El impacto de la orden de venta del unicornio de cristal (Ítem 43B) fue inmediato y devastador. Santiago estaba teniendo éxito, pero no en el Excel, sino en el sabotaje involuntario de la moral. La productividad se desplomó mientras los empleados lloraban por el cristal perdido como si hubieran vendido a la mascota de la empresa.
Mientras el caos se incubaba en el corporativo, Lisbeth se comunicó con su aliada más competitiva: Astrid Manrique, la prima deportista y ahora Executive Coach. Astrid estaba en su rancho, preparando a su caballo, "Protocolo", para una carrera.
—¿Vendió el unicornio, Lisbeth? ¿De verdad? —preguntó Astrid por el intercomunicador, entre el sonido de cascos golpeando la tierra.
—Lo ha ordenado. El Protocolo de Santiago ha causado una embolia en la productividad. Es perfecto. Pero ahora necesito que entres tú, Capitán Sarcasmo.
—Mi trabajo es vender coaching de alto nivel, no ser tu carnada —bufó Astrid.
—Error. Tu parte es ser el siguiente objetivo. Santiago ha visto que tu negocio usa recursos de South Company y va a pensar: "Si un unicornio de cristal es inútil, una mujer que le susurra a los caballos y cobra como un neurocirujano es peor".
Esa tarde, Santiago de la Vega y su equipo se presentaron en el rancho. Vestido con un traje de tres piezas, Santiago parecía un astronauta perdido en una granja. Su equipo de Phoenix Capital portaba chalecos reflectantes y sostenía sus tablets como si fueran escudos contra el olor a heno.
—Señorita Manrique. Vengo a auditar sus activos intangibles —anunció Santiago con voz plana—. Necesito las métricas de rendimiento y la trazabilidad de sus insights de liderazgo.
Astrid, con botas de montar y una sonrisa radiante, lo recibió en la entrada del establo. —Bienvenido, Santiago. Es un placer tener a alguien tan... cuadriculado en mi terreno. Espero que su matriz de riesgo personal incluya las alergias al polen.
—Mis informes dicen que enseña a los CEOs a "manejar la presión como si fuera un caballo desbocado". Esto es subjetivo e incuantificable. ¿Cuál es su ROI del galope?
—Mi ROI, Santiago, es el stress management medido en la cantidad de úlceras gástricas que mis clientes evitan. Pero si quiere números, se los daré.
Astrid lo condujo a un pizarrón lleno de ecuaciones garabateadas entre manchas de barro. —Aquí está mi Modelo de Trazabilidad Emocional (MTE). El valor del caballo (C) se multiplica por la velocidad de la ambición (Va), dividido por el factor de pánico (Fp), obteniendo el Liderazgo Sostenible (Ls):
Santiago miró la ecuación con los ojos entrecerrados, buscando el error lógico. —¿Y el valor del unicornio que acabo de vender dónde encaja aquí?
—El unicornio era el Factor de Riesgo Estético Fijo (Ref). Su venta creó una Volatilidad Emocional Inversa (Vei) en el personal, lo que disparó el pánico (Fp). ¡Usted acaba de incrementar mi demanda de coaching en un 300%! Gracias por el marketing, Santiago.
Santiago guardó silencio. No podía argumentar contra una fórmula que involucraba úlceras y caballos escrita junto a un establo.
—Quiero ver su libro de cuentas, señorita Manrique.
—Con gusto. Pero debe seguir mi protocolo de auditoría. Mi normativa interna dice que la contabilidad solo puede ser revisada por alguien que haya montado un caballo. Es para que entienda la dinámica de la velocidad en las finanzas.
—¿Está intentando que monte un animal? —Santiago retrocedió un paso.
—Solo si quiere entender la sinergia del galope. Si no lo hace, su auditoría será metodológicamente nula. Lo siento, es mi ISO hípico.
Santiago miró a su equipo de Phoenix Capital. Miró a Astrid. El Protocolo frente al Caballo. El desorden de los Manrique se estaba extendiendo como un virus.
—No voy a montar su caballo —sentenció Santiago—. Pero voy a revisar su contabilidad de todos modos.
—Qué lástima. Entonces solo tendrá el ROI del paso lento, Santiago. No el del galope —Astrid se encogió de hombros con una sonrisa de victoria total.
Santiago se instaló en una mesa de picnic, rodeado de moscas y soberbia, sintiendo que la guerra del orden se había desviado hacia una comedia rural. Lisbeth lo estaba volviendo loco con el caos de su propia familia, y lo peor era que, por primera vez, el Excel no tenía una función para calcular el orgullo herido