Para la mayoría de las parejas de CEOs y jefas de Estrategia Corporativa, tres años de matrimonio significaban estabilidad, consolidación de activos y, quizá, una casa de verano con piscina infinita. Para Lisbeth y Alejandro Manrique, tres años significaban que el departamento de Recursos Humanos había aprendido a presupuestar los daños causados por las ideas "creativas" de Lisbeth, que Contabilidad había creado una categoría de gasto llamada "Fondo de Contingencia Lisbeth" y que Alejandro había dejado de usar la frase "protocolo corporativo" con la esperanza de que, si no la nombraba, dejaría de existir.
No funcionó.
La oficina de Lisbeth, ahora renombrada oficialmente como "Central de Estrategia Caótica" (ella misma lo había grabado en una placa de latón de aspecto cuestionable con marcador permanente), era la evidencia viviente de su filosofía de gestión. No era desorden, insistía ella; era una red compleja de información táctil, una "arquitectura de la funcionalidad desestructurada" que solo ella podía descifrar.
—No son pilas de documentos, Alejandro. Son extractos de decisiones —explicó Lisbeth un martes a las 8:01 a. m., mientras usaba un fajo de informes de riesgo de quinientas páginas como posavasos para su café—. Si mueves el Post-it azul, el de "Llamar a los de Dubái", desestabilizas toda la estructura de la semana fiscal y le das tres años de prosperidad a la competencia. No seas irresponsable.
Alejandro, que seguía siendo el CEO, el "Ogro Corporativo" y el hombre con el ceño más activo del continente, se apoyó contra el marco de la puerta. Llevaba un traje de tres mil dólares que, inexplicablemente, siempre acababa con alguna mancha del café de Lisbeth, cuya máquina solo ella sabía operar.
—Llevo tres años casado con una analista de riesgos que piensa que la matriz DAFO se aplica mejor a mi vida personal que a la empresa —replicó él—. Lo que me lleva a mi pregunta de hoy: ¿Me explicas por qué el mapa de Asia, que vale doscientos millones en contratos, está etiquetado con nombres de dinosaurios? ¿Y por qué el Tyrannosaurus Rex tiene una pegatina que dice "No alimentar (atn. Génesis de Márquez)"?
Lisbeth giró su silla ruidosa, masticando una dona de canela con una seriedad que solo el sarcasmo permite.
—Es mnemotecnia avanzada, Ogro. El Triceratops es Singapur: tres cuernos, tres bancos principales. El Velociraptor es Corea del Sur: rápido, pequeño y te muerde por la espalda si descuidas las regulaciones. Y el T-Rex es la tía Génesis, que es Asia en sí misma: grande, depredadora y, si le das una apertura, devora tu plan de inversión. Es eficiente; se te queda en la cabeza.
—Es una locura. Y tú eres la jefa de Estrategia, con un sueldo que hace llorar a los contadores. La gente de la junta todavía te llama, a tus espaldas, "la mascota sarcástica del CEO" —dijo Alejandro, cruzándose de brazos, aunque sus labios traicionaban una sonrisa.
—Y soy la jefa de Estrategia que ha duplicado el valor de South Company en estos tres años —reviró ella—, en gran parte porque la competencia gasta más tiempo tratando de descifrar si mis comunicados son un código secreto o un error tipográfico. El mercado ama el drama, Alejandro, y yo se lo doy. El caos es la mejor estrategia. Lo dice nuestro título, ¿recuerdas?
Ella le lanzó el periódico económico. El titular lo elogiaba a él por su "visión de futuro al delegar decisiones no convencionales en su equipo". El equipo era solo ella, y ambos lo sabían. Alejandro sonrió a medias. Había aprendido que pelear contra Lisbeth era como intentar detener un huracán con un paraguas de papel.
—La Junta Directiva no lo ve como mnemotecnia, Lisbeth. Lo ven como una falta de respeto al orden. Y desde que la empresa vale un billón más, se han vuelto religiosos con la "contención del riesgo" —señaló, moviendo una pila de papeles solo para ver su reacción.
Lisbeth se puso de pie para estirarse. Llevaba una camiseta con el lema "Mi estrategia es no tener una", combinada con una falda ejecutiva. Era su uniforme de guerra contra la dictadura del dress code.
—La Junta me tiene miedo, Alejandro. Y eso es saludable para el balance. Mientras me teman, no interferirán con tu trabajo. El protocolo es para los que no tienen ideas.
—Y la paciencia es para los que no están casados contigo —murmuró él con rendición juguetona. Se acercó al escritorio, miró el Post-it azul de Dubái y, buscando la explosión, lo movió a propósito.
No ocurrió nada. Lisbeth solo levantó una ceja.
—Es la regla fundamental de la Terapia de Crisis, Alejandro: esperas el caos. Si lo buscas, lo pierdes. Yo misma lo moví hace una hora; el caos ya está programado. Eres demasiado predecible. Deberías concentrarte en el nuevo fantasma de la sala: Phoenix Capital.
Ese era el nuevo depredador. Phoenix Capital era un fondo conocido por entrar en empresas familiares, limpiarlas de "riesgos" y venderlas por partes. Eran fríos, metódicos y detestaban la improvisación.
—Sus informes son más rígidos que tu espalda antes de que te convenciera de hacer yoga —continuó Alejandro—. Quieren una auditoría completa de nuestra oficina. Y no están contentos con que una parte del rendimiento se destine a "Estudios del Sarcasmo Aplicado al Liderazgo".
—Quieren demostrar que mi estrategia es el factor de riesgo número uno —completó Lisbeth, su sonrisa burlona dando paso a la agudeza que la hacía brillante—. Van a buscar la imperfección.