Ahí estaba yo, frente a frente con el hombre con el que me iba a casar, no lo conocía de nada y eso me angustiaba.
Al menos delante de Mauricio se comportaba muy correcto, no podía dejar de pensar en los momentos en los que estuviéramos solos y que sería cuando entonces de verdad lo conocería.
¿Y si era violento?, eso me asustaba un poco, aunque recordaba que Mauricio me dijo que me cuidaría, pensé que él no permitiría que me hiciera daño.
Al llegar frente al restaurante que dijo, bajó primero que yo, me tendió la mano, no quería dársela pues estaba sudada, le sonreí con timidez e igual se la di, tenía que pasar por esa vergüenza.
—Tienes las manos frías —comentó con una sonrisa amable en el rostro. Tragué con dificultad y asentí.
—Un poco nerviosa —admití sin complejos, chasqueó la lengua y negó con un gesto.
—No, ¿por qué lo estarías?, lo último que quiero que es que estés incomoda, relájate.
Asentí y lo seguí hacia el restaurante, busqué con la mirada a mi hermano quién que se quedó un poco atrás atendiendo una llamada.
Me senté dónde me indicó, el personal del restaurante estaba en fila y esperando por nosotros, Mauricio y él se sentaron finalmente.
Me giré para ver a mi hermano y Silvano me veía con intensidad, sonrió de medio lado.
—Eres hermosa, Adela.
—Gracias —susurré con timidez. Bajé la cabeza.
Mauricio aplaudió.
—Adela no sabe muchos detalles, sabe que tu hija se va a casar con ese imbécil, nada más.
Silvano asintió con la cabeza, suspiró, me miró a los ojos.
—Aristeo Mendoza es el hijo de un viejo socio de tu padre y mío, sus padres murieron hace años en un accidente, él quedó huérfano, no sé quién lo habrá adoptado, pero ahora tiene mucho dinero y se ha empeñado en comprar la compañía de tu padre y la mía.
Mauricio levantó una copa, se la llevó a la boca, bebió un poco y la dejó sobre la mesa.
—Unir a las familias es lo más lógico, pero Silvano solo tiene una hija, y ella ya se va a casar con Aristeo, solo quedas tú y Silvano, no me puedo casar con él —dijo con tono burlón.
—Ni quiero —dijo Silvano soltando una carcajada a la que se unió mi hermano.
Tomé aire, comenzaba a comprender el entramado familiar que había.
—¿Será posible que él se haya acercado a Silvana para acercarse a usted?
—A ti, trátame de tú, por favor, Adela, elimina la formalidad —me dijo Silvano.
—Lo siento, tienes razón.
—Y sí, claro, no tengo dudas, mi hija es hermosa, espectacular, la conoces, ¿no?, ¿sabes quién es?
Afirmé.
—Claro, sí, coincido, es bellísima, y muy preparada.
—Sí, y mi heredera, pero no me creo el cuento de que se conocieron por casualidad y se enamoraron, él es casualmente el hijo de quien fuera nuestro socio, y no, no sé qué crea él que le debemos, solo sé que vino a hacer daño.
—Entiendo.
Me quedó claro que Aristeo Mendoza usaba a Alexandra Todd para llegar a Silvano. Tampoco contaban todo sobre aquel hombre que falleció, y no iba a preguntar en ese momento por ese asunto.
Alexandra tampoco era la más simpática del mundo, ella sabía que yo era adoptada y siempre me miró por encima del hombro.
Silvano suspiró, ladeó la cabeza.
—Sé que te llevo muchos años, eres una jovencita, incluso menor que mi hija, pero tenemos que hacer esto. No seremos una pareja real, lo que tenemos que hacer es unir nuestros apellidos.
Sentí un alivio enorme, casi me sentí feliz lo suficiente como para contarles de mi encuentro con Aristeo, sin embargo, preferí quedarme callada, me daba vergüenza la actitud que tuve.
—Sí, si hay que hacerlo, lo haremos, no dejaremos que nos haga daño si eso pretende.
Asintió sonriendo.
—Ya lo está haciendo, por eso es importante actuar rápido.
Mauricio se levantó.
—Los dejo solos, para que discutan temas más íntimos —dijo, me besó en los cabellos, mi corazón se desbocó, aunque me había aclarado cual era la finalidad del matrimonio, no quería quedarme a solas con él.
Lo vi salir mientras mi corazón latía errático y mis manos sudaban.
Silvano me sirvió agua.
—Bebe, te ves pálida. No soy un animal, Adela, nos casaremos, pero no te tocaré, no habrá intimidad porque no somos una pareja real, no soy un viejo verde aprovechado.
Me reí, él también.
—Se ve muy bien para su edad.
—No me trates de usted, porque vamos a ser una pareja publica en unos días.
Afirmé con la cabeza.
—Es verdad, lo siento.
Amé a Mauricio, él me dijo todo eso cuando el escenario real era menos aterrador, no seríamos una pareja de verdad, solo sería de papeles para poder enfrentar la amenaza que representaban los Mendoza.