El ático de los Vidal no era solo un cuarto de trastos; era el santuario de la infancia de Sofía y Elena, un lugar lleno de baúles con ropa vieja y estanterías que crujían bajo el peso de enciclopedias olvidadas. Elena necesitaba el volumen tres de la historia del arte para su tesis, o al menos eso se repetía a sí misma mientras subía la escalera de caracol. La verdadera razón, la que no quería admitir ni bajo tortura, era que el sonido de la guitarra nacía allí arriba y se filtraba por las vigas como un veneno dulce que le impedía dormir.
A medida que subía, el aire se volvía más cálido. La música se detuvo de golpe justo cuando su mano tocó el pomo de la puerta. Elena contuvo el aliento. El silencio era más íntimo que el sonido. Empujó la puerta con suavidad.
El ático estaba bañado por la luz dorada del atardecer que entraba por el tragaluz. En el centro, sentado en un taburete alto, estaba Mateo. No llevaba camisa. La piel de su espalda estaba tensa, mostrando el relieve de sus músculos mientras se inclinaba sobre el instrumento. Tenía una cicatriz pequeña cerca del omóplato que Elena no recordaba. El sudor hacía que su piel brillara sutilmente bajo el sol poniente.
—¿Has venido por el libro o por la música, Elena? —preguntó él sin girarse.
Elena se quedó clavada en el umbral. Sus ojos recorrieron la línea de su columna vertebral hasta la cinturilla de sus vaqueros desgastados. —Necesito el tomo de arte barroco. Está en la estantería del fondo.
Mateo dejó la guitarra a un lado y se puso en pie. Al girarse, el impacto fue físico. Elena sintió un golpe de calor en el vientre. Mateo no solo era más fuerte de lo que recordaba; su presencia llenaba el espacio de una manera asfixiante.
—El barroco —repitió él, caminando hacia ella con una lentitud calculada—. Luces y sombras. Contrastes violentos. Me pega mucho contigo ahora mismo.
—No sé de qué hablas —dijo ella, intentando avanzar hacia la estantería, pero él le cerró el paso.