La doctora Clara Méndez era una de las mentes más brillantes de la prestigiosa clínica de fertilidad *Nuevas Vidas*. Analizaba muestras, programaba ovulaciones y unía gametos con una precisión milimétrica. Sin embargo, al cumplir los treinta, su reloj biológico empezó a sonar con la fuerza de una alarma de emergencia. Tenía un excelente salario, un apartamento propio y un amor infinito para dar. No necesitaba un esposo para ser feliz, pero deseaba con toda su alma ser madre.
El único problema en su perfecta ecuación era el doctor Mateo Silva, el director de la clínica y su eterno amor platónico desde los días de la facultad de medicina. Mateo era brillante, absurdamente atractivo y un adicto al trabajo que veía la vida a través de protocolos estrictos.
Esa tarde, Clara entró a su oficina con un expediente en las manos y el corazón en la garganta.
— Mateo, necesito hacerte una propuesta profesional... y personal.
Mateo levantó la vista de su tableta, dedicándole una sonrisa de medio lado.
— Soy todo oídos, doctora Méndez. ¿Es sobre el nuevo software de crio preservación?
— No. Quiero que seas mi donante de esperma. Tengo los medios, la estabilidad y quiero tener un hijo. Tus genes son excelentes y... bueno, confío en ti.
Mateo se quedó congelado un segundo, pero luego soltó una carcajada limpia, pensando que se trataba de una de las típicas bromas de pasillo para aliviar el estrés de las cirugías.
— Muy buena esa, Clara. Casi me la creo. Pero en serio, la clínica tiene políticas muy estrictas sobre la ética profesional. No nos prestamos para "favores de oficina". Además, eres demasiado joven para rendirte con el romance tradicional.
Clara sintió que las mejillas le ardían. No era una broma. Ver que el hombre del que había estado enamorada en silencio durante una década despachaba su mayor deseo como un juego dolió en lo más profundo de su orgullo.
— Tienes razón, doctor Silva —dijo Clara, recuperando su postura profesional y fría como el hielo—. Fue una tontería pedírtelo. Olvídalo.