La Frecuencia de tu Piel

El intruso de los recuerdos.

Elena tenía la llave de la casa de los Vidal no por derecho de sangre, sino por derecho de presencia. Había pasado allí más tardes que en su propio apartamento de soltera. Para los padres de Sofía, ella era la hija que no necesitaba corrección; para Sofía, era su ancla.

Esa tarde de agosto, el calor en Madrid era una manta húmeda. Elena entró en el chalé buscando el aire acondicionado y el silencio de la biblioteca de los Vidal para terminar su informe de arquitectura.

—¿Sofía? —llamó, dejando las llaves en el cuenco de plata de la entrada.

Nadie respondió. Pero la casa no estaba vacía. Un aroma a cedro, café frío y algo más... algo vivo y masculino, flotaba en el pasillo.

Elena caminó hacia el salón y se detuvo en seco. Un hombre estaba de espaldas, frente al gran ventanal que daba al jardín. Era alto, de hombros anchos que tensaban una camiseta negra básica. Tenía el cabello oscuro, algo rebelde en la nuca. No era el cuerpo delgado del adolescente que Elena recordaba.

El hombre se giró. Sus ojos eran los de Sofía, pero cargados con una intensidad que la hizo retroceder un paso.

—Vaya —dijo él. Su voz era una octava más grave de lo que Elena guardaba en su memoria—. La pequeña Elena ha dejado de usar ortodoncia.

—Mateo —susurró ella, sintiendo un nudo extraño en el estómago—. No te esperábamos hasta el mes que viene.

Mateo dejó la funda de su guitarra sobre el sofá de cuero y caminó hacia ella. Cada paso parecía acortar el aire en la habitación. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que Elena notara el calor que desprendía su cuerpo después de horas de viaje.

—Me aburrí de Berklee. Me aburrí de Boston —dijo él, recorriéndole la cara con una mirada lenta, casi táctil—. Pero veo que volver a casa tiene sus... recompensas.

Elena intentó mantener la compostura. Para ella, Mateo siempre había sido el hermano mayor inalcanzable, el que le gastaba bromas pesadas. Pero este hombre no estaba bromeando. La forma en que sus ojos se posaron en sus labios fue una invasión directa a su zona de confort.

—Sigo siendo la misma, Mateo —mintió ella, apretando los libros contra su pecho como un escudo.

Él sonrió de lado, una expresión depredadora y magnética.

—No, Elena. No lo eres. Te mueves distinto. Hueles distinto. —Se inclinó un poco, rozando el límite de lo permitido—. Y creo que los dos sabemos que ya no encajas en la categoría de "hermana".

Ella huyó hacia la cocina con la excusa de buscar agua, con el corazón martilleando contra sus costillas. Se obligó a recordar que él era el hermano de su mejor amiga. Era terreno prohibido. Era un incendio forestal esperando una chispa.

Entonces, lo escuchó.

Desde el salón, las cuerdas de una guitarra acústica vibraron. No era una melodía alegre; era algo oscuro, lento, una progresión de acordes que parecía enredarse en sus terminaciones nerviosas. La música de Mateo siempre había tenido ese efecto, pero ahora, cargada con la madurez de sus manos, era una seducción sónica.

Elena cerró los ojos, apretando el vaso de cristal. Se dijo a sí misma que ignoraría su presencia. Que terminaría su trabajo y se iría. Pero mientras la música llenaba la casa, su cuerpo, traidor, comenzó a moverse al ritmo de los dedos de Mateo, y supo que su refugio seguro acababa de convertirse en una jaula de oro.




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