La fortuna de poder tenerte

Como siempre

Me desperté antes de que sonara mi alarma. Como siempre. Mi cuerpo ya no la necesitaba. Supongo que cuando uno se acostumbra a dormir ligero, deja de depender de sonidos externos. Realmente no me acuerdo cuándo fue la última vez que la alarma verdaderamente me despertó, o cuando fue el último día en el cual no tuviera algo que hacer a la mañana siguiente. La verdad es que no sabría que hacer si no fuera así.

Hay veces en las cuales me pregunto cuánto tiempo más puedo seguir así.

Pero no tiene sentido darle vueltas. Hay cosas más importantes.

Al poco rato sonó mi alarma. Suri, la cual dormía en mi regazo. Despertó con el sonido de mi despertador, estirando sus pequeñas patas y ronroneando. Aquello era algo relajante para mí.

—¿Qué pasa, Suri? ¿Te ha despertado mi alarma?

Comencé a acariciar su diminuta cabeza mientras ella empezaba a revolcarse en mi pecho con su cuerpo.

Decidí levantarme y tender mi cama, Suri me observaba a lo lejos mientras lo hacía. Cuando terminé, pegó un salto hasta la cama y dio unos círculos en su propio eje antes de acomodarse. Siempre me sorprendía la facilidad que tenía para poder quedarse dormida en un santiamén y sin culpa alguna.

Saqué mi ropa que había preparado un día antes para que mi tiempo me rindiera a la perfección, me di una ducha rápida y me vestí. Dejé que mi cabello dejara de escurrir mientras acomodaba archivos importantes y todo aquello que me pudiera ser útil durante mi trabajo, después lo cepille para que no pareciera desarreglado. Debía tener una imagen presentable. No podía permitirme dar una apariencia descuidada por el bien de la empresa.
Me quede viendo mi reflejo durante un tiempo innecesario. Había cambiado bastante hasta el punto en el que no podía reconocerme a mí mismo. No le tomé importancia y salí de la habitación.

Mi mente divago con lo anterior. ¿Cómo se llama aquel sentimiento en el cual sabes que estas mal, pero no haces nada? En aquel en el cual sientes que te ahogas de forma tan lenta y no sabes que hacer para poder evitarlo. En aquel que simplemente asumes que así es y así va a ser.

No lo se.

Cuando llegué a la cocina, encontré a Lucas, mi hermano, sentado en una de las sillas del comedor revisando su teléfono; no tardo en captar mi presencia y retirar su celular de su vista para saludarme.

No teníamos una buena comunicación, pero ese no era algún motivo para ignorarlo.

—Hola, Sebastián —dijo y después agregó—, buenos días.

—Buenos días, Lucas. —respondí.

—¿Cómo estás?

—Bien ¿Y tú? —Mire a los lados para averiguar qué es lo que hacía —¿Desayunas?

—Bien, y sí, desayuno para después alistarme.

—En ese caso. ¿Te importa que te acompañe?

Negó con la cabeza y volvió a ver su celular. Empecé a buscar que es lo que podría desayunar y después me senté al otro extremo de la mesa.

Después de eso ninguno de los dos pronuncio ninguna palabra, no queríamos empezar una guerra la cual no tendría fin. La tensión era evidente, pero permanecimos en silencio. Ninguno lo decía, pero el silencio decía que los dos estábamos de acuerdo en que no queríamos empezar un conflicto a primera hora de la mañana.

Finalmente, Lucas termino de comer y se levantó de inmediato. Lavo su plato y antes de salir me dedico unas palabras.

Cortesía más que otra cosa.

—Provecho. Que te vaya bien en el trabajo.

—Gracias —le dije—, que te valla bien en la universidad.

—Gracias.

Después de eso se retiró del comedor sin decir ni una palabra más.

Solo pasaron unos cuantos segundos y el nudo en mi garganta había desaparecido por completo, mis hombros dejaron de sentirse tensos y sentí un alivio inmediato.

La familia podía resultarme algo compleja y abrumadora de vez en cuando.

Cuando termine, regrese a mi habitación, me lave los dientes y me puse el reloj de mano que me había regalado Iris, mi única hermana. Era una de las pocas cosas las cuales usaba con regularidad. No me gustaba el tener que usar ese tipo de cosas, aunque con ese reloj era distinto.

Acaricié a Suri por última vez antes de irme a trabajar, agarré mi mochila y salí de la que era mi casa aproximadamente a las siete y media. Tenía tiempo suficiente para no ir corriendo a la oficina.

En el camión, solamente me senté en un lugar que tuviera ventana y dejé mis cosas en mi regazo. Para esa hora la Ciudad de México ya estaba en movimiento constante, coches atorados en el tráfico, personascaminando para llegar a sus trabajos, niños y adolescentes esperando la entrada de su escuela. En fin, un mar de gente.

Desde ya hace mucho me había acostumbrado a el movimiento rápido y ajetreado de las personas, siempre había vivido así. Aunque llegaba a ser algo fastidioso de vez en cuando.

Todos se dirigían a alguna parte.

Yo igual.

Aunque no sabía si era el lugar correcto.

Mi vida siempre fue control. Rutina.




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