La joven aprieta los labios con fuerza. Me quedo contemplando detenidamente las facciones de su rostro, deseando con el alma descifrar si en verdad es tan genuina como aparenta. Marichka se desconcierta ligeramente ante la intensidad de mi mirada:
—Ulyana es mi hermana. Mi madre me confesó anteayer que fui adoptada. Éramos dos al nacer, pero a ella le aseguraron que Ulyana no lograría salir adelante.
Me quedo completamente petrificado en mi sitio. Algo similar era lo que venía sospechando. Así que... me acosté con la hermana de mi propia esposa. Suena sencillamente espantoso. Habría sido mil veces mejor haberme cruzado en la vida con Marichka desde el mismísimo principio en lugar de Ulyana. Entre nosotros podría haber surgido algo maravilloso, pero ahora ni siquiera tengo la menor idea de qué hacer con todo este embrollo. Frunzo el ceño con severidad:
—¿Ulyana está al tanto de esto?
—No, yo misma me enteré apenas anteayer —Marichka deja escapar un pesado suspiro. Como si cobrara valor de pronto, me sostiene la mirada de frente—. Perdóname por haberte mentido. Tenía un único objetivo en la vida: salvar a mi hija, y habría hecho absolutamente cualquier cosa con tal de lograrlo. Sin embargo, no me arrepiento de nada. Si pudiera dar marcha atrás al tiempo, volvería a actuar exactamente de la misma manera. Puedes juzgarme si quieres, pero lo único que me importa es que mi pequeña se está recuperando.
En este momento, Marichka me recuerda a una leona dispuesta a defender a su cría hasta el último aliento. No tengo la menor intención de juzgarla; de hecho, estoy casi listo para asimilar toda esta situación, pero hay algo que me carcome por dentro. Doy un sorbo a mi té y hago la taza a un lado:
—Yo no te obligué a besarme.
—No, no me obligaste —asiente en acuerdo.
—¿Entonces por qué no te opusiste? ¿Tanto te metiste en el papel de mi esposa?
La joven guarda silencio, y ese mutismo me desgarra el corazón. Habría sido mejor no preguntar nada. Es absurdo albergar esperanzas de ser correspondido en sus sentimientos.
—Simplemente sucedió. Besas increíble —intenta bromear para aligerar la tensión. De mis labios brota un reproche inevitable:
—Me obligaste a romper definitivamente con Alisa y luego saliste huyendo de mi vida.
—Lo sé, perdón de verdad. Pero jamás imaginé que fueras a tomar una decisión así. Con eso solo pretendía justificar mi negativa a intimidad contigo. Y luego... fue como si me hubieras hechizado. Aquella cita romántica, tus palabras elocuentes, tu constante dedicación, esos besos apasionados... y me derretí por completo. No voy a buscar excusas absurdas. Sí, tengo la culpa de que le hayas sido infiel a Ulyana conmigo. Pude haber inventado cualquier pretexto para enviarte a dormir a la habitación de huéspedes, pero fui incapaz de hacerlo.
—La traición a Ulyana es lo que menos me quita el sueño. Ella no es la clase de mujer a la que se le deba guardar fidelidad. Ella tiene su vida y yo tengo la mía. Así lo acordamos desde hacía mucho tiempo, de modo que, técnicamente, no existió traición alguna. Nuestro matrimonio existe solo en el papel y dentro de dos meses presentaré la demanda formal de divorcio.
Tomo sus delicados dedos entre mi palma. La joven se pone alerta por un instante, pero no retira la mano. Como si la resguardara dentro de una concha protectora, envuelvo su mano entre las mías. Incapaz de contener la curiosidad, le pregunto aquello que más me atormenta la mente:
—¿Estás saliendo con alguien? ¿Tienes novio?
Deseo con todas mis fuerzas que responda con un no categórico. Sin embargo, una mujer como ella difícilmente permanecerá sola por mucho tiempo. Además de una belleza física deslumbrante, posee un alma pura. No sé por qué, pero le creo ciegamente cada una de sus palabras. La joven niega suavemente con la cabeza:
—Desde mi divorcio no he vuelto a salir con ningún hombre. Bueno... salvo contigo, si es que a lo nuestro se le puede llamar citas.
Anhelo significar algo importante para ella, pero no me apresuro a sacar conclusiones antes de tiempo. En el pasado ya me quemé las manos al enamorarme ciegamente de Ulyana; no descarto la posibilidad de que todo esto sea simplemente otra actuación brillante.
—Ese sujeto es un completo imbécil por haberte dejado ir.
—Quizá me volví aburrida para él. La maternidad, la niña, el cansancio acumulado... y la recuperación tras el parto me tomó bastante tiempo. Éramos novios desde la etapa escolar; jamás tuvimos a nadie más en la vida salvo el uno al otro. Llegué a creer ciegamente que él era mi otra mitad, el hombre de mi vida. Es una lástima haber estado tan equivocada. Le dieron ganas de probar a otras mujeres; él tomó su decisión y yo tomé la mía.
—Renunciar a tu esposa y a tu hija a cambio de un placer pasajero es una soberana estupidez —dictamino con firmeza, aunque por dentro me alegro enormemente de que las cosas hayan tomado ese rumbo. Marichka ahora es una mujer completamente libre.
Nuestra pequeña burbuja idílica se rompe con la llegada del camarero, quien se aproxima a la mesa sin el menor miramiento para retirar los platos sucios. Suelto la mano de Marichka a regañadientes:
—La cuenta, por favor. Cobraré con tarjeta.
Me traen la terminal de pago. Deslizo la tarjeta y nos colocamos las prendas de abrigo. Salimos al aire libre. Me resulta insoportable la sola idea de despedirme de ella. Le propongo de inmediato:
—¿Hacia dónde te diriges? Te llevo en el auto.
—A casa. Oksanka me está esperando. Ahora mismo mi madre se quedó a su cuidado. Confío en que dentro de un mes pueda reincorporarse al jardín de niños.
—Estoy completamente seguro de que tu pequeña se recuperará al ciento por ciento.
Nos acomodamos en el vehículo. Marichka se abrocha el cinturón de seguridad y pongo en marcha el motor. Avanzamos por la avenida. La joven se muerde el labio inferior con evidente nerviosismo y me pregunta:
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Editado: 09.09.2026