—No recuerdo haberme casado contigo.
La frase cayó como un portazo. Sasha sintió que el suelo se movía bajo sus pies, pero no dio un paso atrás. Llevaba tres días esperando este momento. Tres días sentada en aquella sala de estar blanca, fría, sin dormir, sin comer, sin atreverme a tocar su puerta.
—Alexis, soy tu esposa —dijo, con la voz más firme de la que se creía capaz—. Llevamos un año casados.
Él la miró desde la cama de hospital que habían instalado en su casa. Tenía la mandíbula tensa, el cabello oscuro revuelto y una venda en la cabeza que apenas disimulaba el moretón en su sien. Sus ojos grises, esos ojos que antes la desarmaban, ahora la examinaban como si ella fuera una extraña que hubiera entrado por error.
—Eso dice el papel que me mostró mi abogado —respondió Alexis, con una calma que dolía más que un grito—. Pero yo no te recuerdo, Sasha. Ni tu cara, ni tu voz, ni nuestro día de boda. Nada.
—Porque tienes amnesia —insistió ella, acercándose un paso—. El médico dijo que es temporal. Que los recuerdos pueden volver.
—O puede que no. —Él se incorporó lentamente, con un gesto de dolor que ella conocía demasiado bien. Ese gesto lo había visto cien veces cuando él llegaba tarde del trabajo y se masajeaba la nuca. Pero ahora, él no lo sabía. Ahora, él no recordaba que ella solía ponerle hielo en esa misma nuca—. Y mientras tanto, tengo a una desconocida en mi casa diciéndome que es mi esposa. Dime, Sasha, ¿cómo se supone que me sienta?
—No lo sé —admitió ella, y su voz se quebró—. Pero podrías intentar confiar en mí. No he mentido en nada.
Él soltó una risa seca. Sin humor.
—Confiar. Es curioso. Porque mi abogado también me dijo que firmamos un acuerdo prenupcial. Que el matrimonio fue… un trato.
Sasha palideció. Sintió que la sangre se le helaba.
—No fue solo eso.
—¿Ah, no? —Alexis inclinó la cabeza, como un depredador que juega con su presa—. Entonces explícame. ¿Por qué te casaste conmigo, Sasha? ¿Por amor?
El silencio se estiró, tenso como una cuerda a punto de romperse.
—Mi padre estaba en bancarrota —dijo al fin, en un susurro—. Tú me ofreciste salvar su empresa a cambio de un matrimonio de conveniencia. Yo acepté.
—Ya veo. —Él asintió, sin sorpresa—. Así que soy un salvavidas. Y tú, una mujer que vende su apellido a cambio de dinero.
—¡No fue así! —Sasha apretó los puños—. Al principio sí, pero luego…
—¿Luego qué?
Ella tragó saliva. Esto era lo que más temía. Decirlo en voz alta y que él no lo creyera.
—Luego me enamoré de ti.
Alexis se quedó quieto. Demasiado quieto. La miró durante cinco segundos eternos, y luego volvió a reír. Esta vez con desprecio.
—Perfecto. Mi esposa, una mujer que vendió su dignidad y ahora pretende venderme un cuento de hadas. Dime, ¿qué sigue? ¿Que también esperas un hijo?
Sasha dio un paso atrás. Su mano tembló.
—No —dijo, pero su voz salió extraña. Demasiado rápido. Demasiado nerviosa.
Él entrecerró los ojos.
—Sasha.
—¿Qué?
—Mírame a los ojos y repítelo.
Ella intentó sostenerle la mirada. No pudo.
—No estoy embarazada.
—Mientes.
—¡No miento!
—Acabas de pestañear tres veces y te has mordido el labio inferior —dijo él, con una frialdad quirúrgica—. Eso hacías antes, ¿verdad? Cuando mentías. ¿Lo sabía? Porque tú no lo recuerdas, pero yo sí.
Sasha se quedó helada.
—¿Cómo…?
—Llevo tres días escuchando a mi personal. A los médicos. A mi abogado. Han hablado de ti como si te conocieran. Pero yo necesitaba oírlo de tu boca. —Alexis se levantó de la cama, tambaleándose apenas, y se plantó frente a ella—. Así que te preguntaré otra vez, Sasha. ¿Hay algo que no me hayas dicho?
Ella abrió la boca para negarlo.
Y entonces su estómago dio un vuelco.
No por el miedo. Por el bebé.
Se llevó una mano al vientre, un gesto tan automático que no pudo disimularlo.
Los ojos de Alexis se oscurecieron.
—Dios mío —murmuró—. Estás embarazada.
—No… no era así como quería decírtelo.
—¿Y cómo querías decírtelo? —Su voz se alzó, por primera vez, y resonó en la habitación—. ¿En una cena romántica? ¿Con un pastel de bebé? ¿Cuando yo ya hubiera recuperado la memoria y pudiera celebrarlo?
—¡Iba a hacerlo! —gritó ella, con lágrimas asomando—. Esta mañana. Antes de que me dijeras que no me recordabas. Iba a sentarme contigo y contarte todo. Pero llegaste tú, con tu abogado, con tu contrato, con tu amnesia, y me miraste como si fuera una estafadora.
—¡Porque lo eres! —escupió él, y dio un golpe en la pared con la palma abierta—. Llevas un año casada conmigo. Un año entero. Y no tuviste el valor de decirme que querías un hijo antes del accidente.