Al día siguiente de la cena, Clara decidió subir la apuesta. Para demostrarle a Mateo que no dependía de él ni de Adrián, imprimió una enorme y detallada lista con los perfiles de tres donantes anónimos de bancos internacionales y la dejó sobre el escritorio de Mateo.
— Ya que tienes dudas sobre los donantes internos, aquí tienes mis tres opciones de bancos externos —dijo Clara, cruzando los brazos—. Analízalas como director de la clínica y dime cuál es la mejor. Tienen fotos de la infancia, registros de coeficiente intelectual y perfiles psicológicos.
Mateo miró las hojas con desprecio inmediato.
— El candidato A tiene antecedentes de miopía severa en su familia. El candidato B tiene un historial de alergia al gluten. Y el candidato C... bueno, su mandíbula no es simétrica. Sería un desastre estético.
Clara soltó una carcajada irónica.
— ¡Estás loco! Son perfiles de salud perfectos. Ninguno tiene fallos genéticos reales.
— Ninguno de ellos es lo suficientemente bueno para ti, Clara —dijo Mateo, levantándose y arrastrando las hojas hacia la trituradora de papel de su oficina. Con un zumbido, los perfiles desaparecieron—. Si vas a traer una nueva vida a este mundo, tiene que ser perfecta. Y estos extraños de catálogo no dan la talla.
— ¡Es mi cuerpo y es mi decisión! —gritó Clara, exasperada por su actitud posesiva—. Si sigues saboteándome, haré el procedimiento en la clínica de la competencia. Adrián ya se ofreció a acompañarme allí.
El nombre de Adrián actuó como el detonante final en la paciencia de Mateo.