_“Ellos dicen que soy un extraño fenómeno, un peligro que no se puede ignorar; pero en esta tierra de monstruos, son ellos los que me van a enseñar a cazar.”_
Pude sentir el calor del rubor cubriéndome el rostro de forma automática, una oleada ardiente que delató mi humillación. Aunque mi comentario no había sido más alto que el soplido del viento, a juzgar por la sonrisa ladeada que se dibujó en sus labios, estaba completamente segura de que me había escuchado.
El maldito Adonis sabía el efecto que causaba.
Pasó una mano por su cabeza, haciendo que sus dedos peinaran un cabello negro azulado; era corto, pero lo suficientemente denso y largo para que sus dedos se enredaran en él con una soltura envidiable. Cuando me sostuvo la mirada, el aire volvió a faltarme. Sus ojos eran grises, de un gris tormenta, pero salpicados por unas diminutas motas azules que hacían juego con su pelo. Estaban enmarcados por unas pestañas espesas y oscuras como la medianoche, bajo unas cejas perfectas. Bueno, casi perfectas. Tenía una sola y diminuta “imperfección”: una fina cicatriz blanca que le partía la ceja izquierda en diagonal. Sus labios eran carnosos, peligrosamente tentadores, y su mandíbula cuadrada le daba un aire jodidamente varonil.
Mis ojos regresaron a los suyos, hipnotizados. Jamás en mi vida había visto una mirada con esa profundidad magnética, aunque, para ser justos, yo era la menos indicada para juzgar la rareza de unos ojos, considerando que los míos propios solían espantar o fascinar a la gente por no ser nada comunes. Sin embargo, la arrogancia estaba escrita con letras de oro por todo su rostro. Eso me molestó. El chispazo de indignación me devolvió a la tierra y me recordó que, por muy espantosamente guapo que fuera, el imbécil me había llamado estúpida hacía solo un minuto. Me había arrastrado y amordazado.
—¡Oye, tú! —escupí, plantándole cara con toda la dignidad que pude reunir—. ¿Quién demonios te crees que eres para insultarme? ¿Y por qué carajo me raptaste?
—Pues soy quien acaba de salvarte la vida —respondió. Su voz era un ronroneo bajo, seguro y exasperante—. Por lo que considero que merezco un poco más de respeto, ¿no crees, preciosa?
—¿Salvarme? ¿De qué? ¡Oh, por favor, ilumíname con tu infinita sabiduría! —ironicé, cruzándome de brazos mientras el drama de la situación me encendía la sangre.
Mi sarcasmo solo sirvió para alimentar su ego. Su sonrisa se ensanchó, mostrando un hoyuelo canalla. Entonces, con pasos lentos, felinos y calculados, comenzó a acortar la distancia entre los dos. Avanzó hasta que solo un suspiro de espacio nos separó. El calor que desprendía su cuerpo me golpeó de lleno, envolviéndome en una atmósfera asfixiante y cargada de una pasión silenciosa. Tuve que echar la cabeza hacia atrás, estirando el cuello al máximo para sostenerle la mirada. Era altísimo, una jodida torre de músculos. Claro que mi mísero metro cincuenta y cinco tampoco ayudaba a que yo me viera muy imponente en esta discusión.
Sus ojos grises brillaron con una diversión genuina. Las esquinas de sus párpados se arrugaron y soltó una risa baja, un sonido vibrante que me reverberó directamente en el pecho.
—¿Tú… tú en serio no tienes ni la menor idea de quién era el tipo de ahí afuera, verdad? —preguntó, bajando el tono, como si hablara con una criatura inocente.
—Por supuesto que no —respondí, intentando que mi voz no temblara ante su escandalosa cercanía—. Es decir… en el fondo de mi mente me resultaba extrañamente familiar, pero te juro que no lo he visto en mi vida. ¿Por qué tanta paranoia?
—Es evidente que nunca lo has visto —sentenció, y la diversión desapareció de sus ojos, reemplazada por una seriedad fría que me erizó la piel—. Si te hubieras cruzado con él antes, no estaríamos aquí teniendo esta conversación. Estarías bajo tierra.
Tragué saliva, sintiendo que el nudo en mi garganta se apretaba.
—No lo entiendo. No conozco a ese hombre, jamás le he hecho nada malo. ¿Qué jodida razón tendría para quererme muerta?
—Simple. No necesita una —soltó él, directo y sin anestesia—. El simple hecho de que existas es suficiente para él. Si ese monstruo te hubiera visto la cara ahí afuera, créeme, te habría arrancado la cabeza de los hombros sin pensárselo dos veces.
Un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal.
—Pero tranquila —añadió, y por un microsegundo su mirada descendió a mis labios antes de volver a mis ojos—. Por suerte, Lynette reaccionó a tiempo para cubrirte y tienes que agradecer que yo estuviera aquí para arrastrarte a este cuarto. No te rapté, Issy. No te secuestré. Te escondí. Por tu propia seguridad, debo aclarar.
Iba a abrir la boca para exigirle que dejara de hablar con acertijos y me diera respuestas reales, cuando la puerta de madera se abrió de golpe, golpeando la pared con un estrépito épico.
La reacción del chico fue inmediata, pura adrenalina y velocidad sobrenatural. Se plantó frente a mí en un parpadeo, bloqueándome por completo con su enorme cuerpo, protegiéndome de lo que fuera que cruzara ese umbral mientras adoptaba una posición de ataque letal. Detrás de su espalda, me quedé sin aliento, con el corazón en la boca, extrañamente conmovida por ese instinto de protección tan salvaje.
A través del espacio entre su brazo y su costado, vi a Lynette. Estaba completamente agitada, con el rostro pálido y una mano presionada contra su pecho, intentando calmar el ritmo de su corazón. Sus ojos verdes daban vueltas por la habitación, alterados, saltando de él hacia mí.
—Tranquilo, Alexander —logró articular la “elfa”, con la voz entrecortada—. Ya se fue. El peligro pasó.
Al escuchar el nombre, algo hizo clic en mi cabeza. Alex… de Alexander. Así se llamaba un personaje de la novela, pero era un niño que se estaba formando como futuro guerrero. Dios mío, esto no podía ser real.
Ante las palabras de Lynette, los hombros de Alex se relajaron, perdiendo esa tensión de depredador. Sin embargo, no bajó la guardia. Se giró hacia la puerta con pasos apresurados y decididos.
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Editado: 19.08.2026