La esposa impostora

1

—Yuliana, su esposo, Yuri, ha venido a verla. ¿Lo recuerda?

Estoy tumbada en la cama del hospital, estrujando la sábana entre mis manos por los nervios. El médico entra a la habitación acompañado de un desconocido. Un desconocido bastante atractivo, debo admitir. Tiene el cabello azabache peinado hacia atrás, los labios firmemente apretados, unos ojos azules que me miran con demasiada severidad y el ceño fruncido. La ligera barba de tres días le da un aire rudo y masculino. Siento que este hombre es capaz de detectar mi mentira en un parpadeo. En este instante me arrepiento profundamente de haber aceptado esta farsa, pero ya є demasiado tarde para dar marcha atrás. Así que solo niego con la cabeza.

El médico continúa:

—Su esposa sufre de amnesia parcial. Con el tratamiento adecuado y tiempo, los recuerdos regresarán.

—Déjenos solos —ordena Yuri, sin siquiera dignarse a mirar al doctor.

Su mirada, cargada de un odio puro, me cala hasta los huesos. El médico asiente y sale de la habitación en silencio. Yuri, como un depredador al acecho, camina a pasos lentos hacia la cama. Cada uno de sus movimientos me eriza la piel; tengo pánico de que haya descubierto la sustitución. Apoya las palmas de sus manos sobre los barandales de la cama y suelta una risa burlana:

—No me creo este numerito tuyo ni por un segundo. Confiésalo, ¿qué estás tramando ahora?

Si tan solo supiera qué tramaba la verdadera Yuliana... Ella apareció en mi vida de la nada. Al ver que éramos idénticas, me ofreció ocupar su lugar durante un mes y hacerme pasar por la esposa de Yuri Ternovsky. Jamás habría aceptado algo así, pero necesitaba el dinero con urgencia. Aunque ella sea una criminal y yo termine en prisión, ese dinero salvará la vida de mi pequeña hija enferma. Me tiñeron el cabello de negro, me arreglaron las uñas, las cejas... y me convertí en el vivo retrato de la verdadera Yuliana.

Me encojo de hombros, imitando confusión:

—No me acuerdo de nada. ¿De verdad eres mi esposo? —lo miro con desconfianza.

Él vuelve a fruncir el ceño:

—Desafortunadamente, sí. ¿Por qué lo dudas?

—Pensé que serías más amable. Tu esposa tuvo un accidente, casi se muere, perdió la memoria, y en lugar de un beso, aunque sea en la mejilla, tengo que escuchar acusaciones sin fundamento.

El hombre parpadea, desconcertado:

—¿Quieres que te bese? De verdad te diste un buen golpe en la cabeza, ¿o qué? Has hecho demasiadas porquerías como para que te bese.

—Entonces, ¿por qué no te divorcias de mí?

—Tú bien sabes la razón. Y espero que no nos quede mucho tiempo como esposos. Levántate, nos vamos a casa. Te dieron el alta. Y ya deja de fingir esa amnesia, no me hace ni puta gracia tu chiste.

Su tono tan severo hace que todo mi interior se congele. No me extraña que la verdadera Yuliana haya escapado de un hombre así. No tengo idea de cómo voy a sobrevivir un mes entero bajo el mismo techo. Al levantarme de la cama, caigo en la cuenta de que solo llevo puesto el camisón del hospital. La vergüenza me tiñe las mejillas de rojo, pero Yuri ni se molesta en mirarme. Se da la vuelta hacia la puerta:

—Te espero en el pasillo.

En cuanto sale, dejo escapar un suspiro de alivio. Me pongo rápidamente la ropa de Yuliana. Es casi de mi talla, aunque me queda demasiado ceñida. No sé qué habrá pasado entre ellos, pero está claro que no son un matrimonio feliz. Recojo mis cosas y salgo.

Yuri está sentado en un sofá, absorto en su teléfono. Al notar mi presencia, se pone en pie. Caminamos hacia una enorme camioneta negra. Ni se inmuta en ayudarme con la maleta que voy arrastrando. Abre el maletero. Mis torpes intentos por levantar el equipaje le arrancan una sonrisa burlona que, para mi desgracia, le queda demasiado bien. Finalmente, sube la maleta de un tirón. Me acomodo en el asiento del copiloto y el coche arranca.

Para romper el hielo, pregunto:

—¿Dónde vivimos?

Me gano una mirada llena de indignación por su parte:

—Ya basta con el teatrito. ¿Crees que no me doy cuenta de que solo finges la amnesia para no hacerte cargo de tus actos?

—Pero, ¿qué se supone que hice?

—Tu última gracia fue escapar con tu amante. ¿Acaso pensabas que no me enteraría?

Una oleada de calor me recorre el cuerpo. Así que Yuliana le era infiel... Bueno, no es de extrañar, él es como un perro guardián que se ha soltado de la cadena. Seguro que Oleg, el hombre que estaba con Yuliana, es ese dichoso amante. Aprieto la manija de la puerta para canalizar mis nervios: —Me dijeron que tuve el accidente sola. No había pasajeros conmigo. Si escapé con mi amante, ¿dónde está él ahora?

—No lo sé y me importa un bledo. Me desharía de ti con mucho gusto. ¿No te apetecería irte otro mes al extranjero, a cualquier playa caribeña? Preferiría pagar todos tus gastos con tal de no ver en pintura esa cara tuya.

Vaya. Con ese desprecio, es comprensible que Yuliana huyera. Siento una enorme curiosidad por descubrir el origen de tanto odio.

—Me odias —constato el hecho—. Pero, ¿por qué?

—Tú lo sabes mejor que nadie. Si crees que tu invento de la amnesia va a funcionar para que te perdone, estás muy equivocada.

—De acuerdo. Imagina por un segundo que de verdad perdí la memoria. Ya me quedó claro que no quieres ni verme. Por alguna razón no podemos divorciarnos. ¿Qué más necesito saber para entender cómo debo comportarme?

—No te cruces en mi camino y para ya con esta maldita función. No sé, ni quiero saber, dónde se metió tu amante de turno. Y ahora cállate, quiero viajar en silencio. Por cierto, habla normal... tu voz suena un poco más aguda de lo habitual, no sé, diferente.

El viaje hacia Kiev transcurre en un silencio sepulcral. Yuliana ya me había advertido que vivían en la capital y que no tendría que compartir la cama con su esposo; hacía mucho que no hacían vida matrimonial. Nos detenemos frente a una lujosa mansión de dos plantas. Bajo del coche sin tener idea de qué más me aguarda aquí, aparte de un esposo furioso.




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