Tras la cena, la familia se trasladó a la terraza. El aire de la noche no era suficiente para enfriar la sangre de Elena. Sofía se levantó para buscar unas mantas, y sus padres se retiraron a la cocina para organizar el café.
Elena se quedó sola con él. El silencio era denso, interrumpido solo por el canto de los grillos.
—¿Por qué huyes de mí, Elena? —preguntó Mateo. Se había levantado y ahora estaba apoyado en la barandilla de madera, con la luz de la luna perfilando su mandíbula.
—No huyo. Estoy cansada, es todo.
—Mientes. Siempre has sido mala mintiendo —dijo él, acercándose. No se detuvo hasta que estuvo a centímetros de ella. El olor a tabaco dulce y madera que desprendía era embriagador—. Tu cuerpo dice otra cosa. Tu pulso estaba acelerado en la mesa. Lo sentí.
—Es una falta de respeto, Mateo. Soy la mejor amiga de tu hermana. Soy... de la familia.
—Ese es el problema —dijo él, acortando la distancia final. Su mano subió, sin tocarla aún, pero el calor de su palma cerca de su mejilla hizo que Elena soltara un suspiro entrecortado—. Que durante años te vi como parte del paisaje. Pero hoy, cuando te vi en esa cocina... me di cuenta de que he estado ciego. Y no tengo ninguna intención de tratarte como a una hermana.
Él se dio la vuelta y entró en la casa. Unos segundos después, el sonido de su guitarra volvió a flotar desde la planta de arriba.
Esta vez no era una melodía melancólica. Era un ritmo complejo, casi salvaje, con cuerdas rasgueadas con una urgencia que Elena entendió perfectamente. Era una invitación. Era una advertencia.
Elena se dejó caer en el sofá de mimbre, cubriéndose la cara con las manos. Sus dedos todavía temblaban. Sabía que debía irse, que debía poner distancia, pero la música de Mateo era como un hilo invisible atado a su pecho, tirando de ella hacia el lugar donde el peligro era más dulce.