La Esposa Que Compré Por Error

Capítulo 1. Una esposa bastante problemática

Capítulo 1. Una esposa bastante problemática

Nunca imaginé que terminaría vendiendo dos años de mi vida a un mafioso.

Aunque, siendo sincera, tampoco imaginé que mi situación económica llegaría al punto de considerar el matrimonio una salida laboral.

Pero cuando tu hermano está endeudado con personas que no acostumbran aceptar tarjetas de crédito, una empieza a desarrollar habilidades de supervivencia bastante interesantes.

Mi nombre es Valentina Moretti, tengo veintiséis años, una paciencia bastante limitada y un talento especial para meterme en problemas.

Aquella mañana estaba sentada frente a un hombre que parecía haber salido de una revista de millonarios peligrosos.

Traje negro hecho a medida, reloj carísimo, cabello oscuro perfectamente peinado y unos ojos que parecían capaces de condenarte a muerte sin necesidad de levantar la voz.

Alessandro De Santis.

Treinta y cinco años. Empresario. Heredero de una fortuna incalculable.

Y, según los rumores que había escuchado antes de presentarme, jefe de una organización criminal que tenía negocios en media Europa.

Una joyita.

—¿Entiende las condiciones? —preguntó su abogado.

Miré los documentos sobre la mesa.

—Sí.

—¿Las acepta?

—Todavía estoy leyendo.

El abogado suspiró.

Alessandro ni siquiera levantó la mirada de su teléfono.

—Tenemos poco tiempo.

—Qué lástima. Yo tengo toda la vida por delante.

El abogado me miró como si acabara de insultar a la bandera italiana.

Alessandro finalmente dejó el teléfono.

—¿Siempre habla tanto?

—Solamente cuando me hacen preguntas estúpidas.

Hubo un silencio.

El abogado cerró los ojos.

Yo sonreí.

Era evidente que mi futuro marido no estaba acostumbrado a tratar con mujeres que tuvieran opiniones propias.

Y eso prometía ser divertido.

La propuesta era bastante sencilla.

Alessandro necesitaba una esposa para cumplir una condición establecida en el testamento de su abuelo. Si permanecía casado durante dos años, obtendría el control absoluto del imperio familiar.

Yo necesitaba una suma de dinero considerable para pagar las deudas de mi hermano y evitar que terminara en el fondo de algún río.

Él ofrecía dinero.

Yo ofrecía mi apellido junto al suyo.

Un negocio moderno, romántico y completamente desprovisto de amor.

—Dos años —repitió el abogado—. Durante ese período deberán mantener una convivencia pública y comportarse como un matrimonio normal.

—¿Normal? —pregunté.

—Exactamente.

Miré a Alessandro.

—¿Eso incluye dormir juntos?

—No —respondió inmediatamente.

—Perfecto. Porque ronco cuando estoy resfriada y no quería arruinarle la experiencia.

Alessandro apretó la mandíbula.

Creo que estaba empezando a arrepentirse.

—Tendrá una habitación propia, una asignación mensual y acceso a todo lo que necesite dentro de la propiedad.

—¿También puedo salir?

—Con seguridad.

—¿Puedo tener un perro?

—No.

—Entonces quiero dos.

El abogado dejó caer la lapicera.

Alessandro me observó durante varios segundos.

—¿Está intentando negociar conmigo?

—No. Estoy intentando averiguar cuánto de mi libertad piensa comprar.

Su expresión cambió.

Por primera vez dejó de parecer aburrido.

—Señorita Moretti, no está en posición de imponer condiciones.

Me incliné hacia delante.

—Y usted, señor De Santis, necesita una esposa. Si quisiera una empleada obediente, habría publicado una oferta de trabajo, no un anuncio matrimonial.

El abogado se llevó una mano a la frente.

Yo estaba disfrutando demasiado.

La firma del contrato se retrasó porque Alessandro recibió una llamada urgente.

Se levantó y salió del despacho acompañado por dos hombres.

Antes de cerrar la puerta, escuché su voz.

—Resuelvan el problema. No quiero que vuelva a ocurrir.

No pregunté qué problema.

Tenía suficiente sentido común para comprender que en aquella familia la palabra resolver podía tener significados bastante desagradables.

Aproveché para revisar nuevamente los documentos.

Había una cláusula que no me gustaba.

—Disculpe —le dije al abogado—. ¿Qué significa esto de que el señor De Santis podrá suspender los pagos si considera que incumplo mis obligaciones matrimoniales?

—Es una cláusula habitual.

—¿Habitual entre matrimonios o entre secuestradores?

El hombre me miró horrorizado.

—Señorita...

—Quiero que se elimine.

—No puedo modificar el contrato sin autorización del señor De Santis.

—Entonces espero.

Me crucé de brazos.

Pasaron cinco minutos.

Después diez.

Cuando Alessandro regresó, me encontró sentada con los pies sobre una silla, comiendo una galletita que había encontrado en una bandeja.

Sus ojos bajaron lentamente hacia mis zapatos.

—Quite los pies.

—Buenos días nuevamente.

—No voy a repetirlo.

—Y yo no voy a quitar los pies hasta que lea esta cláusula.

Le extendí el documento.

Alessandro lo leyó.

—¿Cuál es el problema?

—Que usted puede dejar de pagarme cuando se le ocurra.

—No soy un hombre que incumpla sus acuerdos.

—Y yo no soy una mujer que trabaje gratis.

Me sostuvo la mirada.

Finalmente tomó una lapicera y tachó la cláusula.

—¿Contenta?

—Muchísimo. Está descubriendo lo agradable que es negociar conmigo.

—No se acostumbre.

—Demasiado tarde.

Cuando finalmente firmamos, el abogado nos entregó una copia a cada uno.

Alessandro se levantó.

—Mi automóvil la llevará a la mansión. Sus pertenencias serán trasladadas mañana.

—No tengo muchas cosas.

—Mejor.

—Pero tengo una gata.

Se detuvo.

—¿Qué?

—Una gata. Se llama Cleopatra.

—No quiero animales en mi casa.




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