Julián no venía solo. Había sido contratado por un consorcio internacional de biotecnología para proponer una alianza con South Company. Pero su verdadera agenda era emocional. Durante la primera reunión de "Sinergia Tecnológica", Julián ignoró los PowerPoints de Alejandro y se centró en recordar anécdotas con Lisbeth que hacían que Alejandro se sintiera como un intruso en su propia empresa.
—¿Recuerdas cuando intentamos hackear el sistema de riego de la universidad solo para ver si podíamos hacer que lloviera limonada, Lisbeth? —preguntó Julián, riendo—. Eso era caos real. No esto. Esto es... caos bajo licencia.
Lisbeth se rió. No fue la risa de "jefa" que usaba con Santiago, sino una risa juvenil, libre. Alejandro sintió una punzada de algo que su manual de CEO no sabía clasificar: obsolescencia emocional.
—Señor Varsi —intervino Alejandro, recuperando su tono de Ogro—, aquí fabricamos soluciones integrales, no lluvia de limonada. Si su propuesta de biotecnología no tiene un ROI claro, esta reunión es un activo depreciado.
Julián lo miró con una compasión que enfureció a Alejandro más que cualquier auditoría. —El problema, Alejandro, es que crees que Lisbeth es tuya porque compartís un balance de situación. Pero Lisbeth pertenece a la teoría de cuerdas, a lo inesperado. La estás metiendo en una caja de cristal y, tarde o temprano, ella va a romper el cristal para poder respirar.
Esa noche, por primera vez en años, Alejandro y Lisbeth cenaron en silencio. El "Equipo Perfecto" tenía una grieta. El caos ya no era una herramienta contra el enemigo; ahora el caos estaba dentro de ellos