Las lágrimas acudieron a los ojos de Clara, pero esta vez eran de pura felicidad. El hombre frío e inalcanzable finalmente había bajado la guardia, entregándole la declaración que ella había esperado durante tanto tiempo.
— Eres un idiota posesivo, Mateo Silva —susurró ella, acercándose y tomándolo por las solapas de su bata médica.
— Lo soy. Pero soy tu idiota. ¿Me dejas enmendar mi error? —preguntó él, con la mirada llena de una ternura que nunca antes le había mostrado.
Clara no respondió con palabras. Se puso de puntillas y lo besó, un beso que selló el final de los años de distancia y el inicio de una nueva dinámica entre ellos. Mateo la abrazó por la cintura, levantándola ligeramente del suelo, sintiendo que finalmente tenía en sus brazos lo único que realmente le importaba.
Esa tarde, el personal de la clínica notó que la puerta del director permaneció cerrada durante horas, y que cuando ambos salieron, la doctora Clara ya no llevaba su carpeta de donantes bajo el brazo.