La esposa del C.E.O

Capítulo 4

Durante todo el camino a la oficina no podía dejar de pensar en aquel hombre, y en la estupidez tan grande que hice. Tuve que pedirle a Uriel que fuera por mi auto, no estaba en condiciones de manejar, parecía una borracha alcohólica, eso debió pensar ese hombre.

Necesitaba hacerlo, aunque fue una situación caótica, ese beso se sintió como un poco de libertad.

Miré fotos y videos de Silvano, era un hombre atractivo, inteligente y encantador, quizás con el tiempo podría enamorarme de él, tenía que convencerme de eso, porque era el destino que me esperaba.

Suspiré hondo e ignoré el nudo que se me formaba en el pecho y me subía hasta la garganta.

Mauricio me lo advirtió: tenía que ser amable, sonreírle, fingir como fuera que me estaba agradando su compañía, quería que todo se sintiera natural, que nadie pensara que me compró, que al final era lo que estaba haciendo.

Sacudí la cabeza tras soltar un suspiro hondo.

Iba a amar a ese hombre, tenía que hacerlo o de lo contrario sufriría demasiado, no quería sufrir, sería una buena esposa para él, estaba dispuesta a complacerlo en todo.

Me limpié las lágrimas, me retoqué el maquillaje y bajé del auto, admiré mi figura en el espejo del ascensor, la vida continuaría como la conocía si ponía de mi parte, no solo para mí, también para mi familia que era lo más importante.

Llegué directo a la oficina de Mauricio, hizo salir a las personas que estaban allí, se movieron con rapidez con las caras largas, él cerró la puerta, me condujo por el brazo hasta el sofá, me olfateó.

—¿Bebiste?

—Un poco, con Uriel anoche, solo un poco.

Sonrió.

—Bien, así se hace: en casa, con familiares y amigos, en un ambiente seguro. Cepíllate de nuevo los dientes y perfúmate.

—Sí, claro, lo haré.

—Llegas tarde.

—Lo siento.

Me senté en el sofá, lo miré a la cara con determinación, parecía intuir mi respuesta, pues sonreía satisfecho, se sentó a mi lado, acomodó mi cabello, me alzó la barbilla con su mano.

—Dime, hermosa hermanita que me regaló la vida, ¿qué decidiste?

Pasé saliva.

—Tienes razón, si hay una forma de salir de esto hay que tomarla, haré lo que me pides, aceptaré a ese hombre.

Sonrió, me abrazó, sonreí también al verlo tan feliz, me mantuvo contra su pecho.

—Gracias, gracias, eres un alma tan buen, tan generosa, eres muy buena, hermanita, y la vida te lo va a recompensar, vas a ser muy feliz, la más feliz del mundo, te lo prometo.

Se separó de mí, le sonreí, de algún modo me ponía feliz que él estuviera feliz.

Besó mi mejilla, mi frente, se levantó, corrió hacia una pequeña vinera que tenía en la oficina, sacó una botella de champán, sirvió dos copas, me alcanzó una, aunque me dio náuseas por la resaca.

—Por un nuevo comienzo, te vas a convertir en toda una mujer, casada, con un enorme compromiso, eres una bendición en esta familia, él día que mi madre y mi padre decidieron darte un hogar y no dejarte morir de hambre en la calle, salvaron su propio destino, no lo sabían.

Me eché a reír con lágrimas en los ojos, bebí toda la copa.

—Yo estoy feliz de poder recompensar algo de tanto que me han dado. Vamos a estar bien.

Besó mis manos, y asintió.

—No diremos nada a papá aún, será gradual, el almuerzo de hoy lo tomaremos como el día en el que me lo presentas como un pretendiente, ya podrán tener sus citas a solas, quiero cuidarte.

—Lo sé, te amo.

—También te amo, gracias por esto —dijo, besó mis cabellos, me abrazó de nuevo. Por un instante no pareció tan malo casarme con ese extraño, eso los haría felices, era nuestra salvación.

Tocaron a la puerta, se levantó tenso.

—¡Adelante!

Abrió la puerta Rita, su asistente.

—Señor, el señor Mendoza ya llegó, quiere verlo a usted y a su padre.

—¿Padre o hijo?

—Solo se presentó el hijo, Aristeo.

—Esos imbéciles, además, nos desprecian.

Suspiró hondo.

—Que espere en la recepción, avisa a mi padre, ya voy a su oficina, lo harás pasar cuando te lo indique.

—Entendido, señor.

La chica salió y me levanté, alisé mi falda, suspiré mientras lo miraba, mantuvo la cabeza gacha, como examinando el suelo, alzó el rostro, me sonrió.

—Todo va a estar bien, vamos —dijo, hizo señas con la cabeza.

Salimos juntos hacia el pasillo.

Me volvió a besar en la mejilla agradeciéndome lo que hacía y me dijo que fuera a mi oficina como siempre, que me avisaría cuando Silvano Todd fuera por nosotros.

Caminé hacia mi puesto, pero me quise desviar a tomar un café de la máquina del pasillo cercano a la sala de conferencias de mi padre pues la resaca seguía haciendo estragos en mí y no quería que esa copa de champán me arruinara la mañana o el día completo.

Para mi sorpresa había tres hombres de espaldas en la máquina, pasé saliva y me quedé mirando a uno de ellos. Cuando se giró, clavó sus ojos en mí, me quedé paralizada, negué con la cabeza, no podía creer que ese hombre estuviera allí.

«Me vino a buscar», pensé.

Me acerqué a él seguramente con los ojos desorbitados, no podía creer que estuviera allí, y se veía mucho más guapo de lo que lo recordaba.

—¿Qué haces aquí?

Sonrió con amplitud dejándome ver todos sus dientes, afirmó.

—Así que estás sobria.

—¡Por favor!, no hablemos aquí, lamento lo de ayer, fue toda una confusión, no debió pasar, lo lamento —dije susurrando y con ganas de meter la cabeza en una bolsa para siempre, mi corazón latía acelerado.

—Te prometí algo, y pienso cumplirlo; ya estás sobria, podemos hacerlo ahora.

Pasé saliva, negué con un gesto, sentía que me iba a desmayar porque apenas podía respirar.

—No, por favor, vete, hablaremos luego, necesito que te vayas.

Se acercó Rita, me tensé con miedo de que hubiese oído algo.

—Señor Mendoza, por favor, espere en la recepción; le avisaré cuando pueda pasar con el señor Mills.




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