La joven gira la cabeza hacia la ventanilla. Se muerde ligeramente el labio, ese mismo labio que muero por besar:
—No. Nosotros no acordamos nada de eso. Tenía miedo de confesarle la verdad.
—Imaginé algo parecido. Ese mismo día ella echó a Maryna y yo me fui a dormir a la habitación de huéspedes.
Marichka gira la cabeza hacia mí de golpe. Sus ojos reflejan un destello de pura alegría:
—¿O sea que ustedes no...? —Marichka se interrumpe a mitad de la frase. Se sonroja con una ternura encantadora, algo que jamás formó parte del repertorio de Ulyana. Apenas logro contener una sonrisa:
—No nos acostamos. Ni siquiera compartimos la misma cama. Ambos estamos contando los días para poder divorciarnos.
La joven deja escapar un suspiro de profundo alivio. Aquello me enciende una chispa de esperanza: no le soy del todo indiferente. No me atrevo a preguntárselo de manera directa. Mientras intento ordenar mis pensamientos, Marichka toma la iniciativa:
—¿Qué piensas hacer ahora?
—Quiero averiguar por qué razón Ulyana orquestó todo este intercambio y dónde estuvo metida durante todo este tiempo.
Manejo despacio en dirección a su edificio. A pesar de mis esfuerzos por ganar tiempo, llegamos demasiado rápido a su destino. Me resulta insoportable la sola idea de dejarla ir; me siento inmensamente a gusto a su lado. Saco el teléfono del bolsillo:
—¿Me dictas tu número de teléfono? Por si me surge alguna duda pendiente. No tendría sentido viajar hasta Zhytómyr cada vez que necesite consultarte algo.
—Por supuesto —responde, aunque por alguna razón deja entrever un toque de molestia mientras me dicta los dígitos. Para comprobar que sea el correcto, presiono de inmediato la tecla de llamada. Su móvil comienza a sonar con una melodía. Me justifico al instante:
—Ahora ya tienes mi número, aunque sospecho que de todos modos ya lo conservabas. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en llamarme —al notar la turbación en su rostro, me apresuro a añadir—: por el asunto que sea.
Ella asiente con cierta timidez. Desabrocha el cinturón de seguridad y sostiene la manija de la portezuela, mientras yo me muero por retenerla a mi lado un momento más. La joven abre la puerta:
—¡Gracias por el almuerzo!
—¡Espera! —la sujeto suavemente del codo, inventando a toda prisa un pretexto que me permita quedarme con ella aunque sea unos minutos más—. ¿Podría pasar a usar tu sanitario?
Marichka guarda silencio. En su apartamento yo sería claramente un invitado no deseado. Se nota nerviosa y aprieta los labios:
—Te invitaría a pasar, pero no vivo sola. No quiero tener que darle explicaciones a mi madre sobre quién eres. Y Oksanka... No sé cómo vaya a reaccionar si me ve llegar acompañada de un hombre desconocido.
—Pues me presentas con ellas. Se me da bastante bien tratar con niños —miento con absoluta desenvoltura. No tengo la menor idea sobre cómo tratar a los niños.
—No lo entiendes —deja escapar un pesado suspiro—. La psique infantil funciona de manera distinta. No quiero que me vea acompañada de hombres extraños. Lo siento, pero es una pésima idea.
Marichka desciende del vehículo. Sigo sin asimilar del todo la razón de su rechazo. No desea que vea dónde vive ni tiene intenciones de presentarme a su hija. A juzgar por su actitud, la joven no me contempla en absoluto dentro de su vida. Y, si soy honesto conmigo mismo, yo tampoco sé con certeza qué lugar pretendo ocupar en la suya.
La acompaño con la mirada hasta que desaparece de mi vista y tomo la carretera rumbo a Kiev. La joven no se me sale de la cabeza. Frente a mis ojos persisten sus labios, esos que no fui capaz de besar hoy. Llego a casa bastante tarde. Me dirijo directo a la habitación de huéspedes; no tengo el menor deseo de cruzarme con nadie. La nostalgia me carcome el alma. Apenas han transcurrido unas horas y ya la echo de menos desesperadamente. Incapaz de contener el impulso, le escribo un mensaje de texto: "¿Cómo sigue Oksanka? ¿Se está recuperando?".
Anhelo que me responda; si decide ignorarme, no me quedará más remedio que dejarla en paz. En ese momento, Ulyana entra en la habitación. Dejo el teléfono sobre la cómoda y me pongo en tensión. Ataviada con un bata corta de seda negra, la joven se me aproxima. A simple vista guarda un parecido asombroso con Marichka, pero sé perfectamente que no es ella. Luce idéntica y, al mismo tiempo, resulta ser su absoluto opuesto. Ulyana se coloca las manos en la cintura, acentuando su talle frágil.
—Hoy fui a tu oficina. No estabas.
—Lo sé, salí a atender unos asuntos.
—¿A dónde fuiste? —Ulyana se pone rígida y no consigo comprender el motivo de su repentina curiosidad.
—No tengo por qué rendirte cuentas —le cortó las alas tajantemente.
—Por supuesto —asiente ella, esbozando una sonrisa encantadora. Demasiado encantadora. Probablemente viene a exigir dinero. Como si hubiera leído mis pensamientos, revela finalmente el motivo de su visita:
—Estamos a principios de mes. Prometiste transferirme dinero a la tarjeta.
—Lo tengo presente. Mañana te lo envío.
—Tengo ganas de irme de viaje a descansar. Estoy pensando en irme a España una semana.
La perspectiva de no ver a Ulyana durante una semana entera me resulta sumamente atractiva. Accedo sin la menor objeción:
—De acuerdo, te transferiré un poco más de lo habitual.
Ella asiente complacida. De pronto, la pantalla de mi teléfono se ilumina con un resplandor brillante. Un mensaje de Marichka se dibuja en la pantalla: "Todo bien. ¿Cómo estuvo tu viaje de vuelta?". La pantalla se apaga, pero Ulyana se las arregla para leer el texto completo. Frunce el ceño con severidad y eleva la voz:
—¿Y quién demonios es esa tal Marichka?
—Eso no es asunto tuyo —guardo el teléfono en mi bolsillo. Ulyana no piensa quedarse de brazos cruzados:
—¿Acaso fuiste a verla a ella hoy? —da de lleno en el blanco.
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Editado: 09.09.2026