El cuidado de Yuri me entibia el corazón. Ahora mismo parece un hombre completamente sensato. Me pregunto qué habrá hecho Yuliana para estropearlo tanto, hasta el punto de convertirlo en un cascarrabias insatisfecho. Resulta que Ternovsky puede ser una persona normal. Una leve sonrisa se dibuja en mis labios sin que pueda evitarlo:
—Está bien, te llamaré.
—Estaré esperando. ¡Que te diviertas!
—¡Gracias!
Termino la llamada con la certeza de que Yuri puede ser un interlocutor encantador. Entro a la casa, me pongo un vestido abrigado y medias térmicas. En el vestidor de Yuliana me siento como en una boutique; no me alcanzaría un mes entero para ponerme cada prenda al menos una vez. Me maquillo y noto que debo programar una cita para la manicura, pero lo haré mañana.
Marina irrumpe en la habitación. Lleva un vestido corto y atrevido, acompañado de un maquillaje muy cargado.
—¿Lista?
—Creo que sí —respondo con timidez, mirándome al espejo.
—Entonces, nos vamos. Vi otro coche en su garaje. ¿Vamos en ese?
—No, ese es el segundo coche de Yuri. Mejor pidamos un taxi —sugiero esto porque sé que Marina jamás aceptaría ir en autobús. La chica remilga sus labios pintados de un rojo intenso:
—¿Para qué un taxi si hay un coche en casa? Vayamos en él. ¿Por qué todavía no le has dicho a Yuri que te compre uno nuevo?
Marina habla de comprar un automóvil como si se tratara de adquirir un par de calcetines nuevos. Me pongo el abrigo y bajamos las escaleras. Manteniéndome firme en mi versión, le digo:
—No recuerdo cómo conducir.
—Te sientas al volante y el cuerpo recordará por sí solo. Las habilidades no se pierden. En todo caso, yo puedo conducir.
Tal vez sea cierto, el único inconveniente es que yo no tengo ninguna habilidad al volante. Rechazo su oferta. Pido el taxi y Marina le indica la dirección al conductor. Cuando llegamos al lugar, me quedo helada al ver que es un bar de karaoke. Parece que el destino no pudo haber escogido un escenario peor. Si con mi comportamiento o mis palabras todavía puedo convencer a las amigas de Yuliana de que soy ella, con el canto será imposible. No tengo idea de cómo canta Yuliana; tal vez sea un ruiseñor o, por el contrario, no pegue ni una nota y cante como un oso. Además, nuestros timbres de voz son distintos y al cantar la diferencia será demasiado evidente. Marina parece haber elegido el lugar a propósito. Un rastro de sospecha me asalta: ¿y si intuye el cambiazo?
Entramos al local. Marina se dirige de inmediato hacia una mesa donde están sentadas tres chicas. Da una palmada, entusiasmada:
—¡Cuánto tempo sin verlas! —y besa a las damas en las mejillas una a una. Me quito el abrigo y me siento en el sofá. Una de las amigas me lanza una mirada cargada de malicia:
—Yuliana, ¿pasa algo? ¿Acaso no nos vas a saludar?
—Tengo herpes —miento sin parpadear. La chica clava los ojos en mis labios impecables. Aclaro de inmediato—: Me puse pintalabios. No quiero contagiarlas.
—Últimamente te has distanciado mucho de nosotras. ¿Te buscaste amigas nuevas? —la rubia que está sentada enfrente suelta una risita burlona.
—He estado ocupada. Muchos dolores de cabeza últimamente —respondo con evasivas.
—En el cumpleaños de Yuri tampoco estuviste muy habladora —apunta la morena. La recuerdo de la fiesta, creo que se llama Yulia. Da un sorbo a su cóctel y añade con sorna—: Por cierto, no te sacó a bailar ni una sola vez, pero estuvo muy atento con otras mujeres.
Esas palabras caen como veneno de sus labios. Abro el menú simulando que la situación no me afecta lo más mínimo:
—Antes de la fiesta acordamos que atenderíamos a los invitados. Eso fue lo que hicimos. Yo también bailé con otros hombres.
—¡Hola a todas! —resuena una voz sobre mi cabeza. Levanto la vista y contengo el aliento. Reconozco a Liudmila y a Mykhailo. Esta "amiga" ha venido acompañada de su novio; por alguna razón trajo consigo al examante de Yuliana. Liudmila frunce el ceño, mirando a mi supuesta hermana:
—Marina, dijiste que todos vendrían con sus parejas.
—No, entendiste mal —Marina niega con la cabeza—. Dije que todos vendrían sin sus parejas.
—Es imposible que haya entendido mal. Lo escuché claramente —Liudmila se indigna y ni siquiera se apresura a sentarse. Marina descarta el asunto con un ademán indiferente: —Ya no importa. Siéntense. Al menos habrá un hombre en nuestro jardín de flores.
Sospecho que Marina planeó todo esto deliberadamente para que Mykhailo asistiera, aunque todavía no comprendo cuál es su objetivo. Él se sienta a mi lado en el sofá, mientras Liudmila se acomoda en una silla. Hacemos el pedido. Entre las conversaciones ruidosas de esas personas extrañas, me siento como en un enjambre de abejas. Intento descifrar los nombres de cada una. Había acordado con Marina que nadie sabría lo de mi accidente, pero mi "hermanita" ni siquiera me mencionó los nombres de las chicas; alegó que así habría más probabilidades de que recordara todo por mi cuenta. Me siento como una intrusa. Bueno, en realidad lo soy. Las chicas beben cócteles y consumen comida costosa. Por una sola noche como esta, yo tendría que trabajar medio mes en la escuela.
Y entonces llega el momento que más temía. Nos traen el micrófono. La primera en cantar es Yulia. En comparación con ella, yo soy una cantante virtuosa; no da una sola nota y pierde el ritmo constantemente. Sin embargo, eso no parece importarle en absoluto; simplemente canta y disfruta del proceso. Los siguientes son Liudmila y Mykhailo, quienes deciden cantar a dúo y proyectan la imagen de una pareja ideal. El problema es que recuerdo perfectamente los cortejos torpes de Mykhailo en el cumpleaños de Yuri, y sé que están muy lejos de ser una relación perfecta.
De pronto, me ponen el micrófono en las manos. Lo rechazo de inmediato:
—Gracias, pero no voy a cantar. Me duele la gárganta —finjo una tos.
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Editado: 11.07.2026