La Estrategia Es El Caos

CAPITULO 3.- EL EJECUTIVO DE HARVARD Y LA ARQUITECTURA DEL HORROR

La llegada de Santiago de la Vega no fue una visita; fue una colonización. Su traje azul marino tenía la rigidez de un blindaje y su mirada la frialdad de un algoritmo de liquidación. No saludó. Se limitó a existir en el vestíbulo de South Company como un recordatorio de que el tiempo de los juegos se había terminado.

Grace apareció al instante. Había sustituido su habitual eficiencia por una sumisión casi religiosa. —Señor De la Vega. Lo esperan en el piso catorce —dijo ella, guiándolo con la precisión de un radar—. Ignore el ajedrez gigante del vestíbulo. La señora Manrique-Albán lo llama "dinámica de fricción estratégica". Yo lo llamo pérdida de horas hombre.

Santiago no respondió. Tomaba notas mentales en su tablet. Para él, cada empleado riendo era un dólar goteando de una herida abierta.

Cuando entraron en la "Central de Estrategia Caótica", la atmósfera cambió. Alejandro permanecía de pie, intentando sostener el peso de la institucionalidad con un traje gris plomo. Lisbeth, sentada sobre su escritorio con una blusa verde neón que hería la vista, devoraba una manzana con la parsimonia de quien observa un choque de trenes.

—Santiago. Tres minutos tarde —dijo Lisbeth, sin bajar de la mesa—. El protocolo debe estar sufriendo una crisis nerviosa.

—Señora Manrique-Albán. Señor Manrique —Santiago estrechó la mano de Alejandro con la fuerza justa para una transacción—. No vengo a discutir el reloj, sino la trazabilidad. Phoenix Capital no entiende de "intuiciones". Entendemos de rentabilidad sostenible. Y su balance, aunque brillante, carece de arquitectura.

—La arquitectura es para los edificios, Santiago —replicó Lisbeth, señalando una mesa de cristal donde solo había una laptop y un cenicero de mármol vacío—. Aquí fabricamos escenarios. Siéntese. Le hemos preparado un espacio tan estéril que se sentirá en un quirófano.

Santiago se sentó. Sus ojos viajaron al mapa de Asia lleno de dinosaurios. No se escandalizó. Lo analizó. —Dinosaurios para clasificar mercados de riesgo —dijo Santiago con un hilo de voz—. Una técnica de simplificación cognitiva. Creativa, pero peligrosa para una auditoría externa. Quiero ver el informe de la inversión en el gaming tailandés. Inmediatamente.

Lisbeth le lanzó un cuaderno de notas de cuero viejo, desgastado, con páginas que sobresalían. —No hay Excel para eso, Santiago. Hay un análisis de flujo psicográfico. Compramos el 40% porque detecté un patrón de consumo basado en el aburrimiento generacional, no en los gráficos de retorno. Ganamos un 400%. El cuaderno tiene la prueba de que el mercado no es un número, es un impulso.

Santiago hojeó el cuaderno con los dedos enguantados en un asco invisible. —Esto es literatura, no finanzas. Mañana mis analistas empezarán a desmantelar cada una de sus "corazonadas".

Miró a Grace, que esperaba en la puerta. Luego volvió a mirar a Lisbeth. —Y un consejo profesional: su mayor activo de orden es también su mayor vulnerabilidad. Su analista, Grace, es la única aquí que entiende el valor de una regla. Pero una regla en manos de alguien que no entiende la estrategia es solo un grillete. La reasignaré a una posición donde su rigidez no estorbe mi auditoría.

Lisbeth ocultó una sonrisa tras el último bocado de su manzana. Santiago acababa de morder el anzuelo: había identificado a la traidora, pero creía que al apartarla la estaba neutralizando, cuando en realidad la estaba poniendo exactamente donde Lisbeth necesitaba que estuviera para filtrar la información falsa.

—Haga lo que quiera con el personal, Santiago —dijo Lisbeth, bajando finalmente de la mesa—. Pero recuerde algo: en esta empresa, el orden es el camuflaje. Cuando crea que finalmente ha entendido cómo ganamos dinero, será porque yo habré decidido dejar de ganar.

Alejandro intervino, cerrando la reunión antes de que la tensión rompiera el cristal de la mesa. —La oficina está a su disposición, De la Vega. Mañana empezamos la autopsia.

Santiago se levantó, recogió su tablet y salió sin mirar atrás. La guerra no había empezado con un grito, sino con el sonido seco de una carpeta de cuero cerrándose.




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