Björn Holm llegó a la sede de South Company vestido con un traje de lana gris que no tenía ni una sola arruga. Sus ojos azules escrutaban cada rincón buscando el menor rastro de desorden.
Al entrar, se encontró con una recepción inmaculada. No había incienso, no había música bohemia. Grace lo recibió con un saludo en noruego perfecto y una carpeta digital que contenía el itinerario exacto de la visita, desglosado en intervalos de cinco minutos.
—Impresionante —gruñó Björn—. Espero que la doctora Manrique-Albán sea tan precisa como su recepción.
En la oficina principal, Lisbeth vestía un traje sastre tan impecable que parecía una estatua de mármol. Había escondido su libreta de dibujos y en su lugar tenía una pantalla con diagramas de flujo que ni ella misma entendía del todo.
—Bienvenido, señor Holm —dijo Lisbeth, con una voz ensayada para sonar como un GPS—. Procederemos a la revisión del Marco de Operación Sostenible.
La reunión fue una tortura de tres horas de lógica pura. Pero a mitad de la presentación, ocurrió el desastre. Un sistema de tuberías en el piso de arriba (un experimento olvidado de Lisbeth sobre "hidroponía urbana") colapsó, y un chorro de agua con tinte vegetal verde empezó a filtrarse por el techo, justo sobre la mesa de cristal donde Björn tenía sus documentos originales.
Alejandro se tensó. El "Espejismo" estaba a punto de romperse. Pero Lisbeth no se inmutó.