La esposa impostora

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Yury

Voy de regreso a Kiev. La mejilla me sigue escociendo por la bofetada que me asestó María. Luce tan frágil a simple vista que jamás sospeché que fuera capaz de semejante ímpetu. Durante casi dos semanas no supe absolutamente nada de ella. Hasta que ayer Denýs trajo a mi despacho una carpeta repleta de información. Solotvínska María Vasylivna, divorciada, con una hija pequeña, empleada como maestra de primaria. Apenas pude contener las ganas de salir corriendo hacia Zhytómyr esa misma madrugada. Necesitaba encararla y descubrir toda la verdad. Pasé una noche prácticamente en vela. Me imaginaba nuestro reencuentro de mil maneras distintas, pero la realidad resultó ser radicalmente opuesta a mis expectativas. Cuando vi a María descendiendo del automóvil junto a su esposo, me fui de cabeza a la locura. El hombre cargaba a la niña en brazos mientras María arrastraba las maletas. Una estampa familiar idílica en la que yo claramente salía sobrando.

¡Me mintió! Me estuvo mintiendo todo este tiempo. Lleno de rabia, le asesto un puñetazo al volante. Me besaba apasionadamente mientras su esposo la aguardaba en casa. Yo creía ingenuamente que María era diferente, que no tenía nada que ver con Ulyana. Ahora me doy cuenta de cuán gravemente me equivocaba. No pude contener la furia. Fui hasta su apartamento, pero de nuestra conversación no salió nada bueno. ¡Maldita mujer! Se me metió en la cabeza de tal forma que quisiera arrancármela del alma con unas tenazas de hierro. No puedo dejar de pensar en ella ni un solo segundo. Incluso rechacé la propuesta de Alisa únicamente por ella. Albergaba la esperanza de que entre nosotros pudiera surgir algo real. Me negaba a aceptar que fuera una vulgar estafadora.

Llego a casa a altas horas de la noche. Me dirijo directo a la habitación de huéspedes, aliviado de que todos se encuentren durmiendo. No tengo el menor deseo de ver a nadie, y mucho menos a Ulyana. Con este intercambio volvió a dar muestras de su infinita perversidad.

A la mañana siguiente, el café me resulta insípido y la tortilla me parece derechamente incomible. Sea como sea, María sí sabe cómo preparar una tortilla decente. Me encamino al trabajo. Denýs entra en mi despacho y le respondo con un gruñido, intentando desahogar de alguna forma el dolor que me carcome por dentro:

—Me dijiste que María estaba divorciada.

—Así es, se divorció oficialmente hace más de un año —confirma Denýs mis palabras.

—Ayer la vi con mis propios ojos. Llegó a su casa acompañada de su esposo y de la niña. Es evidente que volvieron a vivir juntos o que ya tiene a otro hombre a su lado.

Los celos se me concentran en el pecho como un trago de hiel amarga. Por alguna razón, me resulta insoportable la sola idea de que alguien más toque a María, que besé sus dulces labios o acaricie su cuerpo tentador. Niego con la cabeza intentando espantar esos pensamientos absurdos. Denýs frunce el ceño:

—No lo creo. Estuve hablando con la secretaria de la escuela donde trabaja María y logré averiguar que la joven se encontraba de incapacidad médica. A su hija le realizaron recientemente una costosa operación en Kiev. ¿No será que ayer simplemente regresaba a casa y el hombre se limitó a trasladarlas? ¿Acaso los viste besarse?

Paso por mi mente de forma vertiginosa la escena de su llegada. No, no se besaron. Es más, María iba arrastrando las maletas ella sola. Por mi memoria desfilan las palabras que ella me dijo: que le traía sin cuidado si su esposo se enteraba de sus andanzas. Me cubro el rostro con las manos y me paso los dedos por la frente. ¿Acaso la ofendí sin motivo alguno? Claro que no fue sin motivo; a fin de cuentas, aceptó engañarme a cambio de dinero. Denýs prosigue:

—María goza de una conducta intachable. Fue una estudiante ejemplar, incluso se graduó de la universidad con honores. De ella solo escuché comentarios elogiosos. Por cierto, mañana debe reincorporarse al trabajo, su licencia médica llega a su fin.

Sus palabras me irritan todavía más. Habría sido mil veces mejor que resultara ser una víbora cínica, idéntica a Ulyana. Sea como sea, María es una actriz sensacional. Llegué a creer ciegamente en su sinceridad, en su bondad, en su amor. Aunque jamás me confesó sus sentimientos con palabras, sus ojos hablaban por ella. Quizá sí me apresuré a sacar conclusiones equivocadas. Me la paso dando vueltas en la cama durante toda la noche. Las cavilaciones sobre María no me dejan conciliar el sueño. Apenas puedo contener el impulso de irrupción en la habitación de Ulyana para obligarla a confesar. Pero es astuta; inventará cualquier excusa al vuelo y terminaré perdiendo este juego. Por la mañana tomo el automóvil hacia el trabajo, pero, de forma imprevista para mí mismo, termino desviándome hacia la autopista. No sé exactamente para qué lo hago ni qué le voy a decir, pero tengo la absoluta certeza de que necesito ver a María desesperadamente.

Llego a la escuela donde trabaja. Permanezco sentado en el auto durante unos minutos, intentando ordenar mis ideas. Reviso la carpeta: Segundo grado A. Dejo escapar un suspiro y salgo al aire libre. Me encamino al edificio escolar. En la entrada me sale al paso el guardia de seguridad, quien no se muestra muy dispuesto a dejarme pasar:

—¿A quién busca?

—A María Vasylivna. Al segundo grado A.

—Por allá —me indica con la mano.

Avanzo por el pasillo sintiendo cómo el corazón me golpea el pecho como loco. Estoy nervioso como si fuera un colegial más. Los niños están en pleno recreo y el alboroto resulta desagradable al oído. Me aproximo a la puerta con la placa "2.º A". Está entreabierta y alcanzo a ver a María. Permanece sentada tras su escritorio, concentrada escribiendo algo en el libro de registro. Luce seria, absorta. Me detengo un instante, contemplándola sin poder evitarlo. Acuden a mi memoria el aroma de su cabello, la suavidad de sus labios, el ardor de sus caricias. El timbre de clase me arranca bruscamente de mis recuerdos. La mujer se pone de pie y se encamina hacia la salida. Su mirada se cruza con la mía y se detiene en seco. Me observa fijamente. Sé que debo articular alguna frase, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta. Le esbozo una sonrisa torpe:




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