La Elegida del Abismo

Capitulo 1: El silencio antes del rugido

La primera sensación fue humedad. No en la piel, sino en el aire. Como si cada aliento que tomaba estuviera empapado en sal. Panthea abrió los ojos, estaba cansada, sentía sus ojos pesados. No había luz todavía. La penumbra azulada de las barracas la envolvía como un manto denso y tibio. El único sonido era el del respiro lento de las demás cadetes dormidos… y el latido profundo del océano, retumbando en su pecho como un tambor lejano. No sabía la hora. No necesitaba saberla. Su cuerpo ya estaba acostumbrado a despertarse antes que el sol, antes que los gaviotines chillaran en el puerto, antes de que los motores de los trenes subacuáticos zumbaran bajo los acantilados de Kaialoa.

Pero hoy no había sido el reloj de su rutina el que la había sacado del sueño. Hoy habían sido las voces. Susurraban desde el fondo de su mente, como burbujas rompiéndose contra una concha. Voces sin idioma, sin rostro. A veces cantaban. A veces lloraban. Otras, simplemente llamaban su nombre... aunque ella ya no recordaba si ese nombre les pertenecía o no, había muchas que no recordaba, y trataba de que su pasado no la alcanzará, pero había días como estos que eran oscuros para ella. Panthea se sentó en el catre con los pies descalzos sobre el suelo de piedra pulida. El frío le calaba en los huesos. Las marcas de escamas en su nuca —esas que los curanderos no sabían explicar— ardían con un calor tenue, como si estuvieran vivas.

Cerró los ojos por un instante. Y entonces las sintió. Las olas. El vaivén. Aunque estaba en tierra firme. Aunque las barracas estaban construidas sobre pilares de obsidiana y piedra de arrecife, bien lejos del borde del muelle. Aunque el mar no tocaba sus pies desde ayer… su cuerpo sentía el movimiento. Como si algo debajo del suelo la meciera, estaba tan cansada, pero no podía hablar con nadie de lo que le estaba sucediendo, se encontraba sola, ella debía de ser fuerte.

—Otra vez tú… —murmuró, sin rabia ni miedo, solo con ese cansancio que no se cura con el sueño.

Se puso de pie, agarró la camiseta de lino que colgaba del costado del catre y se la colocó con movimientos precisos. No despertó a nadie. Caminó descalza entre los camastros alineados con disciplina militar, cruzó la cortina de lona y salió al pasillo de piedra que conectaba con el exterior.

La brisa nocturna de Kaialoa la recibió como una caricia amarga. La ciudad dormía todavía. Desde su altura en las barracas, se divisaban los tejados curvos de coral y concha perlada, las torres de vigilancia reluciendo con cristales mareomágicos, y más allá, la silueta titilante de los dirigibles náuticos anclados en el puerto alto. Y allí estaba. El mar. Oscuro. Profundo. Infinito. Mirarlo no ayudaba. Pero tampoco podía evitarlo. Panthea apoyó los codos sobre la barandilla de piedra y cerró los ojos. Sus sentidos se estiraban, como antenas invisibles. Sentía algo. Algo allá abajo. Algo que nunca se había ido. El mar no la había dejado morir. Pero tampoco la dejaba vivir, porque la había dejado vivir, mientras el resto moría, no tenía la respuesta después de quince años y dudaba que las tuviera.

Había tenido sólo seis años cuando el mar se tragó su ciudad, ella había sido la única sobreviviente, ahora cargaba con ella la pena de las almas que sobrevivieron, debía de darles paz, para ella poder conseguir paz finalmente. La luz comenzaba a teñir el cielo de tonos índigo y anaranjados, como si el propio horizonte respirara. Panthea no se había movido de su lugar en la barandilla, pero ahora el mundo se desperezaba frente a sus ojos. Kaialoa. Una ciudad suspendida entre la roca y el agua. Vertical, como si quisiera escalar el cielo, pero con raíces profundas ancladas al fondo del mar.

Desde su posición en el fuerte naval, la vista era inmejorable: los edificios colmena se alzaban entre plataformas de coral reforzado con acero mareomágico, salpicados de luces de tonos turquesa y ámbar que parecían luciérnagas acuáticas dormidas. Las torres más altas estaban coronadas con turbinas impulsadas por las corrientes marinas. Dirigibles náuticos flotaban cerca de los muelles aéreos, sus cascos cubiertos de escamas metálicas y burbujas de aire selladas, anclados como ballenas gigantes esperando órdenes.

Abajo, el mercado central abría sus compuertas. Desde los niveles más bajos ascendía el bullicio de los mercados de pescado, donde comerciantes gritaban ofertas en varios idiomas, vendiendo desde atunes espiralados hasta anguilas translúcidas que aún brillaban con energía residual. En los callejones resonaban los telégrafos y radios militares, que transmitían órdenes, predicciones de mareas y alertas. Una de las emisoras murmuraba en tono grave:

—…nivel de presión estable en el límite noroeste… sin actividad hostil registrada en la grieta de Orivax… el almirante Rinov está en camino desde el archipiélago… repetimos, sin actividad hostil registrada…

Panthea no escuchaba realmente. Solo lo dejaba fluir. Como todo lo demás. Una bandada de gaviotines marinos sobrevoló la ciudad, girando en círculos sobre una de las plataformas de entrenamiento, donde otros soldados comenzaban a reunirse. El sol comenzaba a asomar. Ya era hora. Se enderezó, alisó su uniforme con movimientos secos y se ató el cabello blanco en un nudo bajo, dejando solo unos mechones sueltos por encima de la nuca. Era hora de entrenar. No por deber. Por supervivencia. Y porque cuando entrenaba, no escuchaba las voces. Se miró fijamente al espejo observando su reflejo, realmente se veía jodida: sus ojeras parecían parches oscuros, su cabello blanco a pesar de estar recogido era un montón de desastre así que decidió mejor trenzarlo para que algo de su vida tuviera orden, sus ojos dorados se veían desgastados, casi apagados, como si no tuviera vida, su cuerpo era de piel canela, pero se podía observar las cicatrices que marcaban su vida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.