Santiago de la Vega llegó al Departamento de Finanzas con determinación renovada y una paciencia que colgaba de un hilo. La "sinergia disruptiva" de Adrian le había dejado una migraña persistente, pero ahora buscaba una victoria limpia.
—Necesito ese protocolo, Ricardo —le espetó al jefe de Finanzas, un hombre que sudaba con la precisión de un cronómetro—. Me han informado de que es un documento no digitalizado. Una anomalía prehistórica, pero una pista sólida al fin y al cabo.
Ricardo, que detestaba los colores y las sorpresas, se secó la frente con un pañuelo. —El Protocolo de Transferencia... Ah, sí. La doctora Manrique-Albán es la única que lo maneja. Es una "carpeta de seguridad táctil" diseñada por ella.
En ese momento, Lisbeth entró en escena con una elegancia sospechosa: traje gris, gafas de lectura y un semblante de aburrimiento fingido que habría engañado a cualquiera, menos a su marido.
—Ah, Santiago. Mi bebé —dijo ella, señalando la "seguridad analógica"—. Es un método que desarrollé contra hackeos. Si el documento solo existe físicamente y requiere una clave analógica en una ubicación secreta, es inexpugnable.
—Entréguemelo. Ahora —exigió Santiago, con su tablet lista para registrar el desastre.
Lisbeth lo guio a una sala pintada de un blanco cegador donde, en el centro, descansaba una caja fuerte que parecía sacada de un teatro de variedades.
—Dentro hay tres carpetas: azul, roja y verde. Cada una corresponde a un activo, pero están cifradas con texto invisible.
Santiago sintió una punzada de emoción. Un código. Lógica pura. Esto sí podía desmantelarlo. —¿Y la clave? ¿Dónde está el Sistema de Desencriptación?
Lisbeth señaló un marco de fotos polvoriento en una esquina. Era Grace, con su peinado de cemento, posando junto a una cafetera de 1992. —La clave está al reverso. Es el "Factor Grace". Ella es la única con la paciencia necesaria para memorizar estas secuencias. Es un homenaje al Big Data en formato humano.
Santiago tomó la foto con asco. Volteó el marco y encontró un número de seis dígitos escrito con tinta desvaída. Lo tecleó.
La caja se abrió para revelar las tres carpetas sin etiquetas. Santiago estaba a punto de celebrar cuando Lisbeth soltó la bomba.
—Ahora, el paso final: el texto solo aparece bajo luz negra y la clave de traducción está en el Archivo Muerto.
Santiago tensó la mandíbula hasta que las sienes le latieron. —¿Luz negra? ¿Archivo Muerto? Esto es una obstrucción deliberada, señora Manrique-Albán. El tiempo es un activo.
—Es seguridad, Santiago. El Archivo Muerto es el último lugar al que iría un hacker. El protocolo establece que la clave solo puede ser recuperada por un maestro del orden que entienda el área de "Documentos de Descarte con Potencial de Reclasificación".
Lisbeth encendió un pequeño llavero ultravioleta. Al iluminar la carpeta azul, aparecieron cientos de líneas en sueco antiguo. —Regulaciones fiscales suecas, Santiago. Aburridas, pero ley. Para traducirlas, necesitas la "Hoja de Descodificación por Relevancia" que está en el sótano.
Santiago ya no disimulaba su furia. Había perdido la mañana buscando una pizza, un menú tailandés y una foto vieja. No iba a bajar a las catacumbas.
—Enviaré a mi equipo. Yo me quedaré a revisar esto.
—Imposible. Solo puede ir alguien con un rigor excepcional para entender el sistema de descarte —Lisbeth miró a Grace, que esperaba a lo lejos—. De hecho, solo hay una persona con el temple necesario: Grace.
Santiago se volvió hacia su "topo". El desprecio en su mirada fue un puñal. —Bien. Señorita Grace, bajará usted. Busque la carpeta RECLASIFICACIÓN CÓDIGO 731-B. Una vez que cumpla con este trámite absurdo, la reasigno al área de Archivo permanentemente. Su obsesión por el detalle es un riesgo emocional para la estrategia, pero ideal para vivir entre papeles muertos.
Grace palideció. Había pasado de ser la "mano derecha" del auditor estrella a ser desterrada al sótano por el mismo hombre al que intentaba impresionar. Santiago la había descartado como a un activo depreciado.
Lisbeth sonrió internamente. Había enviado a la espía enemiga, ahora despechada y herida, al lugar exacto donde guardaba las pruebas falsas de la Fase 3.
—Suerte en el sótano, Grace —dijo Lisbeth con una amabilidad que quemaba—. Tómate tu tiempo.
La trampa estaba cerrada.