La Estrategia Es El Caos

CAPITULO 22.- LA PARADOJA DEL ALMACÉN

El almacén en el muelle olía a ozono, salitre y a una libertad que Alejandro no recordaba haber sentido jamás. Cuando entró, la escena era casi insultante: Lisbeth estaba subida a una escalera, conectando cables a un sensor de movimiento, mientras Julián, abajo, le sostenía los planos con una mirada de absoluta adoración intelectual.

—Señor Varsi —la voz de Alejandro retumbó entre las paredes de metal—. Según el Protocolo de Propiedad Intelectual, cualquier experimento realizado por un socio principal de South Company fuera de las horas de oficina debe contar con una supervisión de seguridad. He venido a supervisar.

Lisbeth se giró, casi perdiendo el equilibrio. —¿Alejandro? ¿Qué haces aquí con una corbata en un muelle abandonado?

Julián sonrió, sin soltar los planos. —Viene a buscar su activo más valioso, Tormenta. Teme que la "variable crítica" se haya escapado de su Excel.

Alejandro ignoró la provocación de Julián. Se quitó la chaqueta de mil quinientos dólares, la dobló meticulosamente y la dejó sobre un bidón de aceite. Luego, ante la mirada atónita de Lisbeth, se aflojó la corbata y se remangó la camisa.

—No he venido a buscar un activo —dijo Alejandro, acercándose a la escalera—. He venido a aportar un Componente de Realidad. Lisbeth, Julián dice que tu cerebro está particionado por la administración. Yo digo que tu administración es lo que permite que tus ideas no se queden en este almacén acumulando polvo.

Julián soltó una carcajada seca. —Lo que ella necesita es inspiración, Alejandro, no un administrador de fincas. Estamos creando un generador de frecuencias que altera el crecimiento celular. Esto no se puede vender en una caja con un código de barras.

—Todo se puede vender, Julián, si el valor es real —replicó Alejandro. Se volvió hacia Lisbeth—. ¿Quieres ciencia pura? Bien. Pero si esta planta muere porque no calculaste el voltaje del edificio, no es ciencia; es un hobby. Dame ese polímetro.

Lisbeth bajó de la escalera, observando a su marido como si fuera una especie nueva descubierta en el Amazonas. Alejandro tomó el multímetro y empezó a medir la carga del sensor con una precisión que dejó a Julián en silencio por un segundo.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella en un susurro.

—Estoy aplicando la Sinergia del Ogro —respondió Alejandro sin mirarla—. Si este hombre quiere convencerte de que soy aburrido, tendrá que esforzarse más. Yo no solo cierro contratos de litio, Lisbeth; yo sé por qué el litio es necesario para que tus sensores no estallen. Soy el orden que le da sentido a tu caos.

Julián intentó recuperar el control de la narrativa. —Lisbeth, él solo está intentando corporativizar este momento. Vámonos. Tengo los pasajes para la conferencia en Ginebra. Mañana. Sin directivas, sin Grace, sin informes. Solo nosotros y la ciencia.

Lisbeth miró a Julián. Miró a Alejandro, que ahora tenía una mancha de grasa en su camisa blanca de algodón egipcio y estaba arreglando un cortocircuito en el panel principal.

—Julián... —comenzó Lisbeth, y el tono de su voz hizo que Alejandro detuviera sus manos—. Ginebra suena a la vida que solía querer. Pero este Ogro manchado de grasa... —sonrió, y fue esa sonrisa que Alejandro sabía que valía más que toda la capitalización bursátil de South Company— ...este Ogro es el único que sabe que si voy a Ginebra, probablemente termine intentando comprar la ciudad.

Alejandro se levantó, triunfante bajo su nueva capa de suciedad industrial. —Señor Varsi, su auditoría emocional ha fallado. El ROI de nuestro matrimonio no es de su incumbencia. Pero si quiere, puede quedarse con el almacén. El contrato de arrendamiento vence a medianoche y, por pura coincidencia, South Company acaba de comprar el terreno para un centro de distribución.

Julián se quedó pálido. La jugada de Alejandro había sido perfecta: una mezcla de celos, ingeniería y una adquisición inmobiliaria relámpago.

—Vámonos a casa, Tormenta —dijo Alejandro, ofreciéndole su mano sucia—. Grace nos espera con el informe de Dubái y, según me dijo, ha encontrado una forma de declarar tus experimentos en el muelle como "Investigación de Campo Deducible de Impuestos".

Lisbeth tomó su mano, riendo. El equipo perfecto del caos acababa de demostrar que su mejor defensa era, precisamente, no tener defensa




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