como pude para colocarlo dentro de la capucha y subirla sin problemas. Mi rostro quedó prácticamente sepultado en la felpa. El buzo de canguro no era mío; era de Jace, mi mejor amigo de toda la vida. Me lo había dado durante el almuerzo al ver que yo tenía frío y me había olvidado por completo de devolvérselo antes de encerrarme a estudiar. El olor de su colonia barata todavía se aferraba a la tela, y sentirlo me provocó una punzada de nostalgia y drama: ¿volvería a ver a mi amigo? ¿A mi madre? ¿O estaba atrapada en una dimensión desconocida?

Avancé a pasos pequeños e inestables, como si estuviera aprendiendo a caminar sobre hielo y tuviera miedo de romperme en mil pedazos. Pero al salir del callejón, el impacto me detuvo en seco.

No tenía la menor idea de dónde estaba. El lugar era absolutamente desconocido, pero, por una extraña y retorcida razón, me resultaba familiar. Una extraña corriente de energía me recorrió la espina dorsal, encendiendo una pasión y una curiosidad que acallaron el miedo por un segundo. Los nombres de los locales comerciales me sonaban de algún lado, flotando en el límite de mi memoria como un eco lejano.

Mis pasos se hicieron más firmes y avancé con más seguridad. De pronto, una vidriera capturó mi atención por completo. Exhibía atrapasueños complejos, extraños muñecos tallados que parecían tótems antiguos, pesados libros de hechizos y velas oscuras. Al leer el letrero de madera sobre la entrada, el corazón me dio un vuelco salvaje. Sentí una punzada de reconocimiento absoluto y una sonrisa incrédula se dibujó en mis labios.

Fuera quien fuera el dueño de ese lugar, al igual que yo, debía de ser un fanático obsesivo y desquiciado de la novela «Shadow Hills».

Volví a leer el letrero tallado: «El Emporio de Lynette». Con el corazón golpeándome las costillas y la desesperación empujándome los talones, empujé la puerta decidida a probar suerte.

Al abrirse, un juego de pequeñas campanas turquesas tintineó en el aire, liberando una melodía extrañamente perfecta, casi hipnótica. El interior era un laberinto en penumbras encerrado en una caja de madera; las repisas y los estantes crujían bajo el peso de reliquias que desafiaban la lógica. Mis pies se hundieron ligeramente en una alfombra gruesa, de un color azul noche idéntico al de la cubierta de mi novela favorita. El aire olía a canela, cera quemada y a papel viejo. Mucho papel viejo.

—Vaya. Esto sí que es llevar el fanatismo a un nivel psiquiátrico —susurré para mí misma, conteniendo el aliento—. La fachada, el interior… es exactamente como la autora lo describe en el libro.




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