Mi padre lanzó al suelo lo que estaba sobre el escritorio; su rostro estaba rojo, respiraba con dificultad. Mi hermano se acercó a él, trató de calmarlo.
—Recuperaremos todo de nuevo. Por ahora se quedarán solo con una parte de las acciones.
—¿Cómo? ¡Esto es una trampa! —gritó ofuscado—, no aceptaron menos que la mitad más uno; ahora mandarán al hijo de ese imbécil como CEO de esta compañía. No podré ni verlo, no quiero estar aquí, esto ha sido una humillación.
Me abracé a mí misma sin saber qué decir o qué hacer; apenas había comenzado a trabajar allí como pasante en el departamento de mercadeo.
Un día éramos los dueños de la compañía y al otro día un extraño venía a tomar posesión de todo; nos quedamos con algo, pero esas personas serían los dueños mayoritarios.
¿Qué podía saber yo a mis veintidós años? Hacía todo lo que me pedía papá, incluso estudié la carrera que dijo, trabajaba como y dónde me lo indicó, me reunía con amistades que él aprobaba y verlo así me hizo sentir incómoda, perdida por primera vez desde que me adoptaron.
Mauricio me miró y me señaló con la cabeza que saliera de la oficina.
Tomé mis cosas y salí tambaleándome; ya unos hombres colocaban el nombre del nuevo CEO en la oficina que era de mi padre: Aristeo Mendoza, ese era el nombre del hombre que venía a arruinar a mi familia.
Los Mendoza Berasategui eran una familia muy poderosa del Valle; hicieron fortuna con empresas de energía y compañías agropecuarias, e iban a comenzar en el mundo de las farmacéuticas adquiriendo la compañía de mi padre.
Entré al baño, me maquillé un poco para tratar de calmar mis nervios; no podía hacer desaparecer el frío del estómago ni esa presión en el pecho que me advertían que algo no estaba bien. Sentía unas ganas locas de salir corriendo, miedo y ansiedad.
Me decía a mí misma que era porque nunca había tenido que pasar por una situación así. Sabía que desde hacía un par de años, unos negocios que salieron mal para papá dieron inicio a una serie de calamidades financieras, ninguna grave, o eso creía, hasta ese momento en el que se vio obligado a vender parte de la compañía familiar.
No podía saber qué tan mal estaban las cosas, pero sí estaba dispuesta a prescindir de lujos y a trabajar como fuera necesario para ayudar a la familia.
Mi tía Griselda se ocupó de mí cuando mi mamá murió. Nunca conocí a mi verdadero padre, así que ella y su esposo, me adoptaron a los ocho años, desde entonces, no supe qué era pasar trabajo, ni carencias, ni tampoco me faltó amor.
Con la llegada del nuevo dueño, lo único seguro es que nuestra vida cambiaría para siempre. Lo que más preocupaba a mi madre era tener que dejar la casa familiar, mi padre le aseguró que eso no sucedería.
Era solo dinero, podría pensar cualquiera, y sí, solo era dinero, pero también era perder la calma y la estabilidad que tuvimos por años como familia.
Las amistades ya no nos miraban igual, habíamos dejado de ir a los clubs sociales y a las fiestas para no tener que soportar las miradas juzgadoras, los chismes y los murmuros a nuestras espaldas.
Mauricio se asomó a la puerta del baño, me miró con intensidad.
—Adela, necesito hablar contigo.
Asentí, guardé el resto de maquillaje en mi bolso sin ordenarlo, las manos me temblaban. Tomé mis cosas y seguía a mi hermano mientras sentía el corazón acelerado. Él cerró la puerta de su oficina, suspiró hondo, se sentó en el sofá junto al escritorio, con la mirada frente al ventanal que dejaba ver los edificios contiguos.
—¿Las cosas están muy mal? —pregunté sobándome las manos.
—Sí, peor de lo que le decimos a mamá. Sabemos poco del hombre que viene a tomar posesión de todo, y estamos muy endeudados.
—Pero con la venta de las acciones saldremos de deudas, ¿no?, y solo tendremos menos dinero, las cosas van a estar bien.
Negó con la cabeza, cerró los ojos.
—Ojalá fuera tan sencillo, no puedo contarte más, pero papá y yo podríamos terminar en la cárcel, perderíamos incluso la casa.
Una punzada de dolor me atravesó el pecho. Me levanté del sofá de inmediato, quise acercarme a él, me senté a su lado y tomé su mano.
—Hermano, ¿qué dices? —pregunté, aunque en realidad no quería detalles.
—Las condiciones en las que este hombre compró parte de la compañía es que prácticamente quiere todo o nada, dependemos de él para salir a flote. Es el único que estuvo dispuesto a pagar el monto que necesitábamos, pero él quiere quedarse con todo eventualmente.
—Ganaremos tiempo, sabrás qué hacer —respondí con ánimo de consolarlo.
Sonrió, me miró con ternura.
—Eres tan inocente.
Le sonreí.
—Boba, querrás decir.
—No, eres dulce, y muy linda, tienes un rostro precioso, noto cómo te miran todos los hombres, eres el objeto de deseo de muchos, cualquier hombre estaría loco por que fueras su mujer.
Dejé de sonreír, no entendía por qué mi hermano me decía esas cosas.
—¡Qué dices, Mauricio!
Suspiró, palmeó mi mano.
—No te pediría esto si no creyera que es sumamente necesario, si hubiese otra salida, te lo juro que ni te hablaría de esto, pero es que no veo otra salida ahora mismo. Te prometo que te voy a cuidar mucho.
—¿De qué hablas?
Alzó mi barbilla con su mano, sonrió con los labios apretados.
—Sí hay otra oportunidad de conseguir ese dinero que nos hace falta para no perder todo.
Suspiró haciendo que sus oscuros cabellos lisos se movieran, cubriendo su ojo derecho.
—¿Qué? ¿Cómo?
Sacudió la cabeza apartando el mecho de cabello, suspiró hondo, miró hacia la calle a través de la ventana.
—Silvano Todd, el dueño de Todd Enterprise, es un viejo amigo de papá, él podría ayudarnos.
Volvió a mirarme.
No entendía nada de lo que mi hermano decía, y comenzaba a instalarse una angustia en mi pecho.
—No entiendo, habla bien de una vez.
—Tiene cuarenta y ocho años, es joven aún, es viudo y está interesado en casarse de nuevo, ha dicho que le pareces hermosa, cree que podrías ser una esposa perfecta para él.