Grace observaba el monitor de la "Matriz de Estabilidad Matrimonial" que ella misma había dibujado en una pizarra oculta en el Archivo. La línea de Alejandro estaba en un pico de ansiedad roja, mientras que la de Lisbeth se había vuelto errática, volviendo a patrones de su juventud.
—Señor Manrique, el contrato de litio está listo para su firma —dijo Grace, entrando en la oficina de Alejandro—. Pero el índice de satisfacción del CEO está un 40% por debajo de la media.
Alejandro la miró, exhausto. —¿Ahora tú también hablas en porcentajes de felicidad, Grace?
—Hablo de que usted está intentando ser el "orden" para que ella sea el "caos", pero se le olvidó que un equipo perfecto necesita un punto de encuentro —Grace le entregó un informe, pero no era financiero—. Es el historial de llamadas de Julián Varsi. Ha estado contactando a los inversores de Dubái que Lisbeth consiguió.
Alejandro se enderezó. —¿Qué? ¿Está intentando robarnos el trato?
—No, señor. Está intentando demostrarle a Lisbeth que usted no puede protegerla sin su ayuda. Está creando una crisis artificial para que ella tenga que elegir entre salvar la empresa de usted o irse con él a salvar el mundo.
Alejandro comprendió la jugada. Julián no era un romántico; era un estratega tan brillante como Lisbeth, pero con una ética mucho más flexible. El "Alquimista" estaba usando el caos como un arma de seducción y de guerra corporativa al mismo tiempo.
—Grace, prepare el coche —ordenó Alejandro, poniéndose su chaqueta—. No vamos a ir al almacén a pelear por una mujer. Vamos a ir a pelear por nuestra socia.
—¿Y qué protocolo usaremos, señor? —preguntó Grace con una sonrisa astuta.
—El único que Julián no espera: el de un Ogro que ha aprendido a improvisar.