La esposa impostora

5

La rabia me quema por dentro. Yuri me acusa de infidelidad, pero él no es en absoluto mejor. De la impresión, el bolso de mano se me resbala entre los dedos y cae al suelo; solo ruego para que el móvil no se haya hecho añicos. El golpe capta la atención de la parejita. Yuri me ve, pero no se detiene. Me clava los ojos con audacia mientras acaricia los glúteos de la chica con mayor ahínco y la besa de una forma aún más agresiva. Un gemido se escapa de los labios de ella, y yo me quedo congelada, sin saber cómo reaccionar. ¿Se supone que Yuliana debería montar una escena de celos? Me mantengo inmóvil, deseando que la tierra me trague.

Finalmente, él se despega de la mujer. Ella suelta un suspiro de frustración y se recoloca el ceñido vestido corto. Yuri alza una ceja con insolencia:

—¿Me estabas espiando?

—No, fue un accidente. Salí a tomar el aire y te encontré aquí... —me interrumpo a mitad de la frase, odiándome por justificarme. Al fin y al cabo, técnicamente yo soy la esposa traicionada. La indignación me desborda y añado con firmeza—:No te atrevas a volver a acusarme de infiel. Tú no eres mejor que yo. Yo, al menos, ni siquiera recuerdo por qué te engañé, ni si lo hice en absoluto, pero tú lo haces con plena conciencia. ¿Acaso no se te ha ocurrido pensar que yo empecé a engañarte para vengarme de ti?

La mirada del hombre cambia por completo en un segundo. Me observa con detenimiento, analizándome, escudriñando cada facción. Sin apartar los ojos de mí, ordena:

—Alisa, regresa al salón. Nos vemos adentro.

¡Alisa! La mismísima Alisa que ayer le enviaba ese mensaje tan apasionado. Le echo una mirada fulminante de arriba abajo, reparando en sus piernas kilométricas, su cintura de avispa y su pecho prominente. Parece una modelo de portada de revista, aunque, a decir verdad, lleva el rostro sepultado en maquillaje, los labios visiblemente inyectados y se nota a leguas su obsesión por el bótox. Luce demasiado plástica, artificial. Con la cabeza erguida y aire de superioridad, pasa por mi lado en silencio.

Me inclino para recoger el bolso. Yuri se acerca tanto a mí que siento su aliento embriagador quemándome la piel de la cara:

—Yo no empecé esto. Tú fuiste la que inició estos juegos sucios. Y no finjas que no sabías lo de Alisa. Me arrepiento tanto de haber sido un ciego ingenuo... Yo te amaba —suelta, dejándome completamente atónita. Hay un desgarro real en su voz—. ¡Te amaba! Pero tú solo querías mi dinero.

Aquellas palabras impregnadas de dolor cortan el aire. Siento una punzada de lástima por este hombre. Solo he visto a la verdadera Yuliana en dos ocasiones. Sin saber muy bien por qué, confieso:

—Estuve mirando nuestras fotos de boda. Nos veíamos tan felices... No logro imaginar qué pasó entre nosotros para que naciera tanto odio.

Yuri enmudece. Alza la mano hacia mi rostro y desliza la yema de sus dedos por mi mejilla con una delicadeza abrumadora. Ese roce me estremece, encendiendo un rastro de fuego que envía chispas a cada rincón de mi cuerpo. Me mira fijamente a los ojos de forma decidida, intensa, intrigada. Sus dedos descienden por mi hombro, viajan por mi brazo y toman mi mano entre las suyas. No me muevo. Ni yo misma sé qué espero de él. Se inclina hacia mí, rozando mis labios con su aliento:

—Ojalá de verdad hubieras perdido la memoria. Pero no me lo creo; actúas demasiado bien. Tan bien, que por un segundo me haces dudar. Preferiría tener amnesia yo, para olvidar todas las bajezas que me hiciste. Quizás solo así recuperaría la paz mental.

Me suelta la mano y se aleja a grandes zancadas. Aturdida por su confesión, no me atrevo a mover ni un músculo. Es evidente que Yuliana cometió un error imperdonable. Me toma unos minutos recomponerme. Cuando me calmo, llamo a mi madre; por suerte, Oksanita ya duerme plácidamente.

Regreso al salón. Yuri ya está bailando con otra mujer, mientras que Alisa, con su minúsculo vestido, permanece junto a la mesa del bufé bebiendo un cóctel. Como una depredadora al acecho, no le quita los ojos de encima a Yuri. Finjo no darme cuenta de su presencia; me coloco una sonrisa de cortesía y converso amablemente con los invitados.

Finalmente, los camareros traen un pastel de dos pisos iluminado por las velas. Solo en ese instante caigo en la cuenta de que no tengo idea de cuántos años cumple Ternovsky. Todos aplauden mientras él sopla las velas. Treinta. Hoy Yuri cumple treinta años. Es solo dos años mayor que yo.

Los invitados toman asiento y se procede a repartir el pastel. Me coloco en mi lugar, justo al lado de Yuri. Él vuelve a beber con insistencia; da la impresión de que busca ahogar sus penas en el fondo del vaso. Poco a poco, la fiesta llega a su fin y los asistentes se despiden. Ternovsky salda la cuenta del banquete y se desploma en un sofá. Ya solo quedamos él, la abuela, yo y... Alisa. No sé qué pretende esa tipa, pero está claro que descaro no le falta. Un Yuri visiblemente ebrio balbucea palabras cariñosas al oído de Alisa.

Decido pedir un taxi. Me encamino hacia la salida junto a la abuela, fingiendo demencia ante el descarado flirteo de mi supuesto esposo. Galina Stepánovna se detiene frente a su nieto:

—Yurchik, nos vamos a casa.

—De acuerdo —responde él, sin hacer el menor ademán de moverse.

La abuela insiste, firme:

—Te vienes con nosotras. Tú también te vas, la celebración ya terminó.

Yuri deja escapar un pesado suspiro de fastidio:

—Tengo que llevar a Alisa a su casa.




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