La esposa impostora

32

Nos traen la comida mientras la película da inicio en la pantalla gigantesca. Para mí es un lugar totalmente inusual, pero innegablemente romántico. El cielo nocturno se despliega sobre nuestras cabezas y en los sofás de alrededor se acomodan parejas de enamorados. Siento un ligero escalofrío y me acurruco mejor dentro de mi chaqueta. El mesero se percata de mi gesto y de inmediato nos acerca una manta afelpada. Yuri aprovecha para pedir una tetera de té caliente. Me echo el cobijo sobre los hombros, esperando entrar en calor. El hombre se desliza por el sofá hacia mí:

—¿Me dejas compartir tu manta?

Asiento en silencio. Lo más lógico habría sido pedirle otra manta al mesero, pero ninguno de los dos tenemos la menor intención de hacerlo. Yuri se envuelve en la cobija y me rodea los hombros con un brazo. Nos refugiamos bajo la misma tela y puedo sentir la tibieza de su respiración muy cerca de mi piel. Una calidez suave se enciende en mi pecho. Me doy cuenta de que en este preciso momento estoy disfrutando de una película bajo las estrellas junto a un hombre fascinante, y me deja de importar lo que pueda pasar mañana. Llevo demasiado tiempo mortificándome por las consecuencias, sufriendo por el futuro, mientras me olvido de vivir el presente. No consigo contener me más. Cedo ante mis deseos y me me acurruco contra su pecho, apoyando la cabeza en su hombro. Él me deposita un beso tierno en la coronilla. Todo se vuelve cálido, acogedor, pacífico. Por primera vez en muchísimo tiempo, mi alma encuentra una calma absoluta. Quisiera que este instante se congelara para siempre.

Yuri, como si intuyera mi anhelo, se inclina hacia mí. Giro la cabeza y mis labios chocan suavemente contra los suyos. Nos besamos despacio, con calma, saboreándonos con absoluta ternura. Me cansé de mentirme a mí misma. Ha llegado la hora de aceptarlo: me he enamorado perdidamente de Yuri.

La película llega a su fin, pero nosotros continuamos besándonos, ajenos al mundo. Escucho la tos fingida del mesero a unos pasos. Con cierta renuencia, nos distanciamos el uno del otro. Siento cómo un rubor ardiente me enciende las mejillas; olvidados de nuestro entorno, nos dejamos llevar más de la cuenta. Yuri liquida la cuenta de la comida y la función, y nos ponemos en marcha de regreso a casa.

De nuevo me toca estar al volante. Durante el trayecto, me va contando pormenores de su jornada laboral y yo no quepo de la alegría en mi interior: Yuri cumplió su palabra y despidió a Alisa. Para mí, esa es la prueba más clara de sus intenciones. Por supuesto, nada les impide verse fuera del trabajo, pero elijo confiar en él. Estaciono el auto en el garaje y Ternovsky dicta su veredicto:

—Manejas increíblemente bien.

—Todo se lo debo a Ruslán. Es un profesional de primera.

—Se lo debes a ti misma, antes que a nadie.

Yuri se inclina y me besa en los labios. Un cosquilleo dulce nace en mi vientre, mientras una ola de calor me recorre el cuerpo. Soy incapaz de contener me y le devuelvo el beso con un ardor que me quema por dentro. No sé cuánto tiempo transcurre antes de que logre apartarme apenas unos centímetros. Mis labios, hinchados, arden por la intensidad de sus caricias. Los ojos de Yuri se tornan oscuros y sus pupilas se dilatan por completo. Murmura muy cerca de mi rostro:

—Vamos adentro.

Abro la portezuela y salgo del auto. Caminamos juntos hacia la residencia. Me descalzo en el vestíbulo, coloco el calzado en el estante y, de pronto, siento las palmas calientes de Yuri envolviendo mi cintura. Me pega contra su cuerpo, busca mis labios y me besa con una pasión arrolladora. Una marea de deseo me sobrecoge por completo; quiero a este hombre aquí y ahora. Hacía años que no experimentaba una sensación tan abrumadora. Sin interrumpir el beso, subimos a tropezones por las escaleras hacia el dormitorio. Logro tomar un segundo de aire para apartarme:

—Necesito ir al baño un momento.

—De acuerdo —dice él, soltándome con cierta renuencia.

Me refugio tras la puerta del baño. Abro la llave del agua fría y me lavo la cara con desesperación, esperando que el contacto helado apague el fuego que me quema por dentro. Me miro fijamente al espejo. ¿Qué demonios estoy haciendo? Sé perfectamente que no debería besar a Yuri, pero mis deseos son más fuertes que mi fuerza de voluntad. Me doy una ducha rápida y me pongo el camisón. Tengo que ser fuerte. Seré capaz de resistirme a la tentación y no cederé ante sus encantos. En un par de días me habré ido de aquí.

Una punzada de dolor insoportable me atraviesa el corazón. La sola certeza de que jamás volveré a ver a Ternovsky me destroza el alma en mil pedazos. Me nacen unas ganas desgarradoras de confesarlo todo: contarle la verdad, presentarme tal cual soy y empezar de cero para que se enamore de Marichka. Pero el pavor a su reacción me frena en seco. Si le confieso la verdad, me quedaré sin el dinero para la operación de mi hija. No puedo permitirme semejante riesgo. Aprieto los dientes y me ordeno guardar silencio implacable. Acepté esta farsa únicamente por el bienestar de mi pequeña, así que debo llevar mi papel hasta el final.

Suelto una gran bocanada de aire y salgo a la habitación en penumbras. Bajo la tenue luz de la lámpara de noche, diviso claramente la silueta de Yuri. Está acostado en la cama, cubierto por las sábanas. Albergó la vaga esperanza de que se haya quedado dormido, porque de lo contrario sé que no seré capaz de contener me. Me acomodo silenciosamente a su lado, pero Yuri de inmediato se posiciona sobre mí:

—Te estabas tardando —murmura, buscando mi boca.

Sus manos rozan la piel de mi vientre, desatando una llamarada en mi interior. Giro ligeramente la cabeza:

—Vamos a dormir.

—Está bien —responde, aunque sus actos dicen todo lo contrario.

Me besa con un hambre insaciable, mientras sus dedos se deslizan por debajo de mi camisón, adueñándose de mi cuerpo. Cada uno de sus roces es como una chispa que penetra bajo mi piel, encendiendo una puera hoguera. Cada segundo que pasa me resulta más difícil mantener el control. El deseo de entregarme a este hombre se vuelve una fuerza incontenible y pierdo por completo la noción de la realidad. Acaricio su espalda desnuda, explorando la firmeza de sus músculos. Aquello termina por desarmarme y me resulta imposible detenerme. Yuri me despoja de la ropa y soy incapaz de oponerme. No me importa el mañana ni me detengo a pensar en las consecuencias. Llevo más de dos años sin estar con un hombre. Me entrego por completo a mis emociones y me sumerjo en un torbellino de puro placer. Estar con Yuri es completamente distinto a todo lo que conocía: es desenfrenado, apasionado, salvaje y carente de cualquier lógica.




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