Aristeo
Quise hacer un recorrido por la ciudad antes de presentarme por primera vez en esas oficinas, no recordaba mucho del lugar, había cambiado, pero no demasiado: seguía siendo una ciudad pequeña con los mismos lugares de moda, las mismas atracciones, la misma gente rancia.
—¡Detente! —pedí al chofer frente a uno de los locales más populares de la ciudad en la zona exclusiva, un bar-restaurante que era propiedad de una familia griega.
Miré por un rato la fachada, habían hecho un par de modificaciones, pintura nueva y flores decorativas para la entrada, pero parecía del mismo tamaño de siempre, nada especial.
—Bajaré —anuncié, dos de mis guardias bajaron conmigo, uno se quedó en la entrada, Nino como siempre, entró conmigo.
El cambio había sucedido por dentro, sí se veía más amplio y lujoso. Enseguida una rubia nos abordó, nos ofreció una mesa en el área VIP que acepté para poder ver mejor el lugar.
Odiaba esa ciudad llena de gente hipócrita, interesada y superficial, como esas chicas que miraban a las otras de arriba abajo en una mesa del local.
Había una pareja en una esquina muy concentrados en su conversación, un par de chicas con un hombre en una mesa, ellas no dejaban de mirarme y soltar risas tontas, vestían como si recién hubiesen salido de un gimnasio.
La mesera notó mi confusión, explicó que hasta las seis de la tarde funcionaba como restaurante más informal, y partir de las siete de la noche la etiqueta del lugar cambiaba. Me fijé en la hora, faltaba media hora para las seis de la tarde.
Miré alrededor con interés, aunque había poca gente: entró una chica tambaleándose en unos tacones altos, vestía un conjunto ejecutivo rojo de pantalón y chaleco, sin mangas, llevaba el cabello castaño claro suelto y un poco desordenado, y las mejillas tan rojas como su ropa. Sus facciones eran finas y delicadas y su piel tan blanca que le sería fácil camuflarse en la nieve.
—Me parece conocida —dije señalándosela a Nino, la miró con atención. La ciudad no era grande, y creí saber quién era de inmediato.
—Es muy bella.
Entonces busqué mi teléfono, revisé la galería, relamí mis labios y sonreí; no podía creer lo pequeño que era ese infierno, era la hija de José María Mills y si no lo era, se parecía mucho. Le mostré la foto a Nino.
—Dime si no es ella.
Abrió mucho los ojos, me miró y asintió.
—Es ella, ¿la hija de Mills?
—Ella misma —confirmé.
—Maldita coincidencia —dijo entre los dientes.
La miré con atención, se sentó en la barra, miró a los lados una y otra vez, hasta que levantó una mano y llamó al chico del bar. Él enseguida sonrió al verla, la miró embelesado, se dio la vuelta y comenzó a prepararle un trago. Su trasero se veía redondo y firme sobre esa silla del bar.
—Debería presentarme —dije.
Nino se echó a reír.
—No lo creo. ¿Cuál es la prisa? Además, la chica debe odiarte; vas a arruinar a su familia.
—Su familia se arruinó sola. Quizás no le diga entonces mi nombre —dije con picardía. Nino negó con la cabeza y rodó los ojos.
—No creo que sea buena idea.
—Mañana igual la voy a conocer, trabaja con su padre, trabaja en la compañía.
—Entonces espera hasta mañana.
—No, creo que quiero conocerla ahora —insistí con firmeza.
Rodó los ojos y suspiró hondo.
—No cometas una estupidez, tienes un plan.
—¿Qué crees que haría?
—Es una chica hermosa, no sé.
Me eché a reír.
—He visto muchas chicas hermosas, no te preocupes, ella es solo una más.
Bajé hasta la parte donde estaba el bar, caminé directo hacia ella, me detuve a su lado sin mirarla, desprendía un olor a algún perfume con notas de frutas cítricas, de mandarina, quizás, y también un poco de licor, ron tal vez.
—Un martini —pedí al chico. Asintió con la cabeza, miró a la chica con seriedad y se dio la vuelta. Quizás arruiné sus planes de conquista en medio de su horario laboral.
Ella se volvió a verme, la miré de reojo, me senté y me volví a verla.
—¡Hola! —dije sonriéndole, mirándola a los ojos, que eran enormes y oscuros.
—¡Hola! —dijo con un hilo de voz, parecía un poco ebria.
El chico del bar sirvió las dos copas, como sospeché, ella bebía ron.
—¡Salud! —dije alzando mi copa, ella me miró con dudas, sonrió de medio lado y alzó su vaso.
—¡Salud!
—¿Por qué brindamos?
Se encogió de hombros y desvió la mirada.
—No celebro.
—Es raro ver a una mujer tan joven a las seis de la tarde en un bar sola bebiendo ron.
Sus mejillas estaban muy rojas, así como sus ojos, lo que indicaba que llevaba bebiendo un buen rato, no me informaron que fuera alcohólica. Recordé apenas que pasaba los veinte años, era bastante joven.
Ella me miró con sus grandes ojos, asintió con fuerzas.
—Brindemos por la libertad de elegir nuestros destinos —dijo con solemnidad; me eché a reír.
—Qué profundo, me parece bien, brindemos por eso.
Bebimos, sin mirarnos; percibí algo de tensión, suspiré hondo; se volvió a verme.
—Me llamo Adela —dijo.
—¿Adela qué? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Adela Mills —dijo, afirmó con energía, hizo una mueca triste, bajó la cabeza—, de esos Mills.
—Encantado, Adela, mi nombre es Nino.
Sonrió.
—Nombre curioso, Nino, ¿qué?
—Nino López, nada de apellidos importantes.
Se echó a reír.
—Apuesto a que mi padre desearía llevar el apellido López ahora mismo.
Me dio una satisfacción enorme entender a qué se refería la chica: su padre estaba sufriendo las consecuencias de sus actos, el viejo se iría a la ruina y lo padecerían como familia; no podía estar más feliz por eso.
—Vamos a mi VIP, conversaremos más cómodos —dije, me bajé de la silla y estiré la mano en su dirección. Me miró con curiosidad, me la dio y bajó de su silla. La guié hacia el VIP, hice seña a Nino con la cabeza para que se fuera, se levantó y se perdió del lugar con discreción.