El semáforo había cambiado a verde hacía varios segundos.
Julián seguía inmóvil, sujetando el volante con los nudillos blancos. La pantalla de su teléfono continuaba encendida sobre el tablero, mostrando la imagen escaneada:
PROTOCOLO CLÍNICO ESPECIAL: FÓRMULA 17
ESTADO: ENSAYO DE ESTABILIDAD EN SUJETOS CRÍTICOS
RESPONSABLES: DRA. ELENA VARGAS / Q.F. PEDRO VALENZUELA
Y debajo, el texto del mensaje anónimo:
«Si quieren entender por qué se manipuló el inventario de la Central de Mezclas, pregunten en la Junta por el destino de la Fórmula 17. Su padre intentó destruirla antes de morir.»
Valeria volvió a leer la pantalla. Una vez. Dos veces.
—Avanza —dijo finalmente, con voz serena pero tajante.
Julián no reaccionó.
—Julián.
Él parpadeó, soltó el freno y el vehículo se puso en marcha. Las luces amarillas de la avenida comenzaron a resbalar sobre el parabrisas mojado.
—Mi padre nunca me habló de una Fórmula 17 —dijo Julián, con la vista fija en el asfalto.
—Pero su firma aparece al pie del documento.
—Lo sé.
—Entonces alguien te mintió.
Julián apretó el volante.
—O alguien me ocultó una verdad que nunca sospeché.
Valeria observó la carretera, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Hay una tercera opción. Que el documento del laboratorio sea real, pero que la frase sobre tu padre sea una trampa.
—¿Por qué harían eso?
—Porque quien envió el mensaje necesita que reaccionemos con la cabeza caliente. Que cometamos un error.
—¿Y crees que lo logró?
Valeria guardó silencio un instante antes de responder.
—Sí —admitió—. Hace media hora estábamos investigando un robo de medicamentos y firmas clonadas. Ahora estamos buscando el fantasma de tu padre. Quien envió esto logró desviarnos hacia su propio terreno.
—Entonces nos están guiando a una trampa.
—O nos están dando la única pista que no pudieron borrar a tiempo —corrigió ella—. La pregunta es qué van a hacer cuando vean que no nos detuvimos.
Quince minutos después, el automóvil se detuvo frente a un edificio residencial de fachadas sobrias. La lluvia había cedido, dejando solo una niebla baja y húmeda.
Julián apagó el motor. Durante unos segundos, ninguno de los dos abrió la puerta.
—¿Seguro que quieres entrar? —preguntó Valeria.
Él se quedó mirando el reflejo del limpiaparabrisas.
—No.
—Perfecto.
Julián la miró de reojo.
—¿Perfecto?
—Prefiero que sientas cautela a que actúes con exceso de confianza.
Una breve sonrisa asomó en el rostro de Julián.
—Empiezo a pensar que te agrada llevarme la contraria.
—Solo cuando las circunstancias lo exigen.
Salieron del auto y subieron por las escaleras en silencio hasta el cuarto piso. Al llegar a la puerta de su departamento, Julián detuvo la llave a milímetros de la cerradura.
—¿Pasa algo? —preguntó ella.
—Hace años que no abro este capítulo de mi vida.
—¿El de tu padre?
Julián asintió despacio.
—El de todo lo que quedó a medias, cuando falleció.
Valeria miró la puerta metálica y luego a él.
—Entonces hoy empezamos a cerrar los cabos sueltos.
El departamento olía a café frío y libros guardados. La luz cálida de la sala contrastaba con la frialdad estéril del hospital. Sobre la pared principal, una biblioteca de madera alojaba manuales de farmacología, tratados de medicina interna y volúmenes de física y gestión.
Entre los libros descansaba un retrato enmarcado: Pedro Valenzuela posaba sonriente junto a un Julián más joven. Ambos vestían la tradicional bata blanca de laboratorio.
Valeria se detuvo ante la fotografía.
—Te pareces a él —comentó.
Julián dejó las llaves sobre la mesa del recibidor.
—Todo el mundo decía que era idéntico a mi madre.
—¿Tu madre vive?
—Sí. En el sur.
—¿Ella sabe algo de esto?
La ligera sonrisa de Julián se extinguió.
—Mis padres mantenían una regla estricta: el trabajo se quedaba en la clínica. Si mi padre estaba investigando algo peligroso, jamás lo habría mencionado en el comedor.
Caminó hacia el escritorio del fondo y comenzó a abrir los cajones. El primero estaba lleno de carpetas de la universidad; el segundo, de documentación personal. Vacíos de lo que buscaba.
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Editado: 26.08.2026