_“Cuando era niña, mi madre me rodeaba de historias sobre criaturas míticas de apariencias extraordinarias. Siempre me insistía en que memorizara sus características y debilidades para protegerme, pero jamás lo hice. Estaba demasiado ocupada romantizando la fantasía. Hoy, con la realidad mordiéndome los talones, solo puedo pensar en una cosa: ojalá la hubiera escuchado.”_
Cuando por fin nos detuvimos frente al edificio de Alex, la boca se me quedó abierta. No sé qué demonios estaba esperando ver —tal vez una torre gótica en ruinas, una fortaleza tenebrosa rodeada de fosos con lava o una guarida siniestra de supervillano—, pero esto superaba cualquier expectativa por su absoluta y desconcertante normalidad. Era un edificio de apartamentos contemporáneo, limpio, con fachada de piedra clara y balcones de cristal. La única nota de fantasía oscura era su ubicación: estaba enclavado justo al pie de una montaña colosal, abrazado por un bosque de árboles antiguos y oscuros cuyas copas parecian susurrar secretos con el viento.
En lugar de subir por el ascensor —que misteriosamente no parecía estar funcionando—, Alex me arrastró por las escaleras. Fue un martirio. Mi estado físico de estudiante universitaria no estaba preparado para escalar hasta el último piso a paso de carga mientras intentaba no morir asfixiada dentro del buzo de Jace.
—Quédate aquí. Y por lo que más quieras, no hagas ni digas nada —ordenó Alex. Esas fueron las primeras palabras que salieron de su boca desde nuestro altercado con la leopardo.
Lo observé en silencio mientras se acercaba a la cerradura. Murmuró una palabra áspera en ese dialecto extraño, y la puerta emitió un click suave antes de destrabarse. Antes de ingresar, Alex me miró por encima del hombro una última vez, escaneando el pasillo del piso, que estaba desierto. Satisfecho, entró y me cerró la puerta en la cara.
—¡Ja! Como si fuera a entrar a hurtadillas a tu templo sagrado, imbécil —murmuré para mí misma, profundamente ofendida por su falta de modales.
Me quedé de pie en mitad del pasillo, tiritando ligeramente mientras esperaba a que Don Misterio volviera a abrir. De pronto, el chasquido de un pomo me hizo dar un brinco. Creí que era él, pero no. La puerta del apartamento vecino se abrió y de ella salió una mujer caminando de espaldas. Me pegué a la pared, conteniendo el aliento para pasar desapercibida. Y casi lo logro, de no ser porque una mota de polvo decidió alojarse en mi nariz.
Intenté contenerlo con todas mis fuerzas, pero fue inútil. Solté un estornudo sonoro que resonó en todo el piso. Horrorizada, me limpié con la manga con rapidez justo cuando una voz pequeña, dulce y cantarina resonó cerca de mí:
—Salud. Deberías cuidar mejor de tu salud.
—Ah, gracias —respondí de inmediato, aliviada.
Pero cuando la vecina se volvió por completo hacia mí, la conversación se descarriló.
La mujer era deslumbrante, de esas bellezas delicadas que parecen hechas de cristal y encaje. Llevaba un vestido ajustado de tonos pastel, una melena castaña perfectamente peinada y unos ojos avellana que en ese instante me miraban como si yo fuera una lunática escapada de un manicomio.
—¿Me hablas a mí? —preguntó ella, arrugando la nariz con marcado desconcierto.
—Eh… sí. Te agradecí por el “salud”.
—Pero si yo no he dicho nada —aseguró ella, mirándome de arriba abajo, deteniéndose en la inmensidad del buzo masculino que me cubría—. ¿Quién eres tú, de todos modos?
—Yo…
Antes de que pudiera inventar una excusa ridícula, la puerta de Alex se abrió de par en par.
—Listo, ya puedes pasar —anunció él, mirando hacia el interior de su piso—. Pero te advierto que…
—¿Alex? —interrumpió la vecina.
Alex se quedó de piedra. Sus ojos grises viajaron de mí hacia la chica y de la chica hacia mí en un segundo de puro pánico no disimulado.
—Joan —dijo él, y su voz perdió toda la arrogancia para adoptar un tono terriblemente incómodo—. Vaya… qué sorpresa verte por aquí.
—Sí, es que vine a visitar a mi tía a la ciudad y decidí pasar a echar un vistazo a mi apartamento —dijo ella, abanicando sus pestañas anormalmente largas mientras le dedicaba una sonrisa que destilaba azúcar y veneno.
—Bien, eso es genial, Joan. Espero que tu tía esté bien. Hace tiempo que no la veo… bueno, tampoco es que esté mucho por casa —se justificó Alex, rascándose la nuca con un nerviosismo inédito.
La tal Joan soltó una risita coqueta que me dio ganas de rodar los ojos hasta la nuca. Se acomodó el cabello, asegurándose de quedar perfectamente encuadrada bajo la mirada de Alex. Fue en ese momento cuando me fijé en la criatura que la acompañaba en el suelo, sujeta por una delicada correa de seda.
No era un gato normal. Parecía una cría de felino, pero su pelaje era de un azul noche profundo con rayas plateadas que brillaban levemente en la penumbra. Sus orejas terminaban en plumones como los de un búho y tenía una cola esponjosa y doble. Por alguna razón desconocida, al mirarlo me invadió una sensación de calidez y reconocimiento, un lazo invisible que me reconfortó el alma. El pequeño también me observaba con unos ojos violetas llenos de una curiosidad vivaz.
De pronto, la criatura alzó su naricita al aire, olfateó en dirección a Joan y frunció el ceño. Sí, el pequeño animal arrugó el hocico con molestia y emitió un tierno y bajo gruñido.
—Ahí va otra vez. Siempre huele así de podrido cuando este espécimen se le aparece —dijo la misma voz dulce de antes.
El impacto me congeló, porque eso era simplemente imposible. ¡La voz no venía de la mujer! Provenía directamente de la cabeza de la bolita de pelos.
—Entonces… ¿ya te ibas? —preguntó Alex, intentando despacharla sin rodeos.
Joan titubeó, clavando sus ojos en mí. La pregunta flotaba en el aire: necesitaba saber quién demonios era la persona escondida tras el abrigo gigante. Incluso en un mundo de magia, la diplomacia territorial entre mujeres funcionaba exactamente igual que en mi mundo.
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Editado: 19.08.2026