Me desperté casi a las ocho de la mañana con un dolor de cabeza intenso, me puse a llorar apenas abrí los ojos, no iba a escapar de mi destino, no podía, mi familia dependía de mí.
Me senté en la cama con la cabeza entumecida, no podía llegar tarde a la compañía, mi padre contaba con que yo estuviera allí, así como Mauricio, quien no dejaba de decir que ese señor iría por mí para ir a comer. No quería salir de la cama ni de la casa, sin embargo, no tenía otra opción.
Recordé que llegué a casa en el auto de ese hombre que me crucé en el bar. Me eché a la cama de nuevo hundiendo mi cabeza en la almohada. ¿Acaso estaba loca?, ¿cómo bebí tanto?, ¿por qué hice eso? Me moría de vergüenza conmigo misma, a la vez sentía que lo necesitaba y también se sintió como un triunfo, igual no dejaba de sentirme muy humillada.
Uriel se levantó del piso, me sobresalté.
—¿Qué haces aquí?
Bufó.
—Me pediste que viniera, y luego me rogaste que me quedara, llorabas como una estúpida.
Me limpié las pocas lágrimas que derramé, pasé saliva.
Lo recordaba, le pedí que fuera a consolarme, pues me sentía muy humillada. En mi vida me había dejado besar por un chico, nunca había tenido un contacto íntimo con alguno, y de pronto, cuando me decido a ser aventurera y buscar un hombre, me rechaza.
Mauricio me advertía que sería llamada una cualquiera y que afrentaría el honor de la familia, por eso me mantuve alejada de todos los hombres heterosexuales del mundo, aunque ya Mauricio se encargaba de que no se me acercaran tantos, fue obvio que yo no sabía nada de seducción y conquista.
—Lo siento, es que ayer bebí demasiado.
—¿Por qué bebiste así? Nunca bebes, decías que no te gustaba.
—No me gusta, ayer llegué a casa temprano, y vi las botellas, comencé a beber, tú sí sabes por lo que está pasando la familia, no me sentía bien —respondí, aunque la verdad era peor, me iba a tener que entregar como esposa a un viejo al que no quería, tendría que darle mi virginidad y ni un beso había dado en la vida.
Eso cambió, al menos podía decir que me había besado con alguien, un beso que me gustó.
Chasqueó la lengua.
—Y lo del tipo ese, ¿qué querías hacer? Te pusiste en peligro, agradece que ese hombre no quiso aprovecharse, estás loca.
—Solo fueron unos besos, nada más. Qué vergüenza, me rechazó, le pedí que me hiciera el amor —dije, me cubrí el rostro.
Se echó a reír.
—¿Qué mosquito te picó que te quisiste besar con un extraño en un bar?
—Iba por el que atiende, lo recordaba de otras veces que fui con ustedes, el rubio de rulos brillantes y ojos azules, él, pero me pareció solo un chico delante de un hombre que se me sentó al lado y me buscó conversación: cabello oscuro liso, piel oliva, o muy bronceado, de mandíbula marcada, ojos amarillos, nariz perfecta, alto, elegante, muy seductor.
—¿Quién es?, ¿Sabes su nombre al menos?
—Nino, o algo así, no recuerdo más, conversamos poco, enseguida le pedí que me besara, lo hizo.
—¿Y? ¿Te gustó?
Sentí el calor en mis mejillas, me eché a la cama de nuevo y me cubrí con las sábanas. Los latidos de mi corazón se aceleraron al recordar la escena, al recordar todo de aquel momento, mi cuerpo también se turbó de nuevo, era algo nuevo para mí.
—Sí, me besó muy bien, me gustó, supongo que me gustó porque mi cuerpo sintió cosquillas por todos lados y después…, no, qué vergüenza.
Se rio a carcajadas.
—Si querías dejar de ser virgen, no tenías que emborracharte, qué falta de clase, con tantos hombres que siempre te andan rondando.
—Es que necesitaba que fuera un extraño.
—Entiendo, imagínate si el animal salvaje de Mauricio se entera, degüella vivo al que se atreva a tocarte.
—Justo por eso.
—¿Por qué quieres dejar de ser virgen de pronto? Decías que querías llegar pura al matrimonio.
—Tengo veintidós años, no he tenido novio, creo que ha pasado suficiente tiempo, quiero hacerlo, es todo —respondí por decir algo; la verdad era que no quería que mi primera vez fuera con alguien a quien no elegí; parecía una tontería, para mí era importante.
Sabía que buscar a un cualquiera en un bar no era lo ideal, pero me parecía mucho mejor que hacerlo con el señor de casi cincuenta años con el que me tenía que casar para salvar a mi familia.
Me iba a casar con ese hombre, no había alternativa para mi familia, no podía dejar que mi padre y Mauricio fueran a la cárcel, no podía dejar que mi madre terminara en la calle, ni yo misma de nuevo.
Fue una locura de todos modos, no debí emborracharme, ni buscar a ese chico, ni irme con ese hombre, ni intentar nada de aquello, esperaba que aquel hombre no me buscara de nuevo. Me hice la dormida todo el camino para que no me pidiera el número de teléfono, aunque antes tuve que decirle dónde vivía.
—No lo hagas de nuevo, te pusiste en peligro, has debido llamarme. Solo eres mayor que yo dos años, pero soy hombre, yo te cuido.
—Lo sé, primo. No lo haré de nuevo. Ojalá ese hombre no me busque.
—¿Te dijo que lo haría?
—Sí, tendré que disculparme, hacerme la loca si lo veo, no sé. Espero no verlo nunca más en mi vida.
Se echó a reír con saña.
—Quizás debas hablar con él, tener una cita, coger y hacerte su novia, así resuelves todos tus problemas —dijo con burla, claro, él no sabía de mi destino.
No respondí a eso más que con una media sonrisa. Nada me habría gustado más que conocer a alguien como él, salir, tener una relación, pero eso no iba a pasar.
Me dolió el pecho, y sentí una tristeza profunda, a la vez, también tenía algo de esperanza. Yo podría por fin corresponderle a mi familia por tanto que me dieron, era mi turno de devolver el favor, me necesitaban y no podía fallarles.
—Es tarde, debo ir a la oficina —dije con resignación.
No me iba a casar con nadie más que no fuera Silvano Todd.