La esposa impostora

36

Llego a casa muy tarde con la viva esperanza de encontrar a todos dormidos. Lo último que deseo es cruzarme con alguien, y mucho menos con Yuliana; me da pavor la sola idea de verla, pues siento que en un arranque de ira seré capaz de destrozarla ahí mismo. Subo directamente al segundo piso y me encierro en la habitación de invitados. Me siento en el borde de la cama y me dispongo a desvestirme. Apenas alcanzo a quitarme el saco cuando Yuliana irrumpe en el dormitorio. Luce un bata corta de seda negra que deja al descubierto sus piernas estilizadas. Sin embargo, su belleza física ya no ejerce la menor atracción sobre mí: sé perfectamente que detrás de esa fachada escultural se oculta un auténtico monstruo. Se aproxima a mí y se planta a un costado de la cama:

—Te estaba esperando.

—¿Para qué?

—Quería hablar contigo.

—Habla —le digo, dejando los dos últimos botones de mi camisa abrochados mientras la observo con fría contención.

Me cuesta un esfuerzo sobrehumano mantener la cordura, consciente de lo peligroso que puedo ser cuando pierdo el control. Ella se muerde el labio con coquetería calculada:

—Tengo muy poco dinero en mi tarjeta bancaria. Ni siquiera me alcanza para hacerme el manicure. ¿Podrías depositarme?

Es evidente que necesita el efectivo para entregárselo a Mijaíl. No pienso darle un solo centavo a ese tipo. Por lo visto, Yuliana se metió en un problema gravísimo y, dado que no tiene la valentía de confesarme la verdad, tendrá que resolverlo por sus propios medios. Dejo escapar una risotada amarga:

—Te entregué la asignación mensual acordada. No es mi problema que te la hayas gastado toda en cuestión de días.

—Para tu información, tenemos un presupuesto compartido. No tienes ningún derecho a recortarme los fondos —protesta colocándose las manos en las caderas y haciendo un berrinche.

—Si no te pongo límites, te gastas la fortuna entera en un mes. Sabes perfectamente que el dinero está invertido en activos. Además, acaba de comprarte un auto nuevo, así que nos tocará apretarnos el cinturón.

—Apriétatelo tú si quieres. Yo no voy a andar por la vida con las uñas deshechas.

—Debiste pensarlo antes de derrochar el dinero. Solo puedo transferirte unos cuantos miles. Tendrás que esperar a que termine el mes para que, tras liquidar nóminas, impuestos, servicios y demás gastos operativos, evaluemos las ganancias netas.

Por fortuna, Yuliana no tiene la menor noción de contabilidad. Con soltarle un par de términos financieros se queda completamente desarmada. Lo único que se le da de maravilla es dilapidar el dinero. Menos mal que desconoce la existencia de la cuenta bancaria con bastantes ceros que mantengo en reserva.

—¿O sea que voy a tener que andar así? —extiende las manos para mostrarme una manicura impecable—. No sabía que nos habíamos vuelto unos limosneros. ¡Qué vergüenza! ¿Qué va a decir mi padre? Si así manejamos las finanzas, va a dudar seriamente en traspasarnos sus acciones.

Como de costumbre, recurre al chantaje de las acciones de su padre. Si no fuera por ese detalle, me habría divorciado de ella hace años. Solo me queda aguantar menos de dos meses. Suelto un suspiro pesado:

—Puedo conseguirte unos cuantos miles. Te los transfiero mañana; el resto, a fin de mes.

—¿Para qué quiero un marido que no es capaz de mantener me? —reprocha con amargura.

—¿Y para qué quiero yo una esposa que no trabaja, no aporta la menor calidez al hogar y se la pasa descontenta todo el tiempo? —le devuelvo el golpe sin contemplaciones.

—A lo mejor si te comportaras como un hombre de verdad, yo cambiaría —se sienta a mi lado, deslizando sus dedos por debajo de mi camisa hasta posar la palma en mi hombro—. No me gusta tener que rogarte por dinero. Se supone que tenemos un presupuesto común. ¿Qué van a pensar mis amigas? Que los Ternovsky cayeron en la ruina.

—Nadie va a pensar eso. ¿Cuánto dinero necesitas exactamente? —indago con astucia para averiguar la cifra exacta de su deuda.

Yuliana me menciona una cantidad de cinco dígitos. Dejo escapar un silbido de incredulidad:

—¿Y todo eso lo necesitas para un manicure?

—No solo para eso. Quiero renovar mi guardarropa y tenía planeada una sorpresa para ti. Desde que perdí la memoria, tu trato hacia mí se volvió más condescendiente. Incluso llegué a pensar que podíamos empezar de cero.

Su mano comienza a deslizarse hacia abajo. Involuntariamente hago un gesto de repugnancia. Tras la escena que presencié en el garaje, me resulta imposible tolerar su cercanía. Me pongo de pie de un salto y me alejó hacia la ventana:

—¿Y esa brillante idea se te ocurrió justamente en el momento en que necesitas dinero? Por cierto, ¿ya lo recordaste todo?

—Casi todo. Todavía me quedan algunas lagunas mentales, pero confío en que pronto recuperarécada detalle.

Qué conveniente. Olvidará mágicamente todo aquello que no le beneficie. Sin embargo, me resulta intrigante que su doble no le haya contado que habíamos comenzado una nueva etapa juntos. No quiero revelar mi juego antes de tiempo, sobre todo porque aún no dispongo de pruebas contundentes, solo de sospechas. Le comunico mi decisión final:

—Mañana te transferiré una cantidad razonable. Tras el divorcio, dividiremos todos nuestros bienes en partes iguales. No te preocupes, recibirás más de lo necesario, sin contar las ganancias de las acciones de tu padre. Soporta dos meses más. Necesito ir al baño.

Me retiro a toda prisa para perderla de vista. Me doy una ducha fría y regreso al dormitorio de invitados con la esperanza de no encontrarla. Por suerte, la habitación está vacía. Me meto a la cama y me dispongo a dormir.

Al día siguiente, me encuentro en mi despacho aguardando noticias de Denis. Mi nueva secretaria entra para anunciarme:

—Está aquí la señorita Alisa. Asegura que usted sabe perfectamente de quién se trata.

—Hazla pasar —respondo con aplomo, aunque la garganta se me seca al instante. La única Alisa que conozco es mi examante y no tengo la menor idea de qué busca aquí.




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