La Fórmula Del Caos

CAPÍTULO 3: La Prueba del Cuello de Botella

El indicador luminoso sobre la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos cambió bruscamente de verde a rojo. Tres pitidos secos y estridentes atravesaron la Central de Mezclas.

Julián levantó la cabeza de golpe. El cambio en su actitud fue instantáneo.

Un segundo antes estaba inclinado sobre la pantalla de la computadora, explicándole con frialdad a Valeria el registro de temperaturas de almacenamiento. Al siguiente, toda su postura corporal era la de un hombre en estado de alerta máxima.

Código azul en Pediatría. Cama cuatro —resonó la voz del sistema por los altavoces.

Valeria congeló los dedos sobre el teclado. Julián ya estaba en movimiento antes de que la alarma terminara de sonar.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella, poniéndose en pie.

La impresora térmica comenzó a expulsar una orden prioritaria con un chirrido frenético. Julián arrancó el papel de un tirón y lo leyó en medio segundo. Su expresión se volvió de piedra.

—Paciente pediátrico. Sepsis grave. Necesita un esquema de antibióticos de amplio espectro e inotrópicos inmediatamente.

Tomó los viales de la reserva de urgencia y se dirigió a paso firme a la campana de preparación.

—¿Qué necesitas que haga? —preguntó Valeria, siguiéndolo de cerca.

Julián la miró. Durante una fracción de segundo, pareció considerar la opción de pedirle que no estorbara. Pero la urgencia en los ojos de ella le hizo cambiar de opinión.

—Despeja la mesa de preparación y activa el protocolo de emergencia en esa computadora.

Valeria no dudó. Se cruzó al monitor contiguo.

—¿Cuál protocolo?

—El de shock séptico pediátrico. Está fijado en la pantalla principal.

—Ya está activo. Pidiendo validación de doble ciego.

Julián se lavó las manos con técnica quirúrgica en tres segundos y se calzó los guantes de nitrilo. Valeria observó cómo el hombre que había pasado los últimos dos días discutiendo cada cifra de costos con ella se transformaba frente a sus ojos.

No había ironía. No había sarcasmo. Tampoco había espacio para el ego. Solo una concentración abrumadora.

—Concentración de vancomicina —pidió él, ajustando la jeringa.

Valeria leyó la pantalla sin dudar.

—Quince miligramos por kilo. Cincuenta mililitros de solución salina al cero punto nueve por ciento.

—Confirmado —respondió él, aspirando el líquido con precisión milimétrica—. ¿Volumen final?

—Cincuenta y dos punto cuatro mililitros.

—Estabilidad.

—Dentro del rango de dos horas a temperatura ambiente.

—Correcto.

La preparación avanzaba a una velocidad prodigiosa. Valeria desvió la mirada hacia el cronómetro de pared. Dos minutos. Tres. Julián trabajaba con una elegancia mecánica impactante: cada ampolla, cada purga de aire, cada sellado. Parecía seguir una secuencia gravada en su memoria muscular tras años de madrugadas difíciles.

En menos de cuatro minutos, la nutrición y los antibióticos estaban listos en el contenedor estéril. Julián selló la bolsa con la etiqueta roja de urgencia. Pero al mirar el reloj digital, su rostro se ensombreció.

—Tenemos un problema.

—¿Cuál? —preguntó Valeria.

—El envío. El sistema de tubo neumático está fuera de servicio.

—¿Desde cuándo?

—Desde el martes. La tubería tiene una fuga de presión.

Valeria abrió inmediatamente el módulo de logística en su tableta.

—Podemos usar el ascensor de servicio.

—Tarda cuatro minutos como mínimo en bajar desde el sexto piso —negó él—. El paciente no tiene cuatro minutos.

Valeria amplió a toda prisa el plano tridimensional del edificio. Sus ojos recorrieron las rutas de evacuación y mantenimiento como si resolviera un rompecabezas.

—Espera —dijo ella, deteniendo el dedo sobre el mapa gráfico—. El montacargas de la cocina central.

—Está reservado para insumos pesados y bloqueado para el personal médico.

—Pero está conectado a la red eléctrica de emergencia y pasa justo por detrás de la UCI Pediátrica —replicó Valeria, tecleando a velocidad sobrehumana—. El plano general de la clínica lo oculta, pero el diagrama de ingeniería operativa lo registra.

Julián miró el reloj. Luego la miró a ella.

—¿Puedes desbloquear el acceso desde tu nivel de auditora?

—Tengo autorización de nivel cinco —Valeria introdujo sus credenciales corporativas—. Acceso autorizado en tres, dos, uno... Listo. El montacargas está bajando.

Julián tomó el contenedor térmico.

—Muéstrame el camino.

Corrieron. El sonido de los pasos de Julián y los tacones de Valeria retumbó en el pasillo administrativo, desierto a esa hora. Por primera vez en su vida profesional, Valeria no estaba pensando en márgenes de ganancia ni en costos por dosis. En su mente solo existía una variable: el tiempo.




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