La fortuna de poder tenerte

Una grieta en la rutina

Mi vida se podría dividir de forma clara en dos partes: casa y trabajo.

No había algo más que pudiera decir de mi vida además de esos dos lugares. Aunque mi mente intentara pensar en más, mi vida se definía ahí. ¿Realmente había algo más que eso?

Finalmente, el camión se detuvo cerca del edificio en donde trabajaba, aunque el tráfico era inmenso a esas horas, aún tenía tiempo de sobra para llegar sin prisas. Bajé junto a un par de personas que parecían apuradas por la hora. Mire mi reloj por última vez, siete cincuenta; aún era temprano.

El edificio de Grupo Altiora se alzaba frente a mí, tan ordenado y serio como siempre.

No era algo perfecto, pero servía.

Entré al edificio, saludé al guardia de la recepción con un gesto de cabeza. Después me dirigí directamente hacia el ascensor. No lo necesitaba pensar demasiado. Después de años, mi cuerpo sabía exactamente qué hacer, cuando hacerlo y cómo hacerlo sin cometer errores.

Todo era rutina y diciplina.

Hasta que un día dejó de serlo.

Cuando el ascensor finalmente abrió sus puertas, salí con paso ligero y registré mi llegada. Saqué las cosas de mi mochila, prendí la computadora y empecé con mi trabajo.

Mi trabajo consiste en revisar informes, coordinar procesos y asegurarme de que todo funcione cómo debe.

No es emocionante, pero es estable.

Y la estabilidad siempre ha sido crucial para mí.

Mientras revisaba que mis informes fueran correctos, mi jefe se acercaba discretamente a mi escritorio.

Finalmente paro al estar lo suficientemente cerca de mí, aunque aún había una distancia considerable que nos separaba.

—Buenos días, Sebastián.

Alcé ligeramente la vista hasta su rostro, dejando los documentos que tenía en la mano en el escritorio.

—Buenos días, jefe.

Usualmente mi jefe no se acercaba a nadie sin alguna razón detrás. Supe desde el primer momento que algo pasaba sin la necesidad de preguntar, solo que no sabía que era.

—La sucursal de Puebla tiene algunos problemas administrativos. Necesito que viajes dentro de dos semanas para revisarlo.

Viajar no estaba en mis planes, aunque siendo honesto no sabía si es que tenía alguno. Pensé durante unos segundos.

Un viaje era algo que no estaba en mi rutina, nunca lo había contemplado. No era algo que pudiera controlar o que pudiera haber planeado, era salir de mi zona de confort. Aunque tampoco era algo que yo pudiera decidir.

—Está bien.

Después de eso mi jefe se retiró a su oficina y me dejó sin alternativa alguna de decirle algún, pero o excusa. Aunque no creo que lo hubiera

podido hacer, y que aquellos pensamientos se quedarían así.

Solo pensamientos de lo que pude haber dicho.

Después, volví a recoger los papeles que hace unos momentos había dejado sobre la mesa. ¿Qué es lo que se supondría que debía hacer?

Nunca fui el tipo de persona que se queja cuando algo no le agrada.

Más bien siempre he sido del tipo de personas que callan todo y solo hacen aquello que la sociedad les dice sin cuestionamiento.

Después de todo, la sociedad siempre tacha a aquellas personas que desafían al sistema como un problema.

Por dentro, mi mente siempre quiso ser libre. Vivir.

Y ahora ya no sé si esa persona que fui ayer sigue viva... o si es que, entre tanto había desaparecido.

Sacudí ligeramente la cabeza.

El pensar por mucho tiempo nunca me había ayudado a terminar con mi trabajo. Solo era una distracción que me alejaba de la realidad.

Intenté volver a la realidad. Enfocarme en mi trabajo. Pero cada que hojeaba entre las páginas de los informes, un pensamiento quedaba firme en mi mente.

Era difícil de ignorar, aunque era tan fácil esconder con una imagen falsa aquello que pensaba.

Era tan sencillo hacer que nadie se diera cuenta.

Pero se me hacía una tarea imposible el poder silenciar mi mente.

El viaje para muchos parecería un juego. Para mí, significaba un riesgo.

El resto del día fue como cualquier otro. Informes, correcciones y más informes.

Finalmente me detuve frente a la puerta principal. Observe unos segundos el edificio antes de entrar.

Casa.

O por lo menos eso se supone que es.

Unos segundos después de entrar, unos pequeños pasos se dirigían hasta mí. Suri empezó a revolcarse ligeramente entre mis piernas haciéndome tambalear.

Poco después me agache y la tome en brazos, el calor de su pequeño cuerpo era reconfortante después de un día pesado.

Iris, que me observaba desde el marco de la cocina, no pudo evitar el reírse por verme tan vulnerable con Suri.

Yo solo pude agachar la mirada y seguir acariciando a Suri.

—¿Vas a cenar?

—Si, no tardo en bajar.

Aun con Suri en brazos me dirigí hasta mí habitación.

Ya ahí Suri abrió los ojos y se dirigió directamente hasta la cama, yo deje mis cosas y baje a la cocina.

Cuando llegue la mese ya estaba servida y Luka e Iván estaban sentados.

Mis hermanos voltearon a verme. Pero la única que decidió hablar fue Iris.

—Pensé que nunca bajarías —dijo con una voz algo burlona.

—Solo dejé mis cosas —respondí mientras tomaba asiento.

Después de eso Iván me dirigió la palabra.

—¿Qué tal te fue en el trabajo?

Analice lo que paso en el día.

Aunque claramente sabía que era lo más relevante. No podía evitar el tema. Era algo que tarde o temprano se debía de saber.

Lo de siempre —Me pase una mano por el cuello—. Aunque me

temo que tendré que viajar en un par de semanas por trabajo.

Los tres mostraron una expresión sorprendida. No era de esperarse, hace mucho que no hacía nada fuera de mi rutina.

Luka no pudo evitar hacer un comentario.

—¿Desde cuándo viajas?

—No es algo que este en mis manos —Analice mi respuesta—. Es por trabajo.




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