Dicen que algunas familias nacen para ser poderosas.
Y otras nacen para ser destruidas.
Hace veintitrés años, una familia desapareció de los registros.
No hubo funeral.
No hubo cuerpos.
No hubo sobrevivientes.
Al menos, eso fue lo que todos creyeron.
Aquella noche, una mujer corrió bajo la lluvia con una bebé entre los brazos.
Tenía miedo.
No de morir.
Sino de que encontraran a la niña.
—Prométeme que la protegerás —susurró, entregándosela al hombre que esperaba junto al automóvil.
—Si hago esto, no volverás a verla.
Las lágrimas recorrieron sus mejillas.
—Es precisamente por eso que debe vivir.
El hombre miró a la bebé.
La pequeña dormía tranquilamente, sin saber que su existencia podía provocar una guerra.
—¿Cuál será su nombre?
La mujer cerró los ojos durante unos segundos.
—Valentina.
—¿Y su apellido?
Ella respiró profundamente.
—Russo.
El automóvil desapareció en la oscuridad.
Aquella noche, Valentina Russo dejó de existir para el mundo al que realmente pertenecía.
Veintitrés años después, un hombre encontró un documento que jamás debería haber salido a la luz.
Dante Moretti lo sostuvo entre los dedos mientras observaba la fotografía de una joven.
Una joven que no sabía quién era.
Una joven que no sabía que había sido escondida durante toda su vida.
Una joven cuya sangre podía poner de rodillas a familias enteras.
Dante levantó la mirada.
—Encuéntrenla.
Uno de sus hombres dudó.
—¿Para matarla?
Dante volvió a mirar la fotografía.
—No.
Sus ojos se endurecieron.
—Para protegerla.
Porque acababa de descubrir algo mucho más peligroso que una heredera desaparecida.
Había empezado a enamorarse de la mujer que, algún día, podría convertirse en su peor enemiga.