La calma tras la salida de Santiago de la Vega duró exactamente tres días. La oficina de Lisbeth había recuperado su aroma a café y pizza fría, y el unicornio de cristal volvía a refractar la luz sobre la alfombra. Sin embargo, una mañana, sobre el escritorio de Lisbeth apareció un objeto que no pertenecía al inventario de South Company: una brújula de bronce antiguo con una nota que decía: “Para la chica que nunca necesitó mapas, pero que parece haberse perdido en un edificio de cristal”.
Lisbeth palideció. Era una reacción que Alejandro, entrando con su informe matutino, detectó de inmediato.
—¿Qué es eso? —preguntó Alejandro, con esa voz de barítono que usaba cuando sentía que algo no cuadraba en su balance.
—Un recordatorio de cuando mi vida no se medía en trimestres fiscales —respondió Lisbeth, tratando de sonar casual, aunque sus dedos jugueteaban con la brújula.
—Lisbeth, esa brújula cuesta más que el sueldo anual de un becario. ¿Quién la envió?
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió. No hubo protocolo, ni anuncios de Grace. Entró un hombre con una chaqueta de lino, cabello ligeramente despeinado y una sonrisa que parecía haber sido diseñada para derretir la rigidez corporativa.
—Hola, "Tormenta" —dijo el hombre, usando el viejo apodo de Lisbeth.
Alejandro se tensó tanto que los botones de su chaleco parecieron a punto de saltar. —Supongo que usted no es de Phoenix Capital.
—Soy Julián Varsi —dijo el recién llegado, extendiendo una mano que Alejandro estrechó con la calidez de un iceberg—. Vine a ver si es cierto que la mente más brillante de nuestra generación realmente se casó con un... —miró el traje de Alejandro— ...con un catálogo de Wall Street.