Cuando la fiesta llegó a su punto máximo, Lisbeth pidió silencio golpeando una cuchara contra su copa. El equipo, una mezcla heterogénea de puristas conversos y creativos salvajes, se reunió a su alrededor.
—Hace unos meses —comenzó Lisbeth—, Phoenix Capital nos dijo que éramos una anomalía. Nos dijeron que nuestro sistema era un riesgo. Pero aquí estamos, con el contrato más grande de la historia de la empresa, un sótano lleno de secretos que nadie podrá descifrar y un equipo que sabe que, cuando el techo gotea verde, lo que hacemos es pintar un mapa.
—A Grace —continuó Lisbeth, levantando su copa hacia ella—, por entender que la verdadera trazabilidad no está en los papeles, sino en las personas. A Alejandro, por aprender a ensuciarse el traje para salvar el experimento. Y a todos ustedes, por ser las variables de caos que hacen que esta empresa valga la pena.
—¡Por el Caos! —gritó el equipo al unísono.
Mientras la música volvía a subir de volumen, Lisbeth se acercó a Alejandro y lo besó. —¿Crees que Santiago nos esté viendo desde su oficina de cristal en Phoenix Capital? —preguntó ella.
—Si nos está viendo, probablemente esté redactando un informe sobre por qué este nivel de decibelios es ineficiente para la digestión —respondió Alejandro, abrazándola—. Pero ya no importa. Somos inmunes a su lógica, Tormenta.
En la esquina de la azotea, Grace observó la escena. Sacó de su bolsillo la vieja foto de Alejandro joven que encontró en el Archivo Muerto y, con un gesto decidido, la lanzó al aire, dejando que el viento se la llevara sobre la ciudad. Ya no necesitaba pruebas del pasado para entender al hombre del presente.
Grace tomó un sándwich de pavo y provolone, lo levantó hacia el unicornio de cristal y susurró: —Estrategia de estabilidad para mercados volátiles. Ja.
La guerra del protocolo había terminado. La era del Caos Inteligente acababa de comenzar.