La cena de bienvenida fue una tortura diseñada con las mejores intenciones. La madre de Sofía había desplegado el mantel de lino, el que solo se usaba en Navidad, y el aire estaba saturado del aroma a romero y cordero asado.
Elena se sentía como una impostora. Estaba sentada frente a Mateo, intentando concentrarse en la anécdota de Sofía sobre su último examen, pero sus ojos, traidores, seguían escapándose hacia las manos de él. Eran manos de músico: grandes, de dedos largos y ágiles, con ligeros callos en las yemas que Elena no podía dejar de imaginar rozando su propia piel.
—¿No te parece, Elena? —preguntó Sofía, dándole un codazo amistoso.
—¿Qué? Perdona, me distraje —balbuceó Elena, sintiendo que el calor le subía por el cuello.
—Que Mateo ha vuelto mucho más serio —rió Sofía, señalando a su hermano—. En Boston le deben haber robado el sentido del humor. Ni siquiera se ha reído de mi chiste sobre el decano.
Mateo no apartó la vista de Elena. Bebió un sorbo de vino tinto, sus labios dejando una marca húmeda en el cristal.
—No es que esté serio, Sofía —dijo él con esa voz que parecía vibrar en el suelo bajo los pies de Elena—. Es que estoy observando cuánto han cambiado las cosas. Hay detalles que antes se me pasaban por alto.
Bajo la mesa, Elena sintió algo. La punta del zapato de Mateo rozó su pantorrilla. Fue un contacto fugaz, pero eléctrico. Ella retiró las piernas rápidamente, ocultando el movimiento bajo la servilleta. Su corazón latía con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas.
—Elena está en su mejor momento —intervino la señora Vidal, ajena a la corriente eléctrica que cruzaba la mesa—. Su proyecto para el nuevo centro cultural es una maravilla. Es una mujer con una visión muy clara.
—Eso me parece —murmuró Mateo. Su pie volvió a buscarla, pero esta vez no fue un roce accidental. Su pierna se acomodó contra la de ella, firme y cálida.
Elena se quedó congelada. Podía sentir el tejido del pantalón de Mateo contra su vestido de seda. Era un desafío silencioso. Si ella se quejaba, tendría que explicar qué estaba pasando; si se quedaba quieta, aceptaba el juego. Optó por lo segundo, apretando los cubiertos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.