La Domadora de Bestias.

3- Negación en gris tormenta.

_ “«Ten cuidado con lo que deseas, Cleissy, porque podrías arrepentirte». Un aplauso cerrado para la maldita frase del año, porque hoy es el puto día en que se cumplió; el universo decidió tomarse mi lista de deseos como un reto personal. Romantizaba los mundos de fantasía desde la comodidad de mi cama, y ahora el destino me ha lanzado de cabeza a uno. Sin manual de instrucciones, en una ciudad que ni siquiera aparece en Google Maps, y con un arrogante empapado como única opción de supervivencia”_.

El impacto de sus palabras fue como un balde de agua helada golpeándome directo en el rostro. El efecto fue inmediato: una parálisis total me congeló el sistema respiratorio mientras mi cerebro patinaba, intentando procesar la atrocidad que acababa de escuchar. ¿Shadow Hills? No, no, no.

Entonces, como una bombilla encendiéndose en mitad de la oscuridad, todo cobró un sentido retorcido. El aire regresó a mis pulmones de golpe y una risa histérica, aguda y rota, brotó desde lo más profundo de mis entrañas.

—Ya. Ya lo comprendo todo —solté, limpiándome una lágrima invisible del ojo mientras daba un aplauso exagerado—. Es la broma pesada que no me hicieron en mi cumpleaños, ¿verdad? Venga, ¿quién fue el listillo? ¿Mi hermano Will? No, qué va… esto está demasiado bien montado para su par de neuronas. De seguro fue Jace. Sí, Jace es el único tan jodidamente fanático como yo de esa novela. Es más, me arriesgo a decir que su obsesión es peor que la mía. ¡Salgan ya de donde estén!

Comencé a caminar de un lado a otro del almacén, moviendo los brazos dramáticamente. Podía sentir las miradas intensas de Lynette y Alexander clavadas en el centro de mi cabeza, pesadas y calientes, como si estuvieran intentando descifrar un acertijo indescifrable. Para ellos, la loca era yo.

—No. Definitivamente no logro entrar en sus pensamientos, Alex —murmuró Lynette, rompiendo el silencio mientras me observaba con una mezcla de lástima y desconcierto—. Y de haberlo logrado, dudo que pudiera sacar algo en limpio que nos fuera útil. ¡Si se le nota a simple vista que está como una cabra!

—En eso coincidimos —secundó el Adonis de ojos grises, cruzándose de brazos mientras me recorría con una lentitud que me erizó la piel—. Incluso podría apostar a que es la hermana perdida de la Reina de Corazones.

—Eso podría ser cierto si no fuera porque sabemos que esa mujer no tiene hermanas supervivientes —replicó Lynette con total seriedad.

Me detuve en seco, plantando los talones en el suelo y fulminándolos con la mirada. La pasión de mi propia indignación me hizo dar un paso hacia ellos.

—Oigan. Sí saben que sigo aquí y que tengo oídos, ¿verdad?

Ambos se miraron de reojo, fingiendo una ignorancia absoluta sobre el porqué de mi arrebato. La irritación comenzó a abrirse paso a zancadas por entre la niebla de mi confusión. Me acerqué más a Alex, desafiando la distancia segura.

—¡De verdad, dejen el jueguito! ¡Quiero saber en dónde estoy! —exigí, con la voz temblando por el drama que amenazaba con desbordarme.

—Pero, Issy, cariño… ya te dije dónde estás —insistió Lynette, dando un paso al frente con las manos extendidas en un gesto pacífico.

—Eso no es posible —sentencié, negando con la cabeza—. Es una locura.

—¿Por qué no? —intervino Alex. Su voz, por primera vez desde que lo conocía, bajó un par de octavas. Perdió esa armadura de arrogancia y adoptó un tono un tanto más amable, casi suave—. ¿Dónde vives tú, Cleissy?

Se dio un paso hacia mí. Al quedar tan cerca, sus ojos grises me escanearon con un atisbo de genuina compasión. Una mirada tan profunda y protectora que, por alguna maldita razón, me aceleró el pulso y me hizo sentir mil veces peor. No quería que me mirara así; me derretía las defensas.

—Vivo en Boston —respondí en un hilo de voz, aferrándome a mi realidad—. Con mi madre y mi hermano mayor, Will.

Lynette frunció el ceño, completamente perdida en su propio mapa.

—¿Boston? ¿Dónde queda eso, Alex? No recuerdo haber escuchado de ningún sector con ese nombre, y mucho menos de una capital o provincia humana.

—Eso es porque no es de aquí —sentenció él, sin quitarme los ojos de encima. Su mirada se volvió pesada, analítica.

—¿Aquí? ¿A qué te refieres con…?

—No me hagas caso, Issy —me cortó él, antes de girarse bruscamente hacia la elfa—. Lynette, hablaremos de eso luego. Ahora tenemos asuntos más urgentes de los cuales ocuparnos. Como, por ejemplo, en dónde demonios la vamos a ocultar y, sobre todo, qué vamos a hacer con su apariencia.

Me miró de reojo, deteniéndose en mi cabello.

—Debemos por lo menos disimularla físicamente, esa es nuestra preocupación primordial en este instante. Y puede que en unos días tengamos otra razón aún peor para entrar en pánico.

—Tendremos que ocultar su talento —añadió Lynette, y el tono de su voz se volvió extrañamente lúgubre.

—Sí. ¿Pero cómo escondes algo que resalta como una puta luciérnaga en mitad de la noche?

—Tienes razón… —Lynette se abrazó a sí misma, visiblemente afectada—. En cuanto comiencen los cambios, todos sabrán de su presencia. Sabrán que aún existe una.

Intentaba con todas mis fuerzas entender una sola palabra del dialecto conspiranoico que se traían, pero lo único que mi cerebro cansado logró rescatar en claro es que debían ocultarme a toda costa; aunque no entendía el maldito motivo si yo no le había robado nada a nadie. Al parecer, ambos se percataron de mi silencio sepulcral. Alexander rompió el trance con un carraspeo forzado de su garganta, acomodándose la camisa húmeda que aún delineaba sus perfectos abdominales.

—Muy bien. Por esta noche, puedes quedarte en mi apartamento.

Lo miré completamente horrorizada. ¿Quedarme? ¿Con él? ¿A solas? El recuerdo de sus labios carnosos y su actitud insoportable me activó todas las alarmas de peligro en el cuerpo. Instintivamente, busqué a Lynette con la mirada, implorando un salvavidas femenino, pero la traidora decidió apoyar la brillante idea del guerrero.




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