_“De niña, durante una visita al zoológico con mi madre y mi hermano Will, me quedé completamente hipnotizada frente a la jaula de los leopardos. Eran criaturas fascinantes: salvajes, elegantes y con una gracia peligrosa, diseñada únicamente para atraparte.
—¿Qué miras con tanto esmero, cariño? —preguntó mi madre, abrazándome por la espalda.
—Son solo gatitos grandes —dije, señalando al cristal—. ¿Podemos llevar uno como mascota?
Aún recuerdo la cara que puso, fue como si le hubiera jurado lealtad al mismísimo Diablo.
—Por supuesto que no. Son criaturas engañosas y peligrosas. Nunca, pero nunca, te fíes de un felino.
Años después, parada en una calle de adoquines de Shadow Hills frente a una leoparda en ropa de cuero, tuve que admitir que mi madre tenía toda la maldita razón.”_
El resto del trayecto se redujo a una sinfonía de gruñidos ásperos por parte de Alex. El tipo tenía la paciencia de una bomba de tiempo a punto de estallar. Y mi falta de coordinación tampoco ayudaba; caminaba tan absorta intentando procesar la gótica locura que me rodeaba que casi me doy de lleno, con la cara por delante, contra una enorme farola de hierro forjado.
No llegué a romperme el tabique únicamente porque una mano grande, cálida y de reflejos sobrehumanos se interpuso en el último milisegundo entre mi frente y el metal helado.
—Por el amor de todos los dioses… —escupió Alex, apretando la mandíbula mientras su palma aún frenaba mi torpe avance—. ¿Podrías al menos intentar hacerme el trabajo un poco más fácil y fijarte por dónde carajo caminas?
El calor de su mano rozándome la frente me provocó una descarga eléctrica que me recorrió la espina dorsal. Lo miré con cara de pocos amigos, tragándome el infantil e incontrolable deseo de sacarle la lengua como a un niño pequeño al que acaban de regañar. También me moría por enviarlo a freír espárragos al infierno, pero una vocecita de supervivencia en el fondo de mi cabeza me advirtió que insultar al único depredador que me estaba protegiendo de otros depredadores no era la idea más brillante.
En su lugar, inhalé aire lentamente por la nariz, sintiendo cómo el olor de su colonia mojada me invadía los sentidos, y di un paso al costado para rodear el obstáculo.
—Claro, como ordenes, mi general —le respondí entre dientes, rezumando todo el sarcasmo que fui capaz de reunir.
Pero, a ver, ¡nadie en su sano juicio podía culparme por estar distraída! No cuando, a escasos metros, las pesadas puertas de madera de una taberna gótica se abrieron de golpe y, en lugar de ver salir a un borracho o a una mujer común, mis ojos presenciaron la aparición de un auténtico espectáculo salvaje.
Era una híbrida. Una cruza hipnotizante entre mujer y leopardo.
Caminaba sobre dos patas con una elegancia felina y sinuosa, como si el suelo de adoquines fuera su pasarela privada. Su piel no era completamente humana, estaba cubierta por un pelaje corto, sedoso y dorado, salpicado por motas negras y rojas que brillaban bajo la luz de los faroles. De su cadera emergía una cola larga y flexible que se mecía de un lado a otro con un ritmo lento, casi calculadamente provocativo.
Iba vestida con un corpiño de cuero ajustadísimo que remarcaba un escote pronunciado y peligroso, dejando al descubierto unos hombros marcados y unos brazos armados con garras afiladas teñidas de carmesí. Una faldilla de tiras de tela rasgada caía sobre sus muslos definidos, revelando unas piernas potentes que terminaban en zarpas delicadas pero letales. Todo en ella rezumaba un aura de sensualidad salvaje, una confianza magnética y asfixiante que hacía que el aire a su alrededor se sintiera caliente y pesado.
Y entonces, sus ojos de pupila rasgada, de un amarillo dorado y resplandeciente, se clavaron directamente en Alexander.
La felina se detuvo a solo un par de pasos. Ladeó la cabeza con una lentitud exasperante y comenzó a esccanearlo. Recorrió a Alex de arriba abajo, sin ningún tipo de vergüenza o pudor: se demoró en sus hombros anchos, bajó lentamente por su torso empapado donde la camisa azul se le pegaba a la piel, e hizo una pausa descarada en la línea de sus vaqueros negros antes de volver a sus ojos grises. Sus labios carnosos se entreabrieron, dejando ver la punta de sus colmillos mientras soltaba un ronroneo bajo, profundo y vibrante, un sonido rasgado que parecía una invitación explícita al pecado.
Una punzada violenta, ácida y abrasadora me atravesó el estómago de parte a parte.
Celos. Celos puros, absurdos e irracionales. ¿Por qué demonios me afectaba que una gata gigante se estuviera saboreando a mi acompañante con la mirada? Ni siquiera conocía al imbécil, me caía fatal y llevaba horas haciéndome la vida imposible, pero ver cómo ella lo devoraba con la vista me hizo apretar los puños dentro de los bolsillos del buzo de Jace hasta que las uñas me dolieron.
Apreté los dientes bajo la sombra del buzo, rogando internamente a todos los dioses que la leoparda no diera un solo paso en nuestra dirección. Por supuesto, el universo ignoró mi petición con el mismo desprecio de siempre.
Con una mezcla de asco y fascinación mórbida, vi cómo cruzaba la calle de adoquines húmedos, contoneando las caderas con una lentitud exasperante. Se plantó en mitad del camino, cerrándonos el paso a escasos centímetros. Los hombros de Alex se tensaron como resortes de acero bajo su camisa mojada y, con un movimiento tan fluido como disimulado, dio medio paso hacia un lado, cubriéndome casi por completo con su enorme cuerpo.
—Vaya, vaya… —murmuró la felina. Su voz era un ronroneo profundo, espeso, cargado de una vibración que parecía hacer retumbar el suelo de piedra—. ¿Pero qué tenemos por aquí? Un plato bastante apetitoso para una noche tan fría.
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Editado: 19.08.2026