La esposa que el mafioso no debía amar

Capítulo 2 — El contrato

Valentina no durmió.

Cada vez que cerraba los ojos escuchaba la misma frase.

Casarte conmigo.

A las siete de la mañana seguía sentada en el borde de su cama, mirando el techo.

—Esto tiene que ser una pesadilla.

Su teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido.

Dante Moretti: 10:00 a. m. Hotel Bellagio. Ven sola.

Valentina soltó una carcajada incrédula.

—Qué romántico.

Bloqueó el teléfono.

Dos segundos después volvió a desbloquearlo.

No podía ignorarlo.

No después de descubrir que su padre debía tres millones de dólares.

A las nueve y cincuenta y ocho entró al hotel.

Dante ya estaba allí.

Sentado en una mesa privada, con un café frente a él y varios documentos perfectamente ordenados.

Valentina tomó asiento.

—Tienes cinco minutos.

Dante levantó la mirada.

—Llegas tarde.

—Llegué exactamente a las diez.

—Dos minutos tarde.

—Entonces empieza a cobrarme intereses.

Él la observó durante unos segundos.

—Tienes carácter.

—Y tú tienes una personalidad horrible.

Por primera vez, Dante pareció divertido.

—Eso dicen.

Valentina señaló los documentos.

—Habla.

Dante deslizó una carpeta hacia ella.

—Tu padre tiene cuarenta y ocho horas.

—Ya lo sé.

—Si no paga, perderá la empresa, la casa y cualquier otro activo que pueda utilizarse para cubrir la deuda.

Valentina tragó saliva.

—¿Y el matrimonio?

—La deuda desaparecerá.

Ella abrió la carpeta.

Había un contrato.

Lo leyó rápidamente.

Un año.

Matrimonio legal.

Residencia en la mansión Moretti.

Apariciones públicas cuando Dante las considerara necesarias.

Fidelidad durante el contrato.

Y una cláusula que la hizo fruncir el ceño.

—¿Qué significa esto?

—¿Cuál?

—“La esposa deberá permanecer bajo protección del esposo durante la vigencia del acuerdo”.

—Significa exactamente lo que dice.

—No soy una prisionera.

—No.

Dante se inclinó ligeramente hacia delante.

—Pero desde ayer tampoco eres una mujer completamente segura.

Valentina lo miró fijamente.

—¿Quién quiere hacerme daño?

Silencio.

Dante no respondió.

—¿Dante?

—Firma el contrato y no tendrás que preocuparte.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte.

Valentina cerró la carpeta.

—No voy a casarme con un desconocido.

—Entonces tu padre perderá todo.

—No puedes obligarme.

—No.

Dante sostuvo su mirada.

—Pero tampoco puedo obligarte a ignorar las consecuencias.

Valentina se levantó.

—Necesito pensarlo.

—Tienes hasta esta noche.

—¿Y si digo que no?

Dante guardó silencio durante unos segundos.

—Entonces mañana comenzarás a conocer el mundo que tu padre ha intentado ocultarte.

Aquellas palabras la hicieron detenerse.

—¿Qué significa eso?

Dante la miró de una manera extraña.

Como si estuviera a punto de decir algo.

Pero finalmente negó con la cabeza.

—Nada.

Valentina salió del hotel.

No sabía que Dante permaneció mirando la puerta durante varios segundos después de que ella desapareciera.

—¿Está seguro? —preguntó su hombre de confianza desde la esquina.

Dante no respondió.

—Ella no sabe quién es.

Dante bajó la mirada hacia una fotografía escondida dentro de la carpeta.

Era una fotografía antigua.

Una mujer joven sostenía a una bebé.

En la parte posterior había una fecha.

12 de agosto de 2003.

Dante pasó el pulgar por el borde de la fotografía.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Dante levantó la mirada.

—Porque si descubre la verdad demasiado pronto, correrá.

—¿Y qué quiere hacer mientras tanto?

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Casarme con ella.

Su hombre frunció el ceño.

—¿Por protección?

Dante volvió a guardar la fotografía.

—Por ahora.

Pero mientras decía aquellas palabras, incluso él sabía que estaba mintiendo.

Porque había una razón por la que había buscado a Valentina durante tanto tiempo.

Y no tenía nada que ver con los tres millones de dólares.

Tenía que ver con su sangre.

Con un apellido que había sido borrado de la historia.

Y con una familia que llevaba veinte años esperando encontrar a su última heredera.

Dante miró hacia la ventana.

—Prepárense.

—¿Para qué?

—Esta noche conoceré a mi futura esposa.




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