La Favorita

IV

El nudo en su garganta le impedía formular palabra alguna y la severa mirada de la anciana no le ayudaba en nada.

— Responde, niña. — Hazel no despegaba la vista del libro entre sus manos y los nervios florecían haciéndola titubear—. Sabes que no puedes entrar aquí a menos que sea para limpiar, pero tú no eres a quien asigné, ¿Qué hacías aquí?
La sonora voz del ama de llaves llenaba el lugar e incluso se oía desde la planta baja dónde Thomas, que recién había llegado, se inquietaba por los gritos. 
Al entrar al estudio las dos mujeres lo observaron con sorpresa y vergüenza por la reciente escena.

— ¿Qué sucede aquí? —inquirió en un tono neutro, pero con una intensa mirada de intriga.

— Nada, señor. No se preocupe— respondió enseguida el ama de llaves.
— ¿Qué no pasa nada? Llego a mi hogar y lo primero que escucho son gritos suyos— Thomas las observó por un momento—. ¿Cuál fue el inconveniente?

— Pues, señor...—comenzó algo nerviosa— Encontré a Hazel en su estudio sin mi permiso y la estaba reprendiendo por ello, pero es un tema nuestro, no tiene porqué molestarse— concluyó la anciana con una sonrisa nerviosa.
Mientras escuchaba la explicación, Thomas no pudo evitar ver que Hazel estaba cohibida evitando cualquier contacto visual mientras apretaba con fuerza el libro entre sus manos. Libro que para Thomas ahora tenía otro significado.

— ¿Puede dejarnos a solas? — Thomas invitó a el ama de llaves y a pesar de no parecerle correcto, aceptó no sin antes darle una última mirada furiosa a la joven.

Una vez completamente solos, Hazel espero otra reprimenda, sin embargo, lo único que escuchó fue a Thomas reír con sorna. Más que sorprendida la joven no pudo evitar levantar la mirada para encontrarse con un par de esferas verdosas adornadas con una chispa de ilusión.

— ¿Entonces se trató de ti todo el tiempo? —Se cuestionó al mismo tiempo que le arrebataba suavemente el libro de las manos.

Hazel estaba muda, había sido descubierta y no sabía si eso era bueno o malo. No comprendía la reacción de Thomas y no sabía si su respuesta ante el reciente descubrimiento debía tomarlo como algo alentador. Estaba confundida y, por sobre todo, aterrada.
— Lo siento mucho, señor— se disculpó titubeando—. No entre con malas intenciones. Prometo que no se volverá a repetir.

— ¿Cuáles fueron sus intenciones al entrar aquí entonces? — cuestionó Thomas tratando de ocultar la diversión en sus palabras. Ni él mismo comprendía el porqué, pero encontraba aquella situación divertida. Claramente, eso era llevado por la chispa de felicidad y esperanza que el descubrir a la culpable de esas notas había causado en él. 
Hazel tenía una respuesta a su pregunta, ella había entrado a ese estudio, a esa mansión y a su vida con un objetivo. No podía contener más la verdad sus intenciones, ni la verdad sobre lo que la empujaba a confesarle todo a aquel noble caballero. 
— Vine aquí con la intencionalidad de enamorarlo y....— sus palabras costaban en salir por el nudo que dolorosamente se formaba en su garganta ante la terrible confesión— y llevarlo lejos de Londres y del negocio de su padre—. Concluyó Hazel volteando a ver la cara al hombre que había convertido en su víctima.

La leve sonrisa que se había formado en los labios de Thomas al escuchar las primeras palabras de la chica, se esfumó, al igual que gran parte de su esperanza. 
— El Señor Miller me envió— los ambarinos ojos de la joven se encontraban cristalizados y su cálida voz quebrada por la confesión de sus culpas. — Ese terrible hombre no quiere que siga con el negocio que su padre dejó. Dominado por la ambición y aprovechándose de mi urgente situación, me encomendó venir aquí, — pausó comenzando a sollozar— llegar a su corazón y persuadirlo para dejarlo todo, pero— sus lágrimas nublaron completamente su vista hasta caer por sus sonrosadas mejillas. —No pude, no puedo hacerlo. Usted no lo merece, ni Emily tampoco.

Thomas no había articulado palabra alguna en aquel discurso. Sólo se quedó allí, observando a aquella alma que desconsoladamente se consumía en culpa y remordimiento. Él se encontraba analizando todo con cautela. Su corazón, involuntariamente, dolía por las recientes circunstancias, pero sabía perfectamente que le dolía aún más ver aquellas lágrimas empañar esos ojos ambarinos que le robaban el aliento. 
Thomas ahora sabía mucho más de lo que pretendía, pero se sentía seguro de que esa joven de cabellos oscuros era una buena persona, incapaz de cumplir con una terrible tarea, a pesar de saber que el bienestar de su hermana dependía de ello. Debía concederle eso.
No podía culparla ni castigarla por algo en lo que fue utilizada solo como un peón, debía llegar al fondo de todo y llegar al verdadero responsable de aquella situación que había dañado su orgullo y su corazón. 
El caballero se acercó a Hazel ofreciéndole su pañuelo de seda, acto que la sorprendió. 
— Debo confesarle que sus declaraciones me han dejado un sabor amargo, pero le comprendo— Thomas habló por primera vez—. Soy consciente de lo que es la ambición y de lo que puede ser capaz en un hombre. Y también soy consiente su bondad y le concedo mis respetos por tan honorable confesión a pesar de sus circunstancias. — La intensidad y calidez con que había pronunciado aquello hizo mello en Hazel— Por ello y por exigir algún tipo de satisfacción, le ruego que se quede y que continúe con la labor que vino a cumplir. 
— No entiendo, señor— la mirada confundida de Hazel se clavó en la del caballero, causándole una leve sonrisa, acto que la dejó aún más confundida.




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