Costa sur de Kaialoa. Tarde nublada. Las olas golpean con violencia inusual contra los muros de contención marina. Las sirenas de emergencia aúllan. Un estruendo seco, como el grito de un leviatán ahogado, retumba por todo Kaialoa. Los ventanales tiemblan, los postes de radio se estremecen, y las aves que anidan en las torres huyen en bandadas desordenadas. La ciudad entera contiene la respiración. Desde la cima de la Fortaleza Marea, donde se alza el bastión más antiguo de la defensa de Elandor, el cielo comienza a desgarrarse en nubes negras que se agitan como capas de alquitrán. El mar, normalmente calmo en esa hora del crepúsculo, tiembla bajo un resplandor antinatural. La barrera sagrada Arahina, protectora de Elandor, brilla con un resplandor azul vivo, como una cortina de energía ondulante suspendida sobre las aguas profundas. Durante años ha resistido las embestidas del Mar Consciente.
Pero ahora… algo es distinto. Una línea de espuma negra se forma lentamente sobre la superficie, delgada al principio, como una cicatriz punzante que sangra la oscuridad. No hay luz que la toque. La espuma no se mueve con la corriente. La ignora. Se expande. Un vigía en las alturas de la muralla rompe el silencio con una voz ahogada por el miedo:
—¡Eso no es una tormenta! —grita señalando el horizonte, donde el cielo se curva con violencia.
Las sirenas de emergencia resuenan. Se encienden luces rojas en los corredores de la fortaleza. En menos de un minuto, Panthea, Leandro, Coeli y Saeko ya están en camino, subiendo por los corredores de acero y piedra hacia el observatorio elevado. La Comandante Maeki los espera allí, ya con su uniforme de combate ajustado, la capa ondeando con fuerza bajo los vientos de presagio. Su expresión es pétrea. El cielo parece reflejarse en su mirada gris.
—La barrera ha cedido… solo por segundos.
Panthea aprieta los puños.
—¿Cómo es posible?
Maeki no responde de inmediato. Sus ojos están fijos en el horizonte, donde la línea negra se ondula como un corte mal cerrado.
—No lo sabemos. Pero algo viene… Y no está sola —dijo severa—. ¡Preparen las tres órdenes para que se desplieguen! Debemos proteger a Arahina con nuestra propia vida, si la capital cae, cae toda la región.
—Se aproxima un Abismal —pronunció Saeko—. Puedo sentirlo… ahora le pregunta que nos importa es ¿Qué categoría será?
—Normalmente aparecen Silfagos, Nag'rith —explico Panthea—. Son normalmente categorías terceras y cuartas, pocas veces ha aparecido una categoría dos como Enmorrak.
—Hace mucho tiempo que no hemos visto a un titán primordial —murmuró Maeki consternada—. Los más antiguos y poderosos. Son casi deidades. Su presencia altera el clima, la marea y el equilibrio de la barrera divina…
—Mierda —soltó Leandro—. El clima de repente se oscurece, el sol está cubierto, la marea se encuentra inestable, y una tormenta parece avecinarse.
—Y la barrera se fractura de golpe…
—Estamos ante la inminente aparición de un titán primordial —concluyó Maeki—. Vireth, la Madre de la Espuma Sangrante —miró al resto de sus soldados—. ¡Preparen las municiones más pesadas! ¡Estamos ante un categoría uno!
El silencio de la observación se quiebra por la señal del cuerno ceremonial. Un rugido profundo y prolongado resuena por toda Kaialoa, retumbando desde las torres de vigilancia hasta las bases flotantes ancladas en el puerto militar. La ciudad entera se pone en movimiento como si fuera un solo organismo.
—¡Activación de protocolo Leviatán!
—¡Todas las unidades, a sus posiciones!
Desde lo alto, Panthea observa cómo las calles se vacían con rapidez coordinada. Guardias de marina dirigen a los civiles hacia los refugios subacuáticos, estructuras selladas ocultas bajo los mercados y estaciones náuticas. Puertas blindadas comienzan a descender con un chirrido metálico, cerrando accesos a los niveles inferiores. En los muelles militares, los soldados corren como fuego sobre aceite. Se abren compuertas. Submarinos de guerra emergen como leviatanes de acero. Dirigibles náuticos, marcados con los colores de Elandor —rojo y negro—, se elevan entre nubes bajas, activando las torretas mareomágicas que emiten pulsos de energía ondulante.
En la costa, se despliega el corazón de la defensa: La Armada de la Ola Ardiente. Más de trescientas unidades de combate se alinean: soldados con armaduras adaptadas al mar, cascos sellados, lanzas de impulso, redes eléctricas, y vehículos blindados anfibios que rugen como bestias. Se elevan estandartes con el símbolo de la Ola Ardiente: un kraken enredado en llamas marinas. Panthea, aún sin hablar, siente cómo su corazón se tensa. Esa fuerza no es para una simple grieta. Algo grande viene. Algo ancestral. Darel Tharol llega a su lado, con el rostro serio por primera vez en días. Lleva su propia armadura puesta, más sobria que la de Panthea.
—Esto no es una incursión.
—Es una prueba. O una advertencia.
Desde los cielos, el Consejo de Comando transmite órdenes por radio:
—“Formación tridente en la costa este. Cubran las grietas volcánicas. Mantengan la presión mágica al máximo nivel. No permitan que nada crucé el umbral.”
—“Panthea Tialorai, escuadrón especial: acudan al frente litoral. Es probable que la criatura emerja allí.”