Hay veces en los que el silencio de un hogar puede llegar a decir más que mil palabras.
Eso era algo que creía con firmeza.
Era algo que creía incapaz de ser lo contrario.
Me encontraba perdido entre mis pensamientos, recargándome en la ventana de mi habitación.
La mañana era fría, aunque no me incomodaba.
Me gustaban ese tipo de climas; siempre me habían parecido reconfortantes.
Era fin de semana. Fácilmente podía recostarme en mi cama y no salir en todo el día de mi cuarto si es que me daba la gana.
Aunque había algo de mí que simplemente no podía.
Mi vida solo era un bucle sin fin. Hacer exactamente lo mismo todos los días.
Mi mente no dejaba de funcionar, nunca lo hacía.
Solo que ahora empezaba a hacerlo con más regularidad hasta el punto de no poder estar tranquilo.
¿Cómo se supone que pudiera estar tranquilo cuando no era el tipo de persona que se toma todo a la ligera?
La vida me exigía estabilidad, no facilidad.
Y la estabilidad era algo que pasó a ser parte de mí... sin consentimiento.
El tiempo transcurría mientras yo permanecía inmóvil, perdiéndome en mis pensamientos en aquella ventana.
Había tantas maneras de perder el tiempo... pero mi cuerpo permanecía quieto, como si el quedarse varado en ese sitio me pudiera dar alguna de las respuestas a mis inquietudes.
Aunque no estaba seguro de que alguna vez las encontrara.
Después de eso, mi mente volvió hasta el suelo.
No podía estar todo el tiempo divagando sin rumbo alguno.
Eso no solucionaría nada.
Decidí levantarme, aun de mala gana de la ventana y dirigirme hasta mi mochila.
Me había resignado a ver aquellos papeles que me hacían recordar que en poco más de una semana tendría que tomar un autobús e irme a Puebla sin poder negarme.
Me senté en la cama y abrí el portafolios en el cual había colocado los documentos.
Un escalofrió recorrió mi espalda apenas tocarlos.
La incertidumbre me consumía.
No sabía en donde me quedaría, cuanto tiempo o exactamente qué era lo que tenía que hacer.
Tenía más dudas que respuestas.
Y solo algo era seguro.
No podía retroceder en el tiempo y negarme. Aunque tampoco lo haría en el presente.
Mis dedos empezaron a hojear entre las paginas
Como ya sabía, la sucursal tenía grandes daños.
Había tantas cosas que me bloqueaban la vista para poder ver por donde comenzar.
¿Cómo iniciar?
Me sentía acorralado.
Encerrado.
Preso.
Y eso me generaba miedo.
De pronto, unos golpes suaves resonaron en la puerta de mi cuarto.
Mi mirada se dirigió rápidamente hasta la entrada y después hable.
—Pase.
Una figura pequeña se pudo apreciar en el marco de la puerta. Era Iris.
—Hola, hermano. Buenos días
—Buenos días.
—¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú?
—Bien. ¿Estás viendo lo del viaje a Puebla?
—Sí.
—¿Ya sabes a dónde vas a ir o por cuánto tiempo te vas a quedar?
Negué con la cabeza y ella se dirigió hasta mí dedicándome una sonrisa amable. Yo solo suavicé mis facciones y la seguí con la mirada.
—Un viaje afuera de la ciudad no suena mal.
Mi mirada descendió hasta el suelo, mi mirada marco una expresión de tristeza y ella puso su mano en mi espalda como forma de consuelo.
—Tal vez.
—No pareces muy contento con la noticia.
—Es que no quiero ir...
Mi voz se quebraba al intentar pronunciar aquellas palabras. El decirlo en voz alta me hizo sentir más vulnerable de lo que creí.
El corazón se me hiso pequeño y mi ceño se frunció.
—¿No puedes simplemente negarte?
—No es tan fácil. La compañía necesita que alguien supervise la sucursal, el jefe no puede hacerlo él mismo y yo soy el único al que le puede encomendar esto.
—Ya veo.
Suri se interpuso un momento, poniendo su cabeza en mi brazo en forma de que quería que le pusiera atención y yo la abrace un poco.
—Míralo de esta forma.
Mis ojos volvieron a ella. Aunque yo estaba más concentrado en Suri.
—No es algo que tú quieras, pero es una oportunidad de poder hacer cosas nuevas y de experimentar nuevos caminos. No has salido solo de la ciudad desde la muerte de papá. Salir te haría bien para poder liberar cosas. No todo tiene que ser trabajo. Sal a algún lugar, haz nuevos amigos, proponte metas. Arriésgate un poco. La vida es solo una.
No quería admitir que tenía razón, pero tampoco me podía negar.
—Tienes razón.
—Ese es mi hermano.
Suri saltó hasta el otro extremo de la cama e Iris me envolvió entre sus brazos.
Me sentía seguro estando con ella.
La quería tanto.
No sabría que hacer sin ella.
Y, en el fondo... eso también me asustaba.
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Editado: 27.03.2026